Una manía es más contagiosa que la propia peste. Es fácil comprobarlo. Imaginémonos que estamos en una sala atiborrada de gente. Basta que uno comience a rascarse para que todos los demás, sean amigos o enemigos, conocidos o desconocidos, sigan la estela de la uña sobre la piel, como un ligero velero surcando la mar. Y qué decir si a alguno le da un ataque de tos. Lo que sigue es un verdadero concierto.
No se sabe la razón por la que actuamos de ese modo. Quizá sea esa tendencia al gregarismo que llevamos marcado en los genes, como un estigma, como el símbolo de Caín. Si un orador, sea político o no, comienza a insultar al adversario, porque sí o porque el sistema y los mecanismos que rigen la educación y las buenas costumbres dejaron de funcionar en su caso, casi automáticamente, todos los demás oradores y políticos, enardecidos y airados, exaltados y atribulados, se contagiaran del clima y quien más y quien menos se acordará de la madre del vecino. Es un suponer.
Hace poco me encontré en la calle con un hombre que hablaba solo. Lo contemplé y al instante me dije a mí mismo que no era gran clase de locura, que no hacia daño a nadie, y que servía para oxigenarse e ir lanzando al aire las malas palabras. Al rato estaba yo también mascullando, en mi esquina, frases ingenuas al principio, profundas, creo, al final. Y me fui cruzando con gente y más gente. Y ellos asimismo empezaron a hablar despacio, para sí. Y la ciudad se convirtió en un murmullo.