El sentido del ridículo, ah, ese sentido... Será por la educación paterna, será por las las monjas de mi colegio, será porque soy muy mía pero siempre he creído firmemente que los periódicos de los bares están ahí para echarles una ojeada, un vistacillo, pero no para ser consumidos íntegros. Otra cosa son los azucarillos y el chocolatín, en su caso, que los tienes pagados y esos complementos puedes cogerlos haciendo simplemente un gesto mudo hacia el tabernero. Sin embargo observo que hay personas que hacen del periódico del bar un sayo y se los leen enteros, entre 8.30 y 9, sin levantar cabeza. Tengo a una señora fichada que, después del acto, se apunta en una servilleta la programación y horarios de la tele e incauta el ejemplar hasta que llega su amiguete y a él, sólo a él, se lo entrega después, sin inmutarse por las miradas asesinas que le lanza toda la barra.
Estas pequeñas cosas, gratuitas, está visto que nos sacan lo peor de nosotros mismos. Como esos bares elegantes donde te obsequian con un cuenquito de patatas fritas. Se lo ponen al de al lado, que ha pedido un vino; también a las señoras del mosto. Y ahí estás tú con tu cerveza, sintiéndote francamente discriminada y con un fuero interno que te grita: ¿por qué a todos menos a mí? Nada puede impedir que te mueras por las patatas, son cincuenta céntimos de matutanos que yo me puedo pagar, garçon, a ver qué se ha creído y que, irremediablemente, te van a hacer rendirte: ¿Me da unas patatas, por favor?. Me las cobre si quiere, pero quiero un cuenquito como todo el mundo, ya está bien, oiga.