Apenas empezado el actual curso, el 18 de octubre falleció en Vitoria, con 77 años, Pedro Antonio Gainzarain, profesor que fue de la Facultad de Filología de la Universidad del País Vasco hasta su jubilación en 1999, y también tutor de la UNED. Pedro Gainzarain nació en 1928 en Elvillar (Rioja Alavesa). Se ordenó sacerdote en 1953. Su primer destino fueron los cuatro pueblos de Valderejo, durante tres años. Fue el primer párroco que tuvo a su cargo todo el valle; antes que él, uno tenía Lalastra y Lahoz, y otro Villamardones y Ribera. Durante ese tiempo residió en Lalastra. Hay que pensar en la dureza de aquel destino, por las distancias, las malas comunicaciones y el clima. Hay todavía muchos que recuerdan a aquel sacerdote bajo de estatura y grande de alma, servicial y atento. Una pequeña placa en el actual Parque Natural de Valderejo ayudaría a preservar a nuestro amigo del triste olvido que todo se lo lleva.
En 1958 Pedro Gainzarain fue destinado a Laguardia, en un tiempo en que el Seminario de Vitoria estaba a rebosar y se estableció en la villa riojana una preceptoría para el primer curso de la carrera eclesiástica. Gainzarain fue el preceptor y profesor, durante tres cursos. Allí le conocí, en el curso 1958-1959. Era un excelente profesor de Latín, materia que sabía comunicar con destreza. Y era accesible, siempre con buen humor, una persona a quien imponer la disciplina no le parecía incompatible con el trato humano y abierto. Ciertamente nosotros no éramos santos, y, entre otras cosas, nos batíamos con dignidad en las luchas a pedradas contra los chicos de Laguardia, desde un puesto ventajoso: el extremo de la preceptoría llamado La Batería. Recuerdo a Gainzarain también en las horas de estudio o cuando encargaba ejercicios, intervalos que él aprovechaba para leer y tomar notas de gruesos libros escritos en varias lenguas.
Después casi perdimos el contacto, fuera de breves saludos callejeros. En 1959 fue a Salamanca a estudiar Teología, según creo. Parece que estuvo allí dos cursos, antes de ir a Münster (Alemania), donde hizo los estudios de Clásicas, hasta 1968, en que obtuvo la licenciatura.
Ese año vuelve a Vitoria, al Seminario, como prefecto de Filosofía y profesor: el curso 1968-1969 de Latín y Griego, y los siguientes, hasta el 1972-1973, sólo de Griego. En 1971, al constituirse el Colegio Universitario de Álava, se le encomienda esa asignatura, y a partir de 1973 se dedica exclusivamente a este centro. Allí volvimos a encontrarnos, y a vernos casi a diario, una vez que la Diputación, presidida por Cayetano Ezquerra, fundara una cátedra de Lengua Vasca, regida por Koldo Mitxelena. Yo era adjunto en esa cátedra. Gainzarain conocía a Koldo desde Salamanca, Universidad donde Mitxelena había obtenido en 1967 la cátedra de Indoeuropeo. Con alguna frecuencia coincidíamos los tres en la cafetería del Colegio Universitario. Gainzarain se dirigía a Mitxelena indefectiblemente con un cortés Don Luis, y escuchaba con atención lo que el sabio vasco decía, con su pasmosa cultura. Mitxelena para entonces había dejado de fumar, por orden del médico, y usaba una boquilla de plástico, mientras miraba con envidia a Gainzarain, fumador empedernido donde los hubiera.
Al abrirse la Facultad de Filosofía y Letras, en 1978, Gainzarain entró en su elenco de profesores, que impartíamos las clases en el ala de Latinos del Seminario, antes de abrirse el nuevo edificio en la calle Marqués de Urquijo, hoy paseo de la Universidad (vulgo Cuarto de hora), el curso 1987-1988.
Años antes, en diciembre de 1977, Gainzarain había obtenido el doctorado en la Complutense, con una tesis dirigida por Luis Gil, titulada La parrhesía en Libanio, investigando ese concepto (es decir, la libertad de expresión) en ese interesante escritor griego (314-393) nacido en Antioquía, fuente preciosa de información sobre aquellos tiempos y dolido espectador de la declinante civilización helénica y de la extensión del cristianismo. En la Facultad, Pedro Gainzarain fue profesor contratado, luego numerario, adjunto y finalmente titular, siempre en su campo, el Griego. Impartió Sintaxis, Métrica, Textos, Tradición literaria clásica, etc. Al jubilarse, la Universidad le ofreció un libro-homenaje, publicado con el bello título griego de Timês járin (Por la estima), que coordinó la profesora M. José García Soler. Fueron cuarenta y tres contribuciones, número y contenido que reflejaban muy bien la amistad y la admiración hacia el entrañable colega. Por mi parte, y dado que el homenajeado era de Elvillar, la antigua aldea de Laguardia, me pareció adecuado ofrecer un artículo sobre Biasteri, el nombre erróneamente atribuido a Laguardia, cuando en realidad es Viñaspre.
Descanse en paz Pedro Antonio Gainzarain, persona afable, profesor entregado, sabio humilde, sacerdote bueno.