«Vivimos aquí, sabíamos que podía pasar»

«Vivimos aquí, sabíamos que podía pasar»

Los guipuzcoanos en Barcelona intentan recuperar la normalidad en su día a día en la Ciudad Condal. «Ver Barcelona sin tráfico, mi calle junto a la Rambla sin guiris y sin jóvenes haciendo botellón me quitó el sueño. Mucho silencio»

ANA VOZMEDIANO SAN SEBASTIÁN.

Llovía ayer en Barcelona, después de días de calor asfixiante. Como tantas mañanas, el irunés Jon Beltrán de Heredia salió a correr un rato, esta vez entre gente que iba por la calle más callada, «más ensimismada» que hace una semana en una Barcelona en la que todavía, dicen, hay demasiado silencio. A Asier García, nacido en Eibar aunque vecino de Donostia hasta que se fue a vivir y trabajar a la Ciudad Condal, la falta de ruido la noche que siguió al atentado de las Ramblas le impidió dormir. A otra irunesa, Marta Molino, enfermera en Sant Pau, le pasó todo lo contrario: diez personas que llegan seguidas a Urgencias provocan un movimiento de camillas y personas que ella no había conocido nunca.

Historia por historia de ruidos y silencios. Jon vive en la calle Les Moles, muy cerca de la plaza de Cataluña, en plena zona del atentado. Llegó a Barcelona con ganas de cambiar de aires y de disfrutar de todo lo que permite «un lugar como este». Ahora se encuentra en pleno proceso de creación de su propia empresa con otro socio. Ambos trabajaban en Cerdanyola, en la vivienda de su amigo cuando los wasap empezaron a llegar a sus móviles para advertirles de que no acudieran al centro.

«Todo eran informaciones confusas, no sabíamos lo que ocurría. Decidí no volver a mi casa, tan cerca de la zona del suceso, y pasé la noche en la de mi novia, en El Carmel. A la mañana siguiente sí me acerqué y sentí todo aquel silencio, a la gente callada...».

Este irunés que se dedica a la informática como profesión y a los monólogos en inglés como afición, vivió también el 11-M en Madrid, las mochilas bomba en el metro de la capital que provocaron casi 200 muertos y centenares de heridos. «Allí también me libré aunque vivía en el centro, en la plaza de Castilla. Aún no había salido de casa cuando ocurrió. Fue espeluznante, pero sobre todo, más sorprendente, impactante por lo inesperado. Porque aquí, aunque no se hablara de ello todos los días, persistía la sensación de que Barcelona estaría en la lista del terrorismo yihadista, que un día iba a pasar algo».

Adrenalina en el hospital

Jon no sabe si el sitio ideal para los yihadistas para causar el daño pretendido era las Ramblas, a las que él bajó ayer en búsqueda de normalidad. Marta Molina, enfermera, también de Irun, vive desde hace seis años en la ciudad. Estaba convencida de que si había un atentado el lugar elegido sería la Sagrada Familia, monumento puntero y símbolo de Barcelona, muy cerca de donde ella trabaja, el hospital de Sant Pau, y de donde vive.

Marta estaba en el centro hospitalario, en el departamento de semicríticos, cuando recibieron el aviso de que iban a llegar heridos. Todos a la vez, y que aquello era más que un accidente. «Nunca había vivido nada igual, la adrenalina te sube al máximo. La tarde estaba siendo muy tranquila, pero de repente todo cambió y el trabajo se transformó por completo».

Llegaron diez personas muy graves, pero también personal sanitario que estaba de fiesta y que se prestaba a colaborar. La ciudadanía respondía a los llamamientos para donar sangre y en el hospital, algunos traducían a los heridos, porque la mayoría eran extranjeros. «Son momentos angustiosos en los que la organización es fundamental y donde todo el mundo tiene que arrimar el hombro a toda velocidad», reconoce Marta Molino.

Momentos que no iban a acabar tras salir del turno del Sant Pau. En el cuerpo le quedaba el miedo a que pudiera haber otra explosión cerca y además, los nervios no parecían tener ninguna intención de dejarle dormir. La radio le avisó de que había habido un tiroteo en Cambrils y ya no pudo dormir en toda la noche, intentando saber qué ocurría en esa Cataluña en la que lleva viviendo seis años.

Ciudad sin vida

Asier García tampoco pudo conciliar el sueño durante la noche. El silencio de una ciudad sin bullicio, sin vida, le impedía estar tranquilo, cerrar los ojos. «Cuando por fin llegué a casa, cerca de las Ramblas, no se oía ni a los guiris, ni a los chavales que hacen botellón los jueves... Nada. Solo se podían escuchar teles encendidas en el vecindario en una especie de calma chicha que me impactaba».

Asier es de Eibar, aunque siempre ha vivido en San Sebastián. Esa tarde, después de trabajar, quedó con una amiga para comer en una terraza tranquila al otro lado del Raval. Empezaron a llegar los wasap, se oían sirenas y llegaban informaciones confusas, se hablaba de secuestros... «Yo vivo al lado del mercado de la Boquería junto al lugar en el que ocurrió todo, mi amiga en la otra punta de la ciudad, no sabíamos qué hacer. Ella podía volver en metro y yo fui hacia mi casa».

Por el camino le impresionaba ver cómo el tráfico iba desapareciendo, los negocios cerraban sus persianas, no había gente dando paseos ni sacando fotos. «Me acerqué a un policía para preguntarle si podía acceder hasta mi edificio. Vete ligero y no pierdas el tiempo. Por fin subí a casa». Desde una de las ventanas podía ver las Ramblas casi desiertas. El silencio le quitó el sueño, «porque no estoy acostumbrado a que no haya jaleo por la calle».

Al día siguiente salió a las 7.30 para ir a trabajar. «El comercio mañanero estaba cerrado, apenas se veía alguna furgoneta del pan, te encontrabas con la gente por la calle y te mirabas con una cierta complicidad. Aquí sigue habiendo silencio y tristeza».

Asier, como Jon y Marta, asegura que había una conciencia de que algo así podía pasar y que las Ramblas, «una arteria llena de guiris, pero que todos utilizamos», podía ser un lugar adecuado. «Cuando ocurrió el atropello en Niza pensé en que algo parecido podría pasar aquí. Barcelona es una ciudad mediática que tiene todos los puntos para ser el objetivo de estas acciones».

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