Bush hizo lo que en argot taurino se llama faena de aliño. Se mostró, sí, voluntarioso, aunque desilusionado. Es la grandeza de este hombre, abrazado a su fe de carbonero y sufriendo el tormento que siempre ha perseguido a los adelantados, Teresa de Jesús, Aznar o Beckham, sobre todo el de la incomprensión y la inmensa soledad. Como en el chiste del borracho, en lo que concierne a Irak su convicción es tan profunda que no le deja ver si es él quien conduce en dirección contraria o somos todos los demás los que vamos como locos.
No hace mucho, cuando las encuestas aún le eran propicias, se refugiaba en el pueblo americano, con el que compartía pesadillas: la amenaza del antrax, el envenenamiento masivo, la bomba escondida en una hamburguesa, el islámico llamando a la puerta disfrazado de vendedor de pizzas. Pero los féretros con soldados dentro han acabado con la magia, y hoy, la mayoría de los que le siguieron lo abandonan apresurados en el laberinto del fauno. Menos Cheney, el otro gran filántropo, que vela por su jubilación.
A poca cosa ha renunciado en todo este tiempo. Si acaso, a la desmesura de su triunfalismo, ante un público difícil, formado en su mayoría por demócratas, convencidos también, pero de lo contrario. Insiste en su idea de guerra sin cuartel al terrorismo, que siempre anida allá donde pone el ojo, ya sea boda o funeral. Yo me lo imagino en noches de insomnio buscando con su perro Barney, un Scottish Terrier, debajo de su cama. Sigue haciendo sombra.
Ahorcado Sadam -recuerden, la resistencia desistiría por falta de aliento desmoralizada-, y perdido el respeto frente al caos en caída libre, el hombre se ha parapetado en temas que durante su larga legislatura le han quitado el sueño, como el cambio climático. Propone pensar en energías alternativas, que, conocida su fidelidad a las petroleras, han de parecerse al Pharmaton Complex o al Ginseng.
Hasta ahora, los 'patos cojos' buscaban en el último recodo de su camino un rincón cálido en la memoria. Este va a ser el único presidente que va a salir en lugar de entrar en la historia. Mantendrá la grandeza, que algunos consideran obcecación, de su excelente opinión de sí mismo. Y todo hace pensar que en su vejez repita, como Johnny Weissmuller, su grito de la selva: «más soldados contra el terrorismo». Más madera. Cheney le jalea emocionado como en 'El escorpión de jade', hipnotizado, respondiendo desde su subconsciente a la palabra Irak (Constantinopla), mientras la presidenta de la Cámara esconde la cara con una mezcla de vergüenza y disgusto.
No hay que sobresaltar al electorado. La presidencia caerá de madura, consideran los herederos de Kennedy. Pero luego se hacen cuentas y uno renuncia a pensar como un americano: que Hillary Clinton no vale porque es mujer consorte, Barak Obama porque es negro y Bill Richardson tampoco por hispano. Mira tu que si ganan otra vez los republicanos a pesar de Bush y se decantan por Rocky. Ya tuvieron a Reagan.