No hace falta que me lo diga nadie. Yo misma me doy cuenta que soy una desarraigada. Esto de vivir entre Madrid y San Sebastián te desnaturaliza un poco. Menos mal que soy una excepción a la regla y en Madrid viven otros navarros tan ilustres como yo, que jamás olvidan sus raíces. Por algo les dan el tambor de oro de la ciudad. Claro, es lógico. Sí, señor. Reconozco que tiene mucho mérito ejercer de vasco por el mundo. Tanto mérito como lo contrario. Porque de todo tiene que haber en la vida y hay que respetar la pluralidad. Y no me refiero sólo a la pluralidad lingüística ni a la multiculturalidad, al crisol de razas y todas esas milongas. No, señor. Me refiero al respeto profundo al diferente, al divergente, al discrepante, al disonante, al incómodo incluso, a la excepción que confirma la regla y al que no la confirma.
Aunque también les digo que estoy segura que hiciera lo que hiciera, a mí jamás me darían el tambor de oro. Ni el de plata, si lo hubiera o lo hubiese. Hay algo en mí que suscita la desconfianza y la sospecha. Y quizás no se equivocan. Parece que engañas a la gente, pero la poli no es tonta. Dicen que los vascos somos muy cerrados. Yo creo que somos muy zorros y sólo nos abrimos (con perdón) cuando sabemos con quién nos estamos jugando los cuartos. Por cierto, hablando de vasquidad, no entiendo por qué Bernardo Atxaga se muestra tan desencantado ahora que va a entrar en Euskaltzaindia. Menuda envidia que me da, con todos los premios que tiene. Qué diría si estuviera o estuviese en mi lugar.