IRUN. DV. La última de las secciones de la presente edición del Festival de Cine Arqueológico del Bidasoa se centraba en la Memoria de la Guerra Civil, aprovechando que este año se cumplen siete décadas desde su inicio. Tres documentales que se emitieron en la mañana de ayer en el salón de actos del museo romano irundarra resultaron un emotivo broche de oro para su edición de este año.
Veinte películas distribuidas en tres secciones y seis coloquios con especialistas y profesores universitarios han compuesto el programa del VI Festival Internacional de Cine Arqueológico del Bidasoa, que se ha celebrado en Irun esta semana. Ha presentado dos nuevas secciones dedicadas a la Antropología y a la Memoria Histórica y se ha contado con nuevo espacio: el salón de actos del Museo Oiasso, que se ha sumado al auditorio del Centro Cultural Amaia como escenario de las proyecciones y debates.
En las tres proyecciones de ayer, dos de ellas tenían un tono más arqueológico que el tercero, centrado en los testimonios de diversas personas relacionadas de manera muy directa con la represión que padeció el cuerpo de maestros de la República durante la guerra y la posterior dictadura.
En cualquier caso, todos compartían una línea común que insistía en la importancia de recuperar la memoria de cuantos padecieron el trágico suceso, en la necesidad de restablecer a las víctimas al menos moralmente, pero evitando siempre ahondar en los enfrentamientos y defendiendo posturas no revanchistas.
Pérdida familiar
Con una habilidad y una emotividad que le acabaría valiendo el Premio del Público y la mayor ovación del Festival, Siempre días azules narraba los trabajos de investigación y arqueología para encontrar, desenterrar, clasificar e identificar los restos de un grupo de hombres de una comarca castellano leonesa.
Todos ellos fueron detenidos y según pudieron saber sus familiares, fusilados y enterrados en una fosa común.
Encontrar esa fosa llevó su tiempo al equipo de especialistas y voluntarios, que contaba con pocas más referencias que la rumorología popular y las modestas investigaciones de las hermanas de dos de los desaparecidos.
Gudaris en Elgeta
La segunda proyección se centraba también en los trabajos de recuperación de los cuerpos, esta vez en una zona cercana a un caserío de Elgeta. Partían de los informes de un familiar del dueño del caserío que murió junto a los milicianos aquel día. Un informe acogido dentro del programa de recuperación de la memoria de la Sociedad Aranzadi y el Gobierno Vasco. El director de El lapiz del miliciano, Sabin Egilior, explicó que su obra «en realidad, es un informe audiovisual que acompaña a la documentación de este caso en el Archivo de la Memoria que Aranzadi está desarrollando junto al Gobierno Vasco. En este caso, decidimos ir un poco más allá del mero informe y hacerlo más didáctico y aprovechando este festival que se hace en Irun (es de agradecer el esfuerzo que hacen el Ayuntamiento y el Museo) decidimos presentarlo con la esperanza de que pudieran seleccionarlo y lo pudiera ver más gente».
La escuela fusilada
La escuela fusilada era el menos arqueológico de todos. Diversos protagonistas comenzaron explicando la filosofía educativa de la República que apostó por una escuela «para todos, moderna, neutra en lo religioso, pública, acorde a Europa y respetuosa con las lenguas propias de cada territorio». Se reforzó con «bibliotecas con selecciones magníficas de libros, aulas de música, teatro, poemas» y se llevó más allá de los muros del centro, «se llevó a la calle».