Supervivientes a los que hace tiempo que se les agotaron las lágrimas

Las víctimas soportaron en silencio cualquier alusión a su sufrimiento y a sus experiencias vitales de aquella época

A. V. SAN SEBASTIÁN.

Un vídeo de aviones, balas, testimonios de hombres a punto de morir, mujeres con la cabeza rapada y niños asustados protagonizaron el audiovisual que centró gran parte del acto en la Diputación guipuzcoana. Algunos de los presentes podían reconocerse en frases como la que aseguraba recordar lo que ocurría cuando se llevaron a su padre de la casa. «Mi madre tenía miedo, un niño de tres años sabe cuando su madre tiene miedo».

Silencios y cartas cariñosas como la que envió a su madre Pedro Basurto de Zumaia, fusilado en Pamplona, cuando sabía cuál era su destino. O la de Secundino Antón Sancho de Andoain, fusilado en Ondarreta, que pedía a su «amada Juanita», que cuidara de los niños.

La emoción se sentía en la planta noble del palacio foral y es verdad que pudo verse alguna lágrima contenida. Pero en las primeras filas, en las que se sentaban los supervivientes directos de aquella época, había pocos llantos. Ninguno. Los ojos miraban al infinito, hacia la vidriera, ni siquiera a la Medalla que el diputado general descubriría poco después.

«La guerra enfrentó a unos hermanos con otros», se oía en el vídeo que sonaba para una audiencia que guardaba silencio. «Cuando volvías a la cárcel de Ondarreta a visitarle te decían que le habían mandado a la vendimia a la Rioja». Eso, lo sabían muchos de los presentes en la atestada sala de la planta noble, equivalía a que les habían fusilado. Ya no volverían a verlos. Paco Etxeberria quiso pedir un aplauso para todas aquellas mujeres, menos visibilizadas, que se quedaron solas.

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