Tiempo muerto

La mirada

Puigdemont camufla tras el diálogo la realidad de que el ‘procés’ ha llegado al final de su escapada

Lourdes Pérez
LOURDES PÉREZ

Carles Puigdemont ha dejado en suspenso algo -la declaración unilateral de independencia- que no existe. Y no solo porque las dos leyes que iban a sustentar la DUI -la del referéndum y la de transitoriedad- se encuentran fuera de la legalidad constitucional que hizo suya de manera muy explícita el máximo responsable del Consejo Europeo, Donald Tusk, cuando ya se mascaba la ruptura en el Parlamento catalán. Ayer era ‘el día de la república’ para muchos ciudadanos que se despertaron persuadidos de estar convocados desde hace semanas a un trance histórico sin retorno y Puigdemont flaqueó, o le hicieron flaquear, en el instante decisivo. No se ha atrevido a proclamar lo que solo podría cobrar cuerpo si lo hubiera proclamado expresamente. Ha paralizado por «unas semanas» una secesión que, en realidad, no llegó a declarar con todas las letras en ningún momento de un discurso durísimo contra el Estado. La indisimulable decepción en los rostros de los líderes de la CUP, la ANC y Òmniun, exégetas hasta ahora del estado de ánimo del ‘procés’, y la efervescencia que iba perdiendo gas en la calle según Puigdemont desgranaba sus intenciones tradujeron vívamente la frustración por la república pospuesta, por el divorcio abortado. Aunque quizá fue la alicaída expresión de Carme Forcadell la imagen más gráfica de la tarde. La gran agitadora social por la ruptura, que fue aupada a la presidencia del Parlament con el objetivo de consumarla, se enfrenta a varias causas judiciales lanzadas por el Estado que, aun maltrecho, ha superado el envite de mayor envergadura planteado hasta ahora por el independentismo contra su integridad territorial.

Puigdemont ha proclamado un tiempo muerto para la DUI intentando rellenarlo desde ya para que el vacío no parezca definitivo. Para que no parezca una derrota en un pulso entablado a todo o nada. El president y los suyos han activado una doble vía para contener la mancha de aceite de la frustración. Por una parte, apelando a la apertura del «diálogo», con la confianza de que el irresistible imán que ejerce el término sobre la política y la ciudadanía devuelva al secesionismo la primacía del relato que ensanchó con las reprobables cargas policiales del 1-0 y que ha perdido tras la huida de los poderes económicos, la emergencia en el espacio público de la Cataluña discrepante y el cierre de filas de la UE con el Gobierno de Rajoy. La segunda medida de urgencia ha sido el compromiso con la república catalana firmado en la nocturnidad del Parlament, a fin de intentar mantener prietas las filas y evitar que la presión de la CUP llegue al extremo de dejar sin mayoría al bipartito de Junts pel Sí.

La realidad es que Cataluña se despertará hoy sin ser ni independiente ni republicana. Con aspectos sustanciales de su autogobierno intervenido ‘de facto’ por el Estado. Con buena parte de su dirigencia investigada ante los tribunales. Con una quiebra total entre el Ejecutivo de Puigdemont y la oposición. Y con un marco legal efectivo -la Constitución y el Estatuto- y el virtual de las leyes de referéndum y transitoriedad, que el president ha incumplido con el paso atrás sobrevolando el abismo protagonizado ayer. La incógnita en estas horas de secesión ‘interruptus’ es si Rajoy, el presidente español más reacio a moverse para nada, opta por la puntilla de la excepcionalidad o se guarece en su terreno predilecto: esperar, ver y hacer lo mínimo. Lo mínimo para no recargar a un independentismo despojado de épica.

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