Antes símbolo que árbitro

Lourdes Pérez
LOURDES PÉREZ

Felipe VI trató de llenar anoche el espacio vacío que ha dejado el Gobierno de Mariano Rajoy en el ánimo acongojado de millones de españoles y de muchos miles de catalanes tras las ruinosas imágenes del 1-0. La intrahistoria de estos días febriles y feroces relatará si ha sido el Rey que ve peligrar el legado que heredó hace apenas tres años el que ha optado por hacer valer la jefatura de un Estado bajo amenaza de ruptura. Si Rajoy ha optado por escudarse en su figura constitucional para arropar las traumáticas decisiones que asoman en el horizonte si el Govern de Puigdemont se decanta por forzar en el Parlamento la declaración unilateral de independencia no ya contra España, sino contra sus propios conciudadanos discrepantes. O si ha confluido una visión compartida de la emergencia que pende sobre la integridad del Estado, traducida en un mensaje en el que se hizo más audible la contundente defensa de la legalidad constitucional -un cierre de filas del que le va a resultar difícil zafarse al PSOE- que las apelaciones a la concordia. El artículo 56 de la Constitución identifica al Rey como «símbolo de la unidad y permanencia» del Estado, que «arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones». Felipe VI se ha erigido antes en símbolo que en eventual árbitro de una insólita crisis cuyo desenlace condicionará la memoria de su incipiente reinado.

Un reinado cuya credibilidad también está siendo sometida a escrutinio en un trance excepcional en el que no solo está en juego ya la separación unilateral de una parte del Estado, sino también los anclajes de un andamiaje constitucional muy desgastado por las penurias económicas, la corrupción, la falta de empatía en el ejercicio del poder y la desafección social. El independentismo catalán ha bebido de esas fuentes hasta autoconvencerse de que el contexto histórico y cualquier cosa que ocurra es bueno para el convento de la secesión, enfilada con determinación obcecada ante cualquier razón que no sea la emoción más visceral. El desgarro es abisal. Y la convivencia está fatalmente envenenada entre los catalanes y con los españoles que ya no soportan a los que quieren separarse de ellos por la vía que sea.

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