Un viaje por la vida de Joxe Mari Korta

Homenaje. José María Ruiz Urchegi, Itziar Korta, Bittor Zubizarreta y Jesús Mari Mujika, con la playa Itzurun de Zumaia de fondo. / MIKEL FRAILE

Su hermana y sus amigos íntimos recuerdan sus vivencias junto al empresario guipuzcoano asesinado por ETA hace 17 años y reivindican el legado del expresidente de Adegi. «Hay que trabajar para superar la degradación moral que ha provocado la violencia», coinciden desde la Fundación Joxe Mari Kortaren bidetik

AINHOA MUÑOZZUMAIA.

Horas antes de su asesinato, Joxe Mari Korta disfrutaba, ajeno al terrible destino al que ETA le había condenado, de una preciosa y calmada puesta de sol. Sentado frente al mar, observó, sin saberlo y por última vez, cómo la playa Itzurun de Zumaia se apagaba poco a poco para dar fin a otra jornada estival. Lo que Joxe Mari tampoco sabía era que aquel día sería el último de todos. El último en cenar, el último en dormir junto a su familia. La organización terrorista había colocado quince kilos de explosivos en los bajos de un coche contiguo al suyo para acabar al día siguiente con la vida del empresario guipuzcoano. A las 12.20 horas del mediodía, el 8 de agosto del año 2000, Korta engrosó la sangrienta, cruel y larga lista de víctimas que ETA carga a sus espaldas. Tenía 55 años, estaba casado con Marian Zearreta y era padre de tres hijos, Andoitz, Ibai y Lander. Los tres escucharon incrédulos desde la oficina de la empresa familiar, ubicada en el polígono industrial Gorostiaga, aquel sonoro estruendo que arrancó de cuajo una parte de sus vidas. Porque no, Joxe Mari no llevaba escolta, pensando que la banda no se atrevería a dar el paso de asesinarle.

Estos días, en el 17º aniversario de su asesinato, familiares y amigos de Korta recuerdan el legado que dejó el que fuera presidente de Adegi, la patronal de los empresarios guipuzcoanos. Aquel hombre trabajador, incansable, exigente y muy cabezón al que le apasionaba el ciclismo y que todos los sábados por la mañana tenía una cita innegociable con su madre, ama Kontxa, para, quién sabe, acercarle hasta la peluquería.

Reunidos por , Itziar Korta, hermana de Joxe Mari; Jesús Mari Mujika, amigo y portavoz de la Fundación que lleva su nombre; José María Ruiz Urchegi, exsecretario general de Adegi; y Bittor Zubizarreta, empresario y amigo íntimo del industrial asesinado, conversan sobre él, la octava víctima desde que ETA rompiera su tregua en diciembre de 1999. Lo hacen en un paraje elegido por ellos, en el centro Talasoterapia Zelai de Zumaia y con la estampa de fondo de aquel arenal que Joxe Mari Korta contempló por última vez el 7 de agosto del 2000.

Empieza tú, Itziar, que para eso eres su hermana.

Itziar Korta es la décima de once hermanos. Y Joxe Mari era la cabeza pensante que les guiaba, dice. «Él hacía que hubiera unidad en una familia tan numerosa», se duele. Itziar hace un parón, respira, coge aire y empieza a contar su historia.

El hombre que mataron «Vivía los momentos más dulces de toda su vida»

«Joxe Mari era... ¿cómo te digo? Exigente y, a la vez, muy sencillo». A Itziar Korta le sonríen los ojos vidriosos al recordar a su hermano. Aquel hombre preocupado por todo el mundo, un abstemio compulsivo incapaz de comprender por qué se celebraba con vino. «Bebía agua y leche». Punto. La exigencia que -valga la redundancia- exigía a los demás, también formaba parte de su propia identidad para consigo mismo. «Era muy trabajador y muy dado a no dejar a nadie en la cuneta», continúa Itziar, que trabajó junto a Joxe Mari treinta largos e imborrables años de su vida. «Era de esas personas que no tenía horas para él, muy entregado a los demás, dispuesto a ayudar a todo el mundo».

Unos meses antes de que ETA decidiera robar la vida al presidente de Adegi, la familia Korta se mudó, «con gran ilusión», al nuevo pabellón industrial. «Después de superar la gran crisis económica de los años 92-94, mi hermano estaba viviendo los momentos más dulces de su vida. Los hijos trabajando, la empresa en marcha... Era un buen momento para él a pesar de que para su entorno eran años difíciles». «Unos años tan malos -continúa en referencia a la amenaza de ETA que se cernía sobre los empresarios vascos- que se lo llevaron por delante».

Yo le conocí cuando tenía 12 años, él 14, en el Seminario, y tuve la gran suerte de ser un amigo íntimo. La verdad, a mí nunca me extrañó que Joxe Mari se dedicara con ese empeño a sacar adelante la empresa familiar, porque era una persona que pensaba más en los demás que en sus intereses propios.

El portavoz de la Fundación Joxe Mari Kortaren bidetik habla de una persona honrada, solidaria, entregada y también, por qué no, «con muy mala leche». Aunque «aprendió a controlarla», sonríe. El cura de Zumaia, continúa Mujika, le llamaba de forma cariñosa 'temoxu', de tematsu, es decir, tozudo. «Si se le metía una cosa en la cabeza, no había nada que hacer».

Fui su amigo durante los últimos 25 años de su vida. Gracias a él empezamos a disfrutar del ciclismo, del esquí, de jugar a pala... Cada fin de semana nos juntábamos tres matrimonios para cenar o tomar algo. Era un hombre tan querido, el primero que se ofrecía para organizar cualquier cosa, el cerebro.

En todos los ámbitos era exactamente igual. Tenía una frase que solía repetir muchas veces: 'Primero los valores y después las aplicaciones'. Y es que Joxe Mari anteponía los valores por delante de sus decisiones. Y ahí entra la honradez, el trabajo, la amistad, la colaboración, el tender puentes. Decía que teníamos que hablar con todo el mundo. Negociar. Que había que acordar con las centrales sindicales, con los demás empresarios, con las instituciones. Todos teníamos problemas en nuestros ámbitos, pero Joxe Mari siempre veía el aspecto más positivo. Sobre todo en nuestro ámbito, la negociación, el acuerdo, es el ADN de una asociación empresarial. Y siempre decía: 'Tenemos que negociar, negociar, negociar y, después, acordar'.

Un poco tozudo ya era ¿eh?

Y se ríen.

Lo cierto es que Joxe Mari Korta era un nacionalista fiel defensor de la negociación. Precisamente, él mismo defendió el 17 de julio del 2000 la necesidad de dialogar y alcanzar puntos de encuentro entre los partidos políticos para superar la terrible situación que en aquel momento sufría Euskadi por culpa del terrorismo. Es más, Korta instó a los representantes políticos a que dialogasen «desechando el lenguaje descalificatorio de confrontación y polémica, que genera frustración y que en nada ayuda a generar la esperanza que tanto necesita la sociedad vasca».

Aquellas fueron sus propias palabras, consciente de que la «ruptura de la tregua» de ETA, «la continuación de la violencia y de la inestabilidad política» estaban «impidiendo dedicar las energías suficientes para ser competitivos», aseveró. Porque si con algo estaba comprometido Korta, según Urchegi, era en seguir creando empleo. Solía decir: «Estamos creando riqueza, tenemos que seguir por esa línea pase lo que pase», recuerda el exsecretario general de Adegi.

Entonces Bittor empieza a rastrear en su memoria el día en que ETA mató a Ceferino Peña Zubia, el industrial chapista que la organización terrorista asesinó «por equivocación». Corría el año 80. «A Joxe Mari le afectó muchísimo, porque era uno de los componentes del grupo de ciclismo». Y también era empresario.

El tabú de la extorsión «Decía que no había que pagar el impuesto»

Quizás, y entre todas las amenazas de ETA, la que probablemente estaba más sepultada, la que se consideraba más vergonzante y se asumía en silencio, sin compartirlo con nadie, era la extorsión que la organización terrorista sometía a los empresarios vascos. La exigencia de pagar el denominado 'impuesto revolucionario' ha supuesto una realidad que ha permanecido más subterránea. Y aunque el asesinato de Korta supuso la culminación de una campaña de presión contra los industriales en Euskadi, Joxe Mari no era de los que se callaba y se dejaba intimidar fácilmente. Públicamente, intentó convencer a sus compañeros de gremio que no sucumbieran al chantaje de ETA.

Eso sí, por encima de nada quería que un escolta le guardara la espalda. «Le pusieron uno sin que él se enterara», puntualiza Itziar. Joxe Mari llegó incluso a ir a la Ertzain-tza para advertir que «había gente rara que vigilaba su casa». «Pero los ertzainas le dijeron que eran ellos, y cuando se enteró se lo quitaron», rememora su hermana. En el fondo, le sigue Mujika, «él mismo pensaba que no le iban a matar».

Unos días antes de que le mataran, volvía yo en coche de pasar la noche con mi madre en mi pueblo. Puse Euskadi Irratia y le escuché decir a los empresarios que, por favor, no pagaran el impuesto revolucionario. Y llegué a pensar: 'Kontuz ibili Joxe Mari'.

Sin embargo, y a pesar de haber tenido aquel pensamiento, Mujika reconoce que cuando le llegó la noticia de que habían asesinado a su amigo le «extrañó». Se dijo: 'Joxe Mari no, si es una persona querida en todo el pueblo'. «No lo esperaba y, sin embargo, lo hicieron. Y lo hicieron exclusivamente por esos consejos que dio desde Adegi. Pero era evidente y todo el mundo sabía que no podía decir otra cosa», manifiesta.

«Hemos tenido que echarle mucho valor para seguir adelante después de sufrir esta situación» Itziar Korta, Hermana de Joxe Mari Korta

«En su funeral hubo mucha gente que, hasta entonces, justificaba con facilidad los asesinatos de ETA» Jesús Mari Mujika, Portavoz de su fundación

«Era un hombre tan querido, el primero que se ofrecía para organizar cualquier cosa, el cerebro» Bittor Zubizarreta, Empresario y amigo de Korta

«Tenía una frase que solía repetir muchas veces: 'Primero los valores y después las aplicaciones'» José María Ruiz Urchegi, Exsecretario general de Adegi

Es que no podíamos estar mirando a otro lado. Era lo que tenía que decir. Cada mañana nos teníamos que mirar frente al espejo y preguntarnos si lo que hacíamos estaba bien o no. Creo que les hacía mucho daño el hecho de que, de alguna manera, se estuviera lanzando permanentemente ese mensaje: no se puede pagar. De hecho, yo sufrí un atentado en el año 96 por la misma cantinela.

Ruiz Urchegi fue objeto de un intento de asesinato el 20 de junio de aquel año, cuando ETA colocó en los bajos de su coche una bomba que, al explosionar, amputó las dos piernas a su primo segundo Santiago Lezeta. También resultaron heridas dos compañeras de Adegi, Susana y Rosi. Y, aun así, se mantuvo firme, convencido, sin titubeos, con el mismo mensaje: «No vamos a pagar».

Yo me enteré con el tiempo de que hubo quien pagó en el pueblo. Pero, claro, ante ese miedo y ese temor, hubo personas que al final optaron por proteger a su familia. Joxe Mari fue de valiente, y mira...

Desde la fundación siempre lo hemos tenido claro. Yo no le echo la culpa al que pagó, pero creo que esa indiferencia social estuvo provocada mucho por el miedo. La gente sí pensaba aquello de 'Joder, ¿por qué tienen que pagar?'. Sin embargo, Joxe Mari era una persona que intentó superar los estereotipos y las luchas falsas que había en los prejuicios.

Mis amigos me decían: 'Bittor, ¿andáis tranquilos con Joxe Mari?'. Y yo siempre contestaba lo mismo: '¡Estaría bueno! Joxe Mari es querido en el pueblo. Ha sido presidente de las ikastolas, abertzale, más que integrado en el ciclismo...'.

Y, sin embargo, ETA ya había sentenciado a muerte al presidente de Adegi.

El último recuerdo «Diez minutos antes, hablé con él por teléfono»

Han pasado 17 años desde que ETA atentó contra Korta, pero ninguno de los cuatro protagonistas de estas páginas puede olvidar la última conversación, el último encuentro, la última mirada de Joxe Mari. Y entonces es Urchegi el que, sin quererlo, se rompe al recordar cómo Korta le detalló «hasta con colores» aquella última puesta de sol que disfrutó en la playa de Itzurun. De pronto, Zubizarreta saca su teléfono móvil y muestra a los presentes una fotografía digna de una postal. «Esta es la puesta de sol...». «Es que le encantaba disfrutar de ese momento», le sigue Itziar.

Yo tuve la 'suerte', entre comillas, de ser la última persona que habló con él. Hablamos como tres o cuatro horas por teléfono.

Los dos amigos colgaron apenas diez minutos antes de que Korta cayera abatido por la fuerte explosión de un coche bomba, estacionado junto a su plaza de aparcamiento, después de que unos terroristas lo accionaran por control remoto. «Oye, José Mari, te dejo, que tengo una comida ahora en Getaria». Aquellas fueron las últimas palabras que Korta le trasladó a Urchegi, hasta que el secretario general de Adegi recibió la llamada más dolorosa.

Lo primero que dije fue: 'Imposible, estaba hablando ahora mismo con él'.

Yo, sin embargo, lo último que hice fue echarle una bronca. Teníamos a un cuñado enfermo, acababa de salir de la UVI y Joxe Mari se pasó toda la noche cuidándole. Vino directo de la clínica a la empresa. Sin ni siquiera ducharse. Le miré, y le dije: 'Pero, ¿qué pasa? ¿No hay nadie más? ¿Todo lo tienes que hacer tú?'. Si lo llego a saber...

Los tres matrimonios cenamos el sábado día 5, como cada fin de semana. Nos pasamos la noche haciendo planes porque el jueves Joxe Mari se iba de vacaciones. Así nos despedimos. El martes día 8 estaba haciendo un albarán cuando me llamó mi mujer y...

Bittor Zubizarreta, compungido, no logra continuar.

El día del crimen «Quise traspasar el cordón, pero no me dejaron»

El 8 de agosto del 2000, familiares y amigos de Joxe Mari Korta, junto a distintos representantes políticos, se desplazaron hasta el lugar del atentado, donde se sucedieron escenas de dolor y consternación por un empresario que fue calificado de forma unánime de «ejemplar».

Yo estaba en mi casa, con la comida hecha y la bolsa preparada para irme al malecón cuando me llamó la directora financiera de la empresa: 'Itziar, que ha habido un atentado contra Joxe Mari'. Le dije que le llevaran rápido al Hospital de Donostia, pero me dijo que no se podía, que estaba muy mal...

Inmediatamente, Itziar y su marido se desplazaron hasta las inmediaciones del polígono industrial Gorostiaga, donde aún yacía con un hilo de vida Joxe Mari Korta. Los servicios sanitarios lucharon sin éxito durante veinte minutos para salvarle. «Pasaba por Meagas y ya se olía el humo», recuerda Itziar. Que trató de traspasar el cordón policial que encerraba a Joxe Mari, pero no le dejaron. «Me quedé con esa pena», se duele. Fue entonces cuando decidió entrar en la fábrica y observar desde las ventanas. Y allí estaban, Andoitz, Ibai y Lander «en shock». Después se trasladaron todos juntos a casa de Joxe Mari, rotos, sacando fuerzas de donde no se tenían, reconoce la hermana de Korta.

Yo tuve una reacción de la que no me tengo por qué avergonzar. Estaba ya vestido para ir a andar en bici cuando me llamó mi cuñado. Antes de nada me dijo que me tranquilizara, luego me explicó que acababa de ver en la televisión de un bar que un coche bomba había matado a Joxe Mari.

Mujika pedaleó y pedaleó hasta subir a lo alto de Igeldo. «No sabía qué hacer». Una vez arriba, la «vergüenza» se adueñó de él y decidió bajar. Le dejó una nota a su mujer en casa: 'Me voy a Zumaia'. «No le dije por qué, no me salía decírselo...».

El día después «Lo que le hicieron es una cicatriz que no se cura»

Durante días tuve que tener la cabeza ocupada, pero cuando paré, se quedó todo en silencio. Me quedé callada, sin fuerzas, con un vacío terrible... Es tan duro, tan difícil. Lo que le hicieron a mi hermano es una cicatriz que queda de por vida. Hemos tenido que echarle mucho valor para seguir adelante después de sufrir esta situación.

La dureza del momento era terrible. Paco Garmendia me pidió que cantara en el funeral unos versos, y me acuerdo que el último decía: 'Nuestro dolor será más llevadero si este atentando es...

...es el último. Me acuerdo perfectamente.

Para cuando terminé de cantar, ya habían matado en Berriozar a un guardia civil. La manifestación en contra del asesinato de Joxe Mari fue multitudinaria. La sangría de muertos que hubo aquel año, ¡qué duro era aquel momento...! También recuerdo la reacción popular tan enorme que hubo en el pueblo. En el funeral de Joxe Mari hubo mucha gente que, hasta entonces, pertenecía a ese grupo social que justificaba con bastante facilidad los asesinatos de ETA.

Y todos asienten. Cómo la sociedad vasca pudo acostumbrarse a la anormalidad.

En mí algo cambió. Después de que mataran a Joxe Mari, cuando me enteré del asesinato del guardia civil en Berriozar lo sentí...

Más que antes.

Sí, como si fuese algo mío.

Parece que las cosas hay que vivirlas en primera persona para darte cuenta. Antes estábamos como acostumbrados.

Esa es la degradación moral que trae siempre la violencia. A la violencia, desgraciadamente, te acostumbras.

Sí, porque se vuelve normal en la sociedad. De todas maneras, creo que hay que mirar el contexto global, no solo el de la violencia, que también. Veníamos de unos años de una reconversión industrial de pantalón largo. En Euskadi se perdieron más de 120.000 puestos de trabajo, y eso tensa a la sociedad.

Jesús Mari Mujika explica entonces la filosofía de la Fundación Joxe Mari Kortaren bidetik.

-Entonces, ¿cómo se construye la memoria constructiva?

-Con honradez a la hora de hacer el relato.

-¿Y qué hitos tiene que haber en ese relato?

-Para la fundación, indudablemente, que la violencia no se puede justificar políticamente nunca. Y que la violencia utilizada en este país ha provocado una degradación moral terrible y que ha sido injusta.

Mujika reconoce que no le gusta hablar «excesivamente de arrepentimiento y perdón». Sin embargo, exige que ETA reconozca el daño causado, «que ha sido injusto». Además, Mujika pide que la violencia «nunca se trate como un suceso desgraciado» porque «son acciones voluntariamente ejercidas».

-¿Cómo se puede construir la convivencia en paz de cara al futuro?

-Con honestidad y prudencia en el relato, es decir, hay que utilizar las palabras con mucho cuidado. El diálogo es fundamental, hay que hablar con todo el mundo, por mucho que duela. Y, sobre todo, la no soberbia. Y a eso me refiero con que hay quienes dicen que son los que están haciendo la paz, pero aquí nadie puede chulear de eso. Lo que hay que hacer es contribuir a la paz y a la convivencia. Hay que dejar algunos asuntos perfectamente claros: toda aquella violencia fue absolutamente injusta y contraproducente, así que las víctimas tienen todo el derecho a protestar. También hay que intentar mirar al futuro y trabajar con gente que sabes que durante años ha estado, de alguna forma, potenciando esa violencia. No hay más remedio que hacerlo.

A su juicio, la «mayor responsabilidad en este país» ha sido el hecho de haber «pasado a las nuevas generaciones una visión de la violencia perfectamente nociva». Por eso, Mujika considera que ahora «hay que trabajar para que los más jóvenes tengan una visión de la violencia radicalmente distinta y que acepten que el valor fundamental para superar la degradación moral es el diálogo, la convivencia, pero nunca la utilización de la violencia».

-Pero, ¿cómo?

-Huyendo del silencio del miedo para recuperar el silencio del respeto.

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