«Sentí indefensión, impotencia y soledad. ¿Dónde estaban las instituciones?»

José Mari Ruiz Urchegui, exsecretario general de Adegi. / AYGÜÉS
José Mari Ruiz Urchegui, exsecretario general de Adegi. / AYGÜÉS
José Mari Ruiz Urchegui. Exsecretario general de Adegi

«El homenaje era una deuda pendiente. Ahora, con nuestro trabajo, los empresarios tenemos que seguir logrando la paz y el mayor consenso social»

A. GONZÁLEZ EGAÑA SAN SEBASTIÁN.

José Mari Ruiz Urchegui nunca recibió una carta de extorsión de ETA. Fueron de otro tipo. La organización terrorista le planteó «una distensión entre ETA y Adegi». Querían entrevistarse con él. El secretario general de la patronal guipuzcoana entre 1977 y 2008 viajó a Iparralde en dos ocasiones, pero ningún miembro de la banda acudió a las citas. Dos años antes, el 20 de junio de 1996, Ruiz Urchegui había pedido a su primo Santiago Leceta que llevara su coche al taller aprovechando que estaba de viaje en Estocolmo. La banda terrorista había colocado una bomba lapa bajo el vehículo para acabar con la vida del empresario. El artefacto explotó. Leceta sufrió la amputación de sus dos piernas. Dos empleadas de la asociación también resultaron heridas. Este duro recuerdo y otros muchos similares los revivió ayer a flor de piel durante el acto de memoria de Confebask. «Pero, hay que pasarlo», afirma convencido de que hay que seguir adelante, pero sin olvidar lo ocurrido. «Es como cuando vas conduciendo. Hay obstáculos, curvas, pendientes..., pero siempre llevamos el retrovisor».

- ¿Era necesario este homenaje?

-Ha sido una deuda de los empresarios con los propios empresarios. Hemos estado comprometidos en este terreno y ese esfuerzo debe dirigirse ahora a seguir construyendo la paz y el mayor consenso social que no nos cae del cielo, sino que nos implica a cada uno personalmente. Me gustaría ensalzar hoy la labor de muchos empresarios que robando tiempo a sus familias, amigos y a su ocio, se dedicaban a ser presidentes u otros cargos en Adegi, Confebask o Elkargi. Tengo que citar a José Mari Vizcaíno, Joxe Mari Korta, Victoriano Susperregui, Miguel Lazpiur, Joxe Alberdi, Juan Alcorta, Cruz Arriola y Jesús Alberdi. Pero también a los diputados generales Imanol Murua y Román Sudupe.

«En el hospital Santi me dijo: 'No te preocupes, estoy bien ahora. Ocúpate de tu familia'»

- ¿Por qué no ha sido posible hasta ahora este reconocimiento?

-Con este tema la gente siempre ha sido muy prudente. Los empresarios estábamos solos. Recibías una carta y no sabías nada del asunto, no tenías ni idea. Todo el mundo creía que era el único.

- Por su despacho pasaron muchos empresarios pidiendo ayuda cuando recibían una de esas cartas.

-En los 25 años que he sido secretario general de Adegi, ha pasado por mi despacho muchísima gente con el problema a sus espaldas. Cientos. Recuerdo la conversación con un empresario: «Me ha llegado esta carta. ¿Qué hago? Igual es que he hecho una inversión..., que se han enterado en el banco...». Yo trataba de explicarle que daba igual lo que hubiera hecho, que por una inversión determinada no le iban a pedir o dejar de pedir nada. Se derrumbaba: «He estado toda la noche llorando, pensando qué va a ser de la familia, la empresa...». Al día siguiente decidió marcharse a Estados Unidos para desaparecer un tiempo. No aguantó. La empresa seguía aquí, pero con el mando a distancia. He visto gente realmente muy hundida.

- ¿En esos momento la vida familiar también se tambalearía?

-Implicaba a todo el mundo. Además, había mucha presión también de los familiares. A muchos les cuestionaban: «¿Pero, por qué tenemos que aguantar, es que vas a perder la vida?». Otros muchos no se lo contaban ni a la mujer ni a nadie. Se establecía un silencio absoluto. Se digería el disgusto en soledad.

- ¿Usted no recibió ninguna carta de extorsión, pero sí de otro tipo?

-En 1998 me empezaron a llegar a Adegi cartas de la banda en las que me planteaban una distensión entre ETA y Adegi. Fui a Iparralde, pero ellos no aparecieron. Estimo que era una especie de toma de temperatura, querían ver cómo reaccionábamos, qué decíamos. Coincidió en el tiempo con la entrevista que tuvo Carod Rovira con ETA. Creo que buscaban romper colectivos, dividir opiniones. Si hubiera sido que querían lo que decían en la carta, debían haberse dirigido a Confebask, no a Adegi. Pienso yo.

- ¿Qué pensaba hacer allí?

-Nos dijeron que querían hablar, analizar la situación, que iban a dar su opinión... Empezaba a haber algunos gestos de que podía haber una tregua... A pesar de haber vivido el atentado, pensé que tenía que ir.

- ¿Y ahí se quedó este episodio?

-Me volvieron a enviar otra carta. Y volví a ir.

- ¿Y se encontró entonces a alguien?

-No. Tampoco. No he estado con ninguno de ellos nunca. Luego recibí otras dos cartas y ya ni fui.

- ¿Estas cartas elevaría su grado de preocupación, sobre todo cuando todavía tenía muy reciente el recuerdo del atentado con bomba lapa, que dejó gravemente herido a su primo Santiago Leceta?

-Es algo que todavía tengo grabado a fuego en mi memoria.

- ¿Cómo se enteró de lo que había pasado aquel 20 de junio de 1996?

-Estaba en un congreso de la pequeña empresa en Estocolmo. Hacia la una y media llamé a la oficina. Se puso mi secretaria y muy asustada me dijo que no me podía hablar, que había habido un atentado. Acababa de ocurrir en ese mismo momento. Cogí la maleta, metí dentro como pude todas mis cosas y me fui al aeropuerto. En el camino, me contaron que había sido una bomba, que Santi, mi primo, y dos secretarias habían resultado heridos. Cogí el primer vuelo que salía de Estocolmo, me daba igual el destino. Volé a Amsterdam, Barcelona, Bilbao...

- ¿El viaje sería angustioso?

-Estuve fatal todo el camino. Pensaba: «Me están explicando esto, pero es que igual es más...». Temía que no me estuvieran diciendo toda la verdad. Llegamos a las cuatro de la madrugada a Donostia y fui al hospital directamente para ver a Santi. Estaba consciente. Le habían estabilizado.

- ¿Qué le dijo cuándo le vio?

-Nada más entrar, le pregunté: «¿Santi, qué tal estás?». Me dijo una sola frase: «José Mari, tú no te preocupes, yo estoy bien ahora. Ocúpate de tu familia. ¡Me dio un vuelco el corazón...! (Mientras lo relata, se le hace un nudo en la garganta. Todavía hoy, a José Mari se le llenan los ojos de lágrimas).

«Aquella bomba era para mí. De alguna manera, todavía me sigo culpabilizando»

- ¿Cuántas veces ha pensado desde entonces que aquel era su coche, que aquella bomba...?

-Iba dirigida a mí. Era mi coche. Lo había dejado en el párking de Adegi porque me iba a Estocolmo tres días y le dije a Santi, que si podía, que me lo llevara al garaje para hacer la revisión. De alguna manera, me he culpabilizado durante muchísimo tiempo y lo sigo haciendo todavía. Porque es que no se puede olvidar, porque el hombre no tenía nada que ver. Bueno..., ni yo tampoco, pero... Era para mí aquella bomba...

- ¿Cómo se logra superar esto?

-Lo seguimos llevando mal. Está ahí. Nunca te olvidas. Santi vive cerca de nuestra casa, al lado, nos vemos mucho, suele venir mucho a comer a casa o nosotros a la suya. Tenemos una relación muy cercana porque somos como hermanos, hemos vivido juntos de pequeños. Es una persona que se ha dedicado siempre a cuidar a los demás. A Santi le dices: ¡jo, tengo un poco de frío! y en un segundo se quita su jersey y te lo da. Iba a decir, este mismo jersey que llevo es suyo, pero no, es otro que está en casa. Me lo dejó hace unos días.

- ¿También se sintió solo como aseguran muchos empresarios?

-Solo, en la vida misma. Podías hablar de esto con poquísima gente.

- ¿En su casa sabían lo que estaba viviendo usted?

- Mi mujer se acercaba y me decía: «¿José Mari qué tal estás?». Y ahí se quedaba el asunto.

- ¿Nunca le contó nada?

-Alguna vez, pero muy poco. No he querido, sobre todo porque los hijos eran pequeños.

- ¿Ha pasado miedo alguna vez?

-Con miedo no se puede vivir. No soy nada valiente, pero no he tenido miedo, sí impotencia, indefensión, soledad... Lo que siempre me ha molestado ha sido la falta de sensibilidad de la sociedad. «¿Dónde estaban las instituciones?», pensaba en muchos momentos, sobre todo, los primeros años. Estaba todo el mundo desaparecido...

- ¿A quienes apoyaban el 'impuesto', las amenazas y los asesinatos, qué les diría?

-Que es hora de que apoyen un recorrido de paz, no de guerra.

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