Veinte años de la liberación de Delclaux

Cosme Delclaux, junto a su madre y su novia a las puertas del domicilio familiar de Getxo poco después de ser liberado el 1 de julio de 1997. / E. C.

ETA mantuvo 232 días secuestrado al abogado vizcaíno en un zulo de Irun

IVÁN ORIOSAN SEBASTIÁN.

«No te muevas y no me mires». La media tarde del 11 de noviembre de 1996, el joven abogado de Getxo Cosme Delclaux, de 34 años, se disponía a coger el coche tras finalizar su jornada laboral en el Parque Tecnológico de Zamudio, en la empresa EyS Consulting, cuando un miembro de ETA le encañonó y le obligó a ocupar el asiento del copiloto. El terrorista arrancó y se detuvo sólo medio kilómetro después, donde le esperaban los compañeros de comando en otro automóvil. Los activistas le maniataron, le sedaron y le trasladaron a una nave industrial de Irun, donde los expertos en secuestros de la banda habían fabricado un zulo para retenerle y reclamar un rescate a cambio de su puesta en libertad. Delclaux permaneció 232 días en un habitáculo minúsculo de apenas metro y medio de ancho, tres de largo y 1,80 de alto. Le soltaron el 1 de julio de 1997, ayer hizo veinte años, pocas horas antes de que la Guardia Civil rescatara en Arrasate a José Antonio Ortega Lara.

La organización armada había convertido en aquella época los cautiverios en un 'modus operandi' habitual y la novia y la familia de Cosme, vinculada a la empresa Vidrala y con amplios intereses financieros, enseguida interiorizaron que su desaparición podía llevar el sello de ETA. Pocos meses antes se había producido la liberación del empresario guipuzcoano José María Aldaia, secuestrado casi un año por motivos económicos, y el funcionario de prisiones todavía permanecía en poder de los terroristas para presionar al Gobierno de José María Aznar y exigir un cambio en la política penitenciaria. Los Delclaux confirmaron sus peores presagios treinta días después de su desaparición, cuando recibieron en su domicilio una carta escrita a máquina en la que la banda reivindicaba la acción y exigía el pago de un dinero para poner fin a su sufrimiento. Ajeno a lo que ocurría en el exterior, la víctima trataba de adaptarse a la vida en su zulo de Irun, húmedo y sin ventilación.

LAS CLAVES

Pésimas condiciones
El minúsculo habitáculo apenas medía metro y medio de ancho, tres de largo y 1,80 de alto
Pésimas condiciones
Un colchón de plástico, una mesa de camping y una silla plegable componían el mobiliario

«Para mí todos los días eran iguales», declaró el abogado en los tribunales un lustro después de quedar en libertad. Un colchón de plástico, una mesa de camping y una silla plegable componían el escaso mobiliario que le proporcionaron sus guardianes. Una bombilla de 40 vatios iluminaba la estancia. Delclaux hacía las tres comidas, leía ejemplares de 'Egin' censurados y atrasados y, de vez en cuando mantenía conversaciones con uno de sus captores, siempre el mismo, sobre temas intrascendentes. Solían darle una palangana para asearse y muda limpia. A veces le permitían fumarse un cigarrillo. Los 'carceleros' le apagaban la luz todas las noches, hasta el amanecer. Las jornadas eran largas, eternas, y con un sonido permanente muy molesto, como el de una radio mal sintonizada a todo volumen. Nunca le dejaron salir. Fuera, entretanto, sus compañeros de trabajo se movilizaron para pedir su liberación y la familia nombró portavoz al abogado Carmelo Renobales. Transcurrieron cinco meses y la familia recibió otra misiva, también redactada a máquina. El tono era más amenazante que la primera. Álvaro Delclaux, padre de Cosme, contactó con la banda a través de un intermediario, según relató él mismo en la Audiencia Nacional. La familia pagó a ETA mil millones de pesetas (6 millones de euros) para salvar la vida de Cosme, en dos entregas de 500 millones cada una. Un hermano del cautivo se desplazó en un vehículo alquilado a un estacionamiento público de Irun con el dinero en metálico oculto en cajas de cartón. Las órdenes que le habían transmitido los terroristas eran claras: debía dejar el coche aparcado con las puertas abiertas, abandonar el lugar y regresar a las dos o tres horas. Cuando volvió, los billetes ya no estaban. Nunca llegó a ver a los etarras. Mientras se gestionaba el abono del rescate, los guardianes sugirieron a su rehén que el secuestro terminaría pronto. Pero el calendario avanzaba y la liberación no se producía.

Sedantes

Llegó en la madrugada del 1 de julio. El comando le suministró dos sedantes en el zulo y le trasladó hasta un paraje aislado de Elorrio, donde le abandonaron maniatado a un árbol. Horas después se reunió con su familia, casi al mismo tiempo en que agentes de la Guardia Civil ponían fin a la agonía de Ortega Lara. «Os quiero», dijo el abogado en presencia del nutrido grupo de periodistas que aguardaba junto a su domicilio en Getxo. Los Delclaux enviaron un telegrama de felicitación al funcionario de prisiones.

Fueron varios los miembros de ETA que participaron en el cautiverio de Delclaux. Todos ellos fueron detenidos y condenados por la Audiencia Nacional. La orden de secuestrarle la dieron José Javier Arizkuren Ruiz, 'Kantauri', y Dolores López Resina, 'Lola'. La cumplieron Gregorio Vicario Setién y José Ordóñez Fernández, quienes adquirieron un local en Irun, construyeron el habitáculo, fabricaron una manivela oculta que servía de apertura y acondicionaron la nave para que pareciese un almacén.

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