SAN SEBASTIÁN. DV. «Un ruido terrible, como un petardazo». Comenzaba así, según explicaron varios vecinos del inmueble afectado al alcalde de la localidad, una terrible noche que muchos tardarán tiempo en olvidar.
Algunos de los cerca de 50 vecinos desalojados, probablemente los más pequeños, ya habrían dejado sus zapatos colocados junto al árbol y se habrían acostado, otros estaban a punto de hacerlo, cuando un estruendo les sobresaltó y les obligó a dejar su casa no sólo sin recoger los regalos de Reyes, sino todas sus pertenencias.
En bata, pijama o con las primeras prendas que encontraron en el armario los vecinos de los portales 3, 4 y 5 de la calle Jokin Zaitegi, en la parte trasera de la sucursal bancaria de La Caixa atacada, bajaron como pudieron hasta la calle al sentir la gran humareda provocada por el incendio de la oficina.
Patxi Xabier Zubizarreta fue uno de los que tuvo que salir corriendo de su casa, situada justo encima de la sucursal. «Me di cuenta de que algo extraño ocurría cuando escuché una serie de 'tiros'. Me asomé al balcón y vi, reflejado en las cristaleras del edificio de enfrente, el incendio que devoraba la oficina de La Caixa», relataba ayer por la mañana este vecino.
En ese momento, Zubizarreta sacó rápidamente de la cama a sus dos hijos pequeños de 4 y 6 años y, con ellos en brazos envueltos en mantas, trató de salir a la calle. Pero con las escaleras del portal impracticables y el humo que les ahogaba, la única escapatoria que vio factible fue por el ascensor. «Sé perfectamente que lo menos indicado en caso de incendio es tomar el ascensor, pero no teníamos alternativa», aseguraba Zubizarreta, quien tras pasar la noche en casa de unos familiares regresó por la mañana a su domicilio para intentar recoger algunos enseres.
Zubizarreta, su mujer y sus dos niños subieron al ascensor que en esos momentos bajaba repleto de vecinos asustados que intentaban huir del humo. «Nos metimos diez o doce personas en el ascensor, todos tapándonos la boca con pañuelos y prendas para poder respirar», recordaba aún con el mal cuerpo de la noche anterior.
Por el garaje
El elevador, ya completo, hizo una última parada en el primer piso hasta donde otro vecino había bajado desde el cuarto por las escaleras. «Había bajado a pie, pero ya casi en el portal se dio cuenta de que las llamas le cerraban la salida», explicaba Zubizarreta. Le hicieron hueco en el ascensor y siguieron bajando hasta el piso subterráneo para llegar al garaje y salir por allí al exterior.
Cuando consiguieron respirar más tranquilos, vieron que no sólo ellos sino que medio centenar de vecinos de los portales contiguos habían sido también desalojados de sus casas por los bomberos, la Ertzaintza y la Policía local de Arrasate ante la magnitud del fuego que dejó totalmente calcinada, como comprobó Zubizarreta por la mañana, la sucursal bancaria. «Aún no sabemos cuándo podremos volver a casa», lamentaba ayer este vecino del portal número 4, el más próximo y por tanto el más afectado por el fuego.
Tampoco podrá volver a casa otro inquilino de este número que asombró a todos cuando «le vimos salir tranquilamente a las dos de la mañana», relataba Zubizarreta. «Nos dijo que se despertó y notó que olía como a quemado, así que salió a ver qué pasaba. Él no tuvo problemas para hacerlo por el portal, porque para entonces los bomberos ya habían apagado las llamas», añadía. Ni el humo, ni los gritos de los vecinos ni de los bomberos, ni un trasiego inusual para ser las dos de la madrugada desvelaron a este hombre, que tras bajar a la calle y conocer lo sucedido se unió a la preocupación de sus vecinos.
«Han sido momentos de gran tensión», coincidían todos cuando se reunieron por la mañana ante sus casas, a las cuales algunos no podrán volver hasta dentro de unos días.