«Solo quería poder volver a Donostia»

Guipuzcoanos que visitaban o residen en Barcelona relatan los tensos momentos tras el atentado. «Nos refugiamos en la zapatería de una amiga donde estuvimos tres horas con la persiana echada y la luz apagada», relata una donostiarra

ANA VOZMEDIANO SAN SEBASTIÁN.

Entre los vecinos de Barcelona se ha hecho casi viral un vídeo que, con los impresionantes sones de aquel 'Barcelona' que cantaron hace 25 años Montserrat Caballé y Freddie Mercury, recoge imágenes de la ciudad con frases que hablan de moral de piedra, de equipo unido, de 'luz que seguirá brillando aunque alguno quiera apagarla'. A María Jesús Pascual le emociona el vídeo que ha enviado a toda su familia donostiarra. Tanto como el poema de Federico García Lorca que ensalza esa Rambla que ella misma pisó el jueves por la mañana, antes de que se convirtiera en el escenario del atentado.

«¿Lo conoces? Dice Lorca que es 'La calle más alegre del mundo, la calle donde viven juntas a la vez las cuatro estaciones del año, la única calle de la tierra que yo desearía que no se acabara nunca, rica en sonidos, abundante de brisas, hermosa de encuentros, antigua de sangre'. Algunos dicen que las Ramblas son para los guiris, pero la verdad es que son de todos».

Esta mujer, propietaria de una residencia de ancianos en Barcelona, Gure Etxea, no salió ayer de casa. El jueves se pasó la tarde tranquilizando a hermanas y sobrinos. «Estamos bien, pero el ambiente es hosco, la gente está triste y hay miedo, ¡claro que lo hay! A mi yerno, que es conductor de autobús, los incidentes le pillaron junto a Canaletas. Estuvieron mucho tiempo parados, sin saber qué pasaba. ¡Qué pena!».

Algunos guipuzcoanos que viven en Barcelona piensan, como muchos de sus convecinos, que era de esperar, que la Ciudad Condal podía ser un objetivo para el terrorismo yihadista. «Algunos dicen que el Gobierno lo sabía, pero yo no me lo creo... ¡Que van a saber ellos! Lo que veo desde mi ventana es la tristeza de la gente que pasa por la calle. No tengo ganas de salir. ¡Qué pena!» repite esta mujer

Por una pasmina

La falta de información sobre lo que ocurría no solo le afectó al yerno de María Jesús Pascual. La odisea de Nerea, una donostiarra que frecuenta Barcelona, pasa por tres horas refugiada en la zapatería de una amiga junto con cinco mujeres más, entre ellas, dos chicas australianas de 21 años que no paraban de llorar.

«Estuvimos allí metidas, con la persiana cerrada y a oscuras. Llegaban mensajes de que había rehenes en el Corte Inglés, tiroteos desde un kebak de la zona que es muy conocido, comentarios que nos llegaban de colegas que estaban en el Museo Erótico y que veían las calles».

Para Nerea, pasado el mal trago, esas horas fueron lo de menos. Porque todavía se asombra de que el atentado «no nos pillara a mi amiga y a mí. Fue por un milagro». Más bien por una pasmina.

«Estaba a punto de entrar en las Ramblas para ir al H&M que está allí, pero en el escaparate de una tienda, antes de entrar, vi una pasmina que me gustaba. Nos entretuvimos cinco minutos, lo suficiente para no llegar al lugar del atropello, porque el retomar nuestro camino empezamos a ver a mucha gente que corría y gritaba».

Pensaron en tiros, en algún ajuste de narcotráfico en el Raval, pero cada vez la avalancha era mayor y ambas echaron a correr. «Pensamos en refugiarnos en un comercio, pero la gente echaba las persianas. Una amiga tiene una zapatería en la calle Petrichell, que es muy estrecha. Allí nos metimos, junto a las chicas australianas y a otra que era argentina, además de la dueña. Hoy (por ayer) nos hemos vuelto a encontrar en el minuto de silencio nos han brotado un montón de emociones. Porque aunque les dijera a las chicas australianas que no lloraran, que en la zapatería teníamos magdalenas, agua y un váter, yo tampoco sabía cuando íbamos a salir de allí».

Pero el silencio que más impactó a Nerea fue el de las calles siempre bulliciosas que tuvo que recorrer hasta llegar a casa. Y de hoy, le duele la tristeza que, asegura, reina en Barcelona. «Hay mucha menos gente por la calle y cualquier ruido sobresalta a quienes pasan por la calle. Se nota mucho el bajón».

Ha ido a la estación para coger el billete de vuelta a Donostia y ha tenido suerte, porque ha conseguido el último que había disponible para el lunes. «Todo fue un caos, mucha gente se pregunta a qué estaban esperando para poner pivotes de hormigón en los lugares en los que hay aglomeraciones».

«Podía pasar»

Porque, una irunesa, Arrate Olasagasti, que es de la misma opinión, dice que hace tiempo que en la ciudad que la acogió con los brazos abiertos junto a su novio Raúl, también de Irun, se habla de un posible atentado yihadista. «No es que hubiera miedo, pero sí la sensación de que nos podía tocar a nosotros. Esta es una ciudad abierta y multicultural en la que vive gente de todas partes y que tiene mucha relevancia internacional. Podía pasar».

Y pasó. Muy cerca de la oficina de reservas turísticas en la que ella trabaja, situada próxima a la plaza Cataluña. «La sensación era muy rara, nos entró miedo, decidimos irnos a casa lo antes posible. Pero ¡claro!, había que salir de allí».

En la calle, y una vez comprobado que había calles que no estaban cortadas, Arrate se encontró con un caos y una confusión a la que también se sumaban los mensajes que iban llegando al móvil. No quería usar el metro ni ningún transporte público, pero tampoco había taxis». Después de 45 minutos llegó a casa y se encerró allí con Raúl, pendiente de las noticias. Le dije que no pensaba coger el metro durante días, aunque al final lo hemos hecho. ¿A la Rambla? No, allí no he bajado».

«Hoy no vamos a la Rambla»

Irene Ibargoien ya está en su casa de Donostia, después de una odisea que la dejó atrapada en la estación de Sants. El amor lleva a esta chica donostiarra a Barcelona para el día y encontrarse con Daniel, que trabaja en un crucero que hace escala en el puerto de la Ciudad Condal. Llegó a las 6.15 de la mañana e hizo tiempo, como siempre, en Sants, hasta ir a esperar a su chico, que arribaría más tarde. «Normalmente nos vamos a la Rambla, pero no me digas por qué, se nos cruzó la idea de ir a pasear por el puerto, comer allí... A las seis íbamos a Colón a coger el autobús y encontramos a dos parejas llorando. No nos podíamos creer lo que nos contaron, no podía ser... Me despedí de él junto al crucero y empecé a pensar en cómo llegar a Sants».

Irene tuvo suerte y encontró un taxi, el único que había disponible en aquella zona. Pero todavía no estaba 'a salvo'. «Es que al conductor le llamaban sus padres para que dejara las calles y volviera a casa, los míos me decían que no fuera a Sants, estaban preocupados». El taxista le ofreció su casa con su familia, pero Irene quería llegar a la estación y coger el autobús que la devolviera a Donostia.

«La gente estaba como loca también allí, gritaba, lloraba. Había mucha policía y me sentí muy sola, asustada. Me junté a un grupo aunque no conocía a nadie y al final, una amiga me llamó para que fuera a su casa al menos hasta que saliera el bus. Me consoló bastante porque todo era muy triste».

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