Viernes, 13 de octubre de 2006
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Trabados al hablar
Tropiezan con las palabras, pero también con una sociedad a la que piden más comprensión. Tres jóvenes tartamudos, Amaia, Jorge y Carlos, comparten sus experiencias
Trabados al hablar
Carlos Carcía, Amaia Thomen y Jorge Bárcena, sentados en un banco. [USOZ]
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FICHA
Tartamudez: En el 80% de los casos comienza entre los 2 y 5 años y, por lo general, es gradual, aunque puede ser repentino. Las repeticiones son normales, pero no cuando el esfuerzo es tal que genera tensión en los músculos del habla y del cuerpo en general. El incremento de la tensión aumenta la disfluencia.

Detección: Los expertos subrayan el papel de los docentes en la detección del problema y consideran que lo peor que se puede hacer es esperar.

Afectados: Cerca del 2% de adultos y el 5% de niños tartamudean. La proporción de personas con este problema del sexo masculino es de 4 a 1 con respecto al femenino.

Dificultad: La tartamudez es una dificultad, involuntaria y cíclica, que aparece y desaparece por periodos de tiempo variables.

Inteligencia: Los niños que tartamudean son tan inteligentes como los que no se traban al hablar. Incluso suelen tener un coeficiente intelectual superior a la media.

Origen: Estudios recientes muestran que existiría una predisposición hereditaria para tartamudear. Sin embargo, factores comunicativos del medio familiar y social son indispensables para desencadenar esta dificultad.

Contacto: Fundación Española de la Tartamudez en Euskadi y Navarra (943020381). El teléfono de la central, que está en Barcelona, es el 932379193. Página web: www.ttm-espana.com. E-mail: ttm_es@yahoo.es

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SAN SEBASTIÁN. DV. «Esto es como salir del armario. Todo el mundo lo sabe, pero lo intentas esconder hasta que lo asumes y lo compartes con los demás». Amaia Thomen reflexiona en alto mientras posa, junto a Carlos García y Jorge Bárcena, para las fotografías que ilustran este reportaje. Además de su juventud, aparentemente no hay nada que una a estos tres chicos. Amaia es irunesa, técnica de integración social. Carlos, asturiano, trabaja en su doctorado en Física en la UPV. Jorge, ingeniero industrial y «vizcaíno de Erandio», prepara también su doctorado en el Parque Tecnológico de Miramón. Hace no mucho que se conocieron por primera vez, pero charlan con la complicidad de quienes comparten algo que, irremediablemente, ha marcado sus vidas: la tartamudez.

En realidad, esta dificultad en el habla es casi imperceptible durante la conversación. Nadie diría que sean tartamudos. «Hay tantos tipos como personas. Algunos se bloquean en un punto determinado, otros tienen problemas de repeticiones... Y cada uno en distinto grado». El suyo es leve. Pero cuentan los sinsabores de otros conocidos que ven cómo su vida se va limitando porque tropiezan con las palabras y, sobre todo, con una sociedad insensible. «Por ejemplo, un compañero fue a comprar el pan y tuvo un bloqueo muy fuerte. Al cabo de un rato el panadero le dijo: ¿Acabas ya o qué!'. Eso es como decirle a un cojo que se mueva más rápido o que se quite de ahí», cuenta Amaia, quien relata otra situación clarificadora: «Algunos saben que se pueden bloquear con una palabra, que puede ser, por ejemplo, café con leche. Pues cuando entran a un bar tienen tal pánico a ese momento que, aunque sea lo último que les apetezca en ese momento, piden una caña, porque caña es una palabra con la que no suelen tener problemas». Estos casos ilustran cómo esta disfunción va acotando los movimientos de las personas que la padecen. Hasta el extremo de que algunos acaban encerrándose socialmente.

Desconocimiento

No es el caso de Amaia, Carlos y Jorge, que pertenecen a la Fundación Española de la Tartamudez en Euskadi y Navarra. Amaia es la representante y la coordinadora de los grupos de autoayuda, que suelen concitar a menos gente que la deseada. Se estima que el 2% de la población tiene estos problemas. En Gipuzkoa apenas quince pertenecen a la fundación. ¿Por qué? «Creo que es por desconocimiento y también quizás por vergüenza. Pero para eso estamos aquí, para que la gente sepa que no están solos, pueden informarse y compartir sus experiencias».

Porque eso es, precisamente, lo que hacen en los grupos de autoayuda. Juntarse para charlar. De momento no tienen local ni expertos, como psicólogos o logopedas, que acudan a las reuniones. «Creo que el primer paso es quitarse esa mochilla que llevamos todos». Un macuto psicológico en el que se han ido acumulando obstáculos, mofas e incomprensión y que, en los casos más extremos, puede ir menguando la autoestima y la confianza de quien carga con él. «Hablar con otros que pasan por lo mismo y sentirte comprendido ayuda», dicen.

En estos encuentros, cada uno cuenta su historia. Como la de Amaia, que no sabía lo que le ocurría cuando, siendo niña, se quedaba con la boca abierta y sin respirar cuando en clase le ordenaban que leyese en alto. «Era el peor momento». Fue a un psicólogo-logopeda durante un par de meses. Cree que le ayudó. «También me vino muy bien cantar en un coro, porque aprendes a vocalizar y a controlar la respiración».

Carlos también pasó por manos de varios expertos durante su infancia. «Con 20 años decidí ir de nuevo a logopedas y psicólogos». ¿Te fue bien? «Realmente no creo que me influyese tanto. De todas formas, creo que con la edad se va mejorando. Es una cuestión de seguridad en uno mismo. La confianza es lo más importante». A Jorge, con 7 años le llevaron a la consulta de un logopeda cuando realmente no era consciente de la disfunción. «No tenía problemas al leer, sólo al hablar».

Adolescencia

Habitualmente, la infancia y la adolescencia son, según cuentan, las etapas más espinosas. Ya se sabe, los niños pueden ser muy crueles. «Pero no sólo con un tartamudo, porque al que lleva gafas le llaman gafotas y también se ríen del que está gordo», dice Jorge, quien no recuerda haber pasado una infancia especialmente problemática. Amaia tampoco recuerda insultos, aunque Carlos todavía no ha olvidado aquellos episodios en los que quedaba callado cuando le preguntaban la lección por temor a tartamudear. «Se pensaban que no me la sabía».

Hoy día suelen salir del paso sin mayores problemas. Especialmente cuando hablan con niños, animales o están solos. «Nunca tartamudeas». En general suelen tener días en los que, «no se sabe por qué, hablas peor. Otras veces es porque te vas a encontrar con gente nueva, porque tienes que hablar por teléfono, que no es nada fácil para mí, o porque estás muy atareado y están pasando una racha ade mucho trabajo», explica Jorge, quien tiene sus trucos para sortear los obstáculos que le pone la tartamudez. Cuando están delante del público, «me lo memorizo todo».

Dianas de chistes fáciles y de muy mal gusto, Amaia considera que los tartamudos «son los grandes olvidados». Cuenta que es difícil dar con expertos que estén realmente preparados y que los docentes tampoco están especialmente sensibilizados con el tema. «Estoy repartiendo folletos por los colegios, porque la detección precoz es muy importante». De hecho, se considera que alrededor del 5% de los niños tartamudean, pero con una intervención oportuna, en la mayoría de los casos el problema desaparece.

El miércoles próximo se celebrará el Día Internacional de la Concienciación de la Tartamudez, y es posible organicen una reunión especial, «algo más potente», para entonces con sus conocidos de Vizcaya Álava y Navarra. Encuentros en los que, como en la vida diaria, es más importante lo que se dice que cómo se dice.

 
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