Lunes, 5 de marzo de 2007
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Un republicano en la escalera de la muerte
El periodista Ignacio Mata rescata los recuerdos de su abuelo en Mauthausen. «Intervino en la construcción de cámaras de gas sin saber lo que estaba haciendo»
Un republicano en la escalera de la muerte
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EL LIBRO
Título: Mauthausen. Memorias de un republicano español en el holocausto.

Autor: Ignacio Mata.

Editorial: Ediciones B.

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MADRID. «Si toco en mi dolor, todo lo siento mío», decía Gabriel Celaya en uno de sus poemas. Esto mismo es lo que debió de sentir el agricultor Alfonso Maeso durante los cinco años que estuvo recluido en el campo de concentración de Mauthausen. Sesenta años después, su nieto, el periodista Ignacio Mata (Manzanares, Ciudad Real, 1973), ha reconstruido aquella etapa de la vida de su tío abuelo en el libro Mauthausen. Memorias de un republicano español en el holocausto (Ediciones B). «Él, por sí mismo, no hubiera dejado ningún testimonio. Yo le serví de catalizador. Le preguntaba y él me iba contando», explica su nieto. El protagonista, ya muy anciano, falleció pocos meses antes de que la obra comenzase a distribuirse en las librerías.

Una de las escenas que más recordaba Alfonso Maeso -hasta convertirla en el ritornello de su vida- era la de la escalera de la muerte. «Para bajar a la cantera -relata el nieto- tenían que salvar un desnivel de unos cien metros. Lo hacían por una escalera empinadísima. El descenso, aunque peligroso, no tenía mayor problema. Lo peor era la subida. Transportaban bloques de piedras, algunas de la más de veinte kilos de peso». El trato a los judíos era muy diferente al resto de prisioneros. «A la mínima indisciplina, al mínimo síntoma de debilidad, les empujaban por la escalera para que cayeran rodando. Casi todos los días, según mi abuelo, moría algún judío de esta forma». «Si salvó el pellejo -sentencia Ignacio Mata- fue porque tuvo suerte. Él siempre lo decía: sin suerte no se puede hacer nada».

Exilio a los 17

Unas llagas en los pies originadas en estas escaleras fueron -paradójicamente- lo que le salvó. «En la enfermería conoció a unos españoles y, por una serie de carambolas, acabó trabajando en una fragua. No era nada mañoso, pero en la fragua había un catalán que le arropó de las miradas de los nazis. A éste hombre le consideraba su segundo padre». Fue en esta etapa cuando Alfonso Maeso participó en la construcción de varias cámaras de gas y de un horno crematorio. «Al principio no sabía en lo que estaba trabajando; luego, cuando empezaron a funcionar, lo comprobó».

Alfonso Maeso salió del pueblo de Manzanares en plena Guerra Civil. Tenía 17 años. «Dio un portazo y dijo que iba a defender la República y la libertad». Al concluir la guerra tuvo que marcharse al exilio. Regresó al pueblo con 81 años. «Sus padres eran agricultores acomodados y poseían tierras, pero cuando él volvió del exilio no quedaba nada; nada más acabar la Guerra Civil las expropiaron los nacionales». Intentó recuperarlas, pero había transcurrido demasiado tiempo. «Se sintió otra vez humillado».

A los pocos meses de su vuelta a España, el tío abuelo y el nieto planearon hacer un viaje a Mauthausen. «Por unas cosas o por otras lo fuimos posponiendo; a mí me parece que, en el fondo de su alma, no deseaba volver; temía enfrentarse a unos recuerdos demasiado dolorosos».

Iganacio Mata sí viajó a Mauthausen. «No es fácil de describir». Paseó lentamente por el siniestro lugar y se paró junto a la escalera de la muerte. «No exageraba nada mi tío abuelo; lo que me contó no resultaba difícil de imaginar». COLPISA

 
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