«Anoche soñé que había vuelto a Manderlay». ¿Recuerdan? Así empezaba Rebeca, el famoso melodrama de Hitchcock. Anoche soñé que había vuelto a la plaza de San Juan parodié, sorprendido, al contemplar la ruina en que se habían convertido los recuerdos, después de un largo alejamiento de Irun. Ya nada quedaba del recinto cerrado que antes fue, ni estaban en pie las manzanas de casas de la calle General Freyre, ni aquellas de enfrente donde se desarrollaba la vida mercantil en los establecimientos de la antigua Imprenta Valverde, la Fonda Arrupe y la amuebladora del alcalde Aguirreche, llamada pomposamente La Gran Bretaña.
No esperaban los burros pacientemente en la trasera del Mercado a que las caseras acabaran sus ventas, porque también el edificio de piedra sillar había desaparecido, como las vías del tranvía, y en su lugar aparecían feas construcciones de post-guerra, jardines, puntos de taxi y un vacío descomunal que nos mostraba, al fondo, la Casa Consistorial, antes airosa, ahora un poco achaparrada, abierta a todos los aires, desguarnecida, sin cinturón de 'arkupes', falta de protección urbana. Solamente la columna de San Juan Arri y la tejavana de 1937 permanecían como testimonios de mi recuerdo.
«Una nueva fisonomía para una ciudad que busca su personalidad urbana», me dijeron los iruneses del momento. «Si no le gusta, no se preocupe, pronto la vamos a cambiar otra vez a ver si arreglamos el desaguisado. Para ello, eliminaremos el último vestigio, el voladizo, y luego erigiremos un gran hotel, auditorium, oficinas municipales, aparcamientos y tiendas de lujo. No importa si los ciudadanos se han habituado a la visión actual. Estamos determinados a perseguir una identidad definitiva».
Impresionado por la confidencia, volví a Rebeca. Ahora no me sentía seguro de estar de acuerdo con su sueño. ¿No sería mejor ponerse del lado de la agria ama de llaves y dejar que volviera el pasado? Pero no se preocupen. Solo era un sueño, quizá una pesadilla.