Domingo, 1 de abril de 2007
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Luis Alfonso o la fuerza del sino
La primera biografía «no desautorizada» de Luis Alfonso de Borbón analiza la compleja relación que mantiene con su madre
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Estos días, la foto de Luis Alfonso de Borbón, junto a su esposa y su hija recién nacida, ha ocupado muchas portadas. Detrás de esa imagen de padre satisfecho, se esconde un hombre de casi 33 años curtido por un trágico destino, empeñado en formar una familia numerosa, tremendamente celoso de su intimidad, austero, reservado, pero generoso e incluso simpático y divertido con sus pocos, pero muy fieles amigos.

Ese sería el retrato-robot del hijo de Carmen Martínez Bordíu según David Botello, autor de la primera biografía «al menos no desautorizada» que se ha escrito sobre él: 'Luis Alfonso de Borbón. Un rey sin trono' (Espejo de Tinta). «Hablé con él una vez y esperaba contar con su colaboración, al menos a través de un amigo suyo, un interlocutor autorizado. Nunca tuve su teléfono, porque él es totalmente hermético con la prensa; siente que le ha hecho mucho daño. Pero justo cuando íbamos a tener un acercamiento, Luis Alfonso se echó atrás, seguramente enfadado por los rumores que en ese momento circulaban sobre una presunta mala relación con su madre. En ese instante sus amigos, que le son extraordinariamente leales, también enmudecieron».

Luis Alfonso iba a ser padre y no quería que nada estropease ese momento. Sus condiciones a la hora de autorizar una biografía pasaban por «no remover las tragedias familiares, no aludir a su relación con la Familia Real, con quienes siempre ha intentado tender puentes -explica Botello- y silenciar sus anteriores relaciones sentimentales».

Lógicamente, eso no se ha cumplido del todo. Para contar la vida del segundo hijo del duque de Cádiz hay que referirse irremediablemente a la tragedia. Su madre se enamoró de un anticuario francés, se largó a París y les dejó en Madrid a él y a su hermano cuando Luis Alfonso apenas contaba cinco años. «¿Tanta prisa tenía mamá por irse?», solían preguntar los niños al ver aquellos armarios llenos de su ropa. Y empezaron los viajes a París, las rabietas antes de partir, y los «mamá me duele la tripa» antes de regresar; porque a Luis Alfonso le traumatizaba tanto dejar a su padre como a su madre...

En mitad de ese triste contexto, llegó el accidente de coche, con papá al volante y la muerte de su hermano Fran -«eran uña y carne»- cuando el pequeño Luis apenas tenía diez años. «Yo creo que fue entonces cuando empezó a detestar a la prensa», opina Botello. «Al salir del hospital, con aquellas muletas, su madre le pidió que posara, relajado, ante los medios. Pero él lo pasó fatal». Seis meses después vería desde una lancha cómo la hélice de la embarcación desguazaba el cuerpo de su hermanastra Mathilda. Y con catorce años recibía la noticia de la trágica muerte de su padre, decapitado por un cable en una estación de esquí. «Quiero creer -dijo entonces- que ha sido un accidente».

El legado

A partir de ese momento, se convirtió en Luis XX para los legitimistas franceses. «Siempre -sostiene Botello-, ha sido muy devoto del legado que heredó. Su padre le marcó la vida. Estudió la misma carrera que él, Económicas, se puso uno de sus abrigos para asistir a su funeral; utilizaba sus zapatos y hasta su ropa de esquí. Incluso cuando su abuelo, el marqués de Villaverde, le comunicó la muerte de Fran, el pequeño Luis Alfonso lo primero que acertó a decir fue: que no se entere papá».

Su padre le ha marcado, pero con su madre mantiene un complejo vínculo emocional. Según David Botello, la adora, «como demuestra el hecho de que, siendo adolescente, llegara a lucir una camiseta estampada con su imagen. Pero no aprueba que ella comercie con su intimidad como medio de vida». Esa quizá sea la razón por la que aún no conoce al actual marido de Carmen, José Campos.

En las antípodas de los adictos a las exclusivas, Luis Alfonso ha regalado a los medios la cotizadísima primera foto de Eugenia, su hija. Refugiado en la hermética discreción de su multimillonaria familia venezolana, en cuyos bancos trabaja, busca en Margarita el sosiego que le hurtó el destino siendo niño. Su boda fue, según su biógrafo, «un órdago a la grande por la felicidad».

 
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