Es un clásico donostiarra que uno olvida hasta que vuelve a recorrer, acaso acompañando a amigos visitantes, el paseo del Tenis y se descubre disfrutando nuevamente con sus surtidores de aire y salitre.
Del Peine del Viento, ese espacio que llevamos ya todos los donostiarras en nuestro imaginario, oiremos hablar este año. Es la tiranía, o la ventaja, de las efemérides. En 1977 Eduardo Chillida y Luis Peña Ganchegui culminaron su doma del paisaje y a lo largo del 2007 habrá algunos actos para celebrar el trigésimo aniversario.
Pero la celebración es diaria, anónima, improvisada. La celebración para los sentidos que es esa mezcla de hierro, piedra y mar. Y la celebración lúdica que aportan esos siete agujeros en mitad del granito por los que los días de cierto oleaje sale el aire a chorros.
A un niño se le hincha su plumífero. A un señor se le escapa la txapela y todos reímos. Hay un Peine del Viento íntimo y solemne que vivimos en solitario. Pero hay otro colectivo y buenhumorado en el que se comparte entre sonrisas una diversión tan simple como la del chorro de aire húmedo.