Se preguntó Jean Cocteau qué sería de los niños sin la desobediencia. Sin duda les iría peor que no haciendo ni puñetero caso a los severos señores maduros, tan maduros que tiran a podridos, que forman los Consejos Audiovisuales. No digo que no lleven razón al afirmar que la mayoría de los anuncios de televisión destinados a los niños incumplen el código deontológico: lo que digo es que entre las prioridades de la infancia no figura una escrupulosa observancia de ese código. Lamentan los formadísimos consejeros artimañas publicitarias que se usan para vender juguetes y, sin duda para animar la cosa, se quejan de los dibujos animados.
Los juguetes bélicos, por ejemplo, son tan antiguos como las guerras. Se han llevado siempre y siempre los han traído los Reyes Magos, que vaya usted a saber cuántas batallas necesitaron para acceder a sus respectivos tronos. Incluso en los tiempos del llamado nacional catolicismo se regalaban más escopetas de tapones que hisopos. En aquella época había soldaditos de plomo sin pintar, ya que en la guerra y en la elástica posguerra sólo pintaban bastos. Se conoce que se hacían con las balas perdidas.
Además todos los juguetes pinchaban. Quizá porque, como no había nada que meter en las latas de conserva, los recipientes se utilizaban en los bazares.
Ahora la juguetería ha evolucionado mucho.
Nada tiene que ver una antigua Pepona que una de esas muñecas actuales que se mean y se cagan de verdad.
Pronto se fabricarán algunas que además de decir «papá» y «mamá» digan «Zapatero, embustero».
Quizá lo mejor sea que los niños se diviertan como quieran, ya que todos pertenecen a la Academia de la Real Gana, aunque no crean en los Reyes Magos.
Con las cosas de jugar no se juega.