Martes, 26 de diciembre de 2006
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Carrero, Franco y ETA
«Recuerdo discusiones en la cárcel y cómo los que criticábamos el atentado éramos tildados de revisionistas y flojos por parte de otros presos de izquierda más radical aún»
Hace 33 años la banda terrorista ETA asesinó a Luis Carrero Blanco, presidente del Gobierno designado por Franco. Fue un 20 de diciembre de 1973, a primera hora de la mañana, justo cuando comenzaba en Madrid el juicio del proceso 1.001, en el que se encausaba a los dirigentes de las entonces clandestinas Comisiones Obreras por pertenecer a este sindicato, perseguido por la dictadura. En el momento en que Marcelino Camacho le decía al presidente del Tribunal de Orden Público (TOP) que él era obrero, hijo de obrero «porque en España todos los obreros, somos hijos de obreros», Carrero Blanco volaba por los aires en la calle Claudio Coello, en el centro de Madrid, después de salir de su misa diaria con muy pocas medidas de protección.

Cuando ocurren hechos de especial relevancia: el asesinato de Carrero, la muerte de Franco, el Golpe de Estado del 23-F de 1981, todos nos acordamos perfectamente de lo que hacíamos ese día. En mi caso por doble motivo: el día en que asesinaron a Carrero Blanco, yo estaba en la cárcel, precisamente por haber participado en manifestaciones, minoritarias, y en tiradas de panfletos, más minoritarias aún, en contra de ese proceso 1.001 que supuso uno de los hitos terminales de la dictadura.

Recuerdo que otro preso político me dijo, por el ventanuco de la celda de aislamiento de la cárcel de Valladolid, que habían matado a Carrero. Una sensación de espanto me invadió y un miedo profundo a que la reacción de los muchos ultras del régimen franquista fuera acabar con los presos que estábamos en la cárcel precisamente por luchar contra aquella dictadura. No fue así, afortunadamente, y la cosa quedó en pánico: las banderas a media asta, los funcionarios de prisiones con enorme brazaletes negros y los presos comunes echándonos en cara que el atentado contra aquel individuo les había dejado, decían, sin indulto. (Hablar del indulto era uno de los temas recurrentes entre los presos comunes de la época).

Aquel asesinato fue valorado por algunos como un acelerador del proceso de descomposición del régimen y fue celebrado y jaleado por muchos, dado el carácter siniestro del personaje asesinado.

El atentado contra Carrero Blanco puso a la banda terrorista en el mapa mundial y contribuyó a forjar una imagen de los terroristas como bandidos 'buenos', 'simpáticos', 'valientes', capaces de desafiar y sorprender a la dictadura y a sus numerosos policías. Este magnicidio se sumó a la campaña de imagen lanzada en pro de la banda con motivo del Proceso de Burgos, en 1970, cuando la brutalidad del régimen, que pedía penas de muerte para seis de los etarras procesados, colocó a la banda, en muchos países de Europa, como referente de la lucha contra una dictadura franquista que no gozaba de ninguna simpatía en los países democráticos.

El capital político acumulado con el asesinato de Carrero y el juicio de Burgos permitió luego a la banda terrorista asesinar con práctica impunidad en los primeros años de la democracia. Entre amplios sectores de la opinión pública de izquierdas funcionaba la idea de que aquellos asesinatos de guardias civiles, de policías, de militares, de otras personas vinculadas al antiguo régimen, eran una forma de vengar los cuarenta años de dictadura. Hubo mucha gente que celebró con alegría el asesinato de Carrero y que no fue capaz de ver la barbarie que aquel mismo crimen suponía, ni el ejercicio de terrorismo que implicaban los asesinatos de policías y guardias civiles en los primeros años de la democracia. ETA administró su buena imagen de la dictadura y ello le sirvió para asesinar en la democracia, durante una porción de años, sin ser criticada. Posiblemente, de no haber hecho tanta gracia a tanta gente el asesinato de Carrero, la bestia no hubiera crecido de la forma en que lo hizo en los años posteriores.

Cuenta José Ramón Recalde en sus memorias lo difícil que era criticar desde la izquierda clandestina, en la que él militaba en los sesenta y en los setenta, el asesinato de Carrero Blanco. Funcionaba la idea en mucha gente de que todo lo que se hacía contra la dictadura era algo bueno en sí mismo. Fueron muy pocas las personas en la izquierda de entonces capaces de ver en el asesinato de Carrero lo que realmente era: un acto terrorista. Recalde entre ellos. Recuerdo discusiones en la cárcel y cómo los que criticábamos el atentado éramos tildados de revisionistas y flojos por parte de otros presos de izquierda más radical aún.

Han tenido que morir muchas personas a manos de la banda, ha tenido que pasar el tiempo para que la inmensa mayoría de la sociedad haya visto con sus propios ojos las dimensiones terroristas de ETA, una organización terrorista que en su enloquecida espiral fue capaz de amenazar a algunos, como Mario Onaindia o Teo Uriarte, para los que el régimen de Franco había pedido pena de muerte en aquel juicio de Burgos.

Conviene contar todo esto con detalle, porque en contra de lo que pensamos los que conocemos estos hechos, no todo el mundo sabe lo que pasó.

Han pasado 33 años, una eternidad, y en este momento vivimos una fase de esperanza y cautela que ojalá desemboque en el final de una banda que fue terrorista desde el primer asesinato.

 
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