Salto al vacío

Los enormes errores del sistema político español al afrontar el reto del independentismo catalán provocarán un elevado coste, pero difícilmente llevarán a la independencia

ALBERTO LÓPEZ BASAGUREN

El movimiento por la independencia de Cataluña tiene un importante respaldo social, relevante en lo cuantitativo pero, aun más, en lo cualitativo: parte importante de la sociedad catalana visible e influyente lo respalda y solo unos pocos de quienes no lo hacen se han manifestado públicamente de forma clara. Es lo que le ha procurado el gran impacto que ha logrado en la sociedad catalana y fuera de ella. La importancia de este logro, sin embargo, no puede ocultar sus límites.

Una travesía como la que los independentistas pretenden, en la que son de esperar grandes turbulencias y peligrosos escollos, necesita mayorías muy sólidas para poder tener una mínima posibilidad de éxito; y una gran disposición al sacrificio por parte de la sociedad. Hasta ahora, las elecciones de 2010 y 2012, la 'consulta' o 'proceso participativo' del 9 N (2014) y las elecciones 'plebiscitarias' de 2015 han puesto de relieve que no existe una mayoría favorable a la independencia: el apoyo bascula, en términos absolutos, entre 1.700.000-1.900.000, en números redondos. El aumento de la participación le lleva a incrementar los apoyos, hasta ese límite máximo, pero se mantiene inalterable porcentualmente, por debajo, ligeramente, del 48%. Hasta hoy ha mostrado estar estancado; y la sociedad catalana está ya muy decantada.

Ciertamente, son muchos apoyos; una magnitud inimaginable hace pocos años. Pero, por frustrante que sea para los independentistas, que han recorrido un dificilísimo camino político, es, hoy por hoy, insuficiente. Especialmente, para el salto al vacío al que se ha lanzado el Gobierno de Puigdemont. Porque ya no pretenden una negociación sobre la posibilidad de independencia; esa para la que el Tribunal Supremo de Canadá consideraba necesaria una «mayoría clara en sentido cualitativo» y que, aún así, consideraba especialmente complicada y de incierto resultado; nada que ver con ese automatismo simplista que se transmite desde el independentismo, a pesar de que todas sus sucesivas previsiones sobre el momento de alcanzar la meta se hayan caído por tierra, una tras otra. El Gobierno de la Generalitat pretende declarar unilateralmente la independencia. Algo que, con más apoyos relativos, no se atrevieron a hacer ni el independentismo quebequés ni el escocés. Justificar la legitimidad de una declaración unilateral de independencia en la imposibilidad de realizar un referéndum legal es una base extremadamente precaria para un salto de esa naturaleza; tanto ante la propia sociedad catalana como ante la comunidad internacional. Lejos de lo que Joseba Egibar sostiene, conceder la independencia a Cataluña no resolvería el problema; solo serviría para satisfacer a quienes pretenden la independencia, aun no logrando la mayoría. Algo posible en tiempos en que el juego político estaba restringido a las élites, pero indigerible en tiempos de democracias de soberanía popular, por muy degrada que esta esté. Si la aceptación de la independencia no es inexorable ni aunque haya una mayoría clara que la respalde, ¿cómo va a aceptarse si ni tan siquiera la apoya la mayoría?

El referéndum no es un elemento indispensable del estándar democrático europeo, como ha reiterado la Comisión de Venecia -Comisión por la democracia a través del Derecho (sic)-, del Consejo de Europa y como demuestra la mayor parte de los sistemas constitucionales democráticos. La negativa parlamentaria española a aceptar un referéndum sobre la independencia podrá poner en algunos aprietos al Gobierno español en el ámbito europeo -sobre todo, ante algunos medios de comunicación-; pero nada que el Estado no pueda gestionar, a corto y medio plazo, con soltura suficiente, aunque al precio de dejar algunos jirones en el camino. Los independentistas viven en una ilusión si creen que eso les abrirá la puerta al reconocimiento por parte de la sociedad internacional. No hay más que contemplar el caso de Kosovo y el calvario que tuvo que recorrer antes de lograrlo. Desconectarse no es tan simple como cree -o pretende hacer creer- el independentismo catalán; que se lo pregunten a Theresa May en su gestión del proceso de negociación para la retirada de la UE, a pesar de la fortaleza económica, política y militar del Reino Unido, de su condición de Estado y de que 'solo' pretende retirarse de una organización internacional.

Los tiempos han cambiado drásticamente, pero las pretensiones del movimiento independentista catalán hacen resonar el eco de las voces de dos testigos de primera línea de los acontecimiento de octubre de 1934. El lamento de Amadeu Hurtado (Abans del sis d'octubre) sobre el tipo de político agitador que produce Cataluña y el hecho de que su historia siempre descarrile de la misma forma, indiferente al hecho de disponer de una importante autonomía. Y el diagnóstico de Agustí Calvet, Gaziel (Tot s'ha perdut) sobre la actitud del independentista, que, no sintiéndose capaz de hacer el esfuerzo de influir en España, sueña con el gigantesco propósito de escapar totalmente a su influencia formidable, destruyendo lo conseguido y dejando a Cataluña desolada e inerme, sin ninguna compensación. Los enormes errores del sistema político español al afrontar el reto del independentismo catalán provocarán un elevado coste, que todos pagaremos; pero difícilmente llevarán a la independencia de Cataluña.  

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