LA RULETA RUSA

Alberto Surio
ALBERTO SURIO

El desastre se va a consumar si, antes del sábado, nadie lo evita en el último minuto y la fuerza de las inercias se apodera de todo. La última línea de la carta de respuesta de ayer de Carles Puigdemont ofrecía una aparente percha de salida al aclarar que el Parlament no había votado la declaración de independencia. Era un leve resquicio, pero respondía al requerimiento de Rajoy y permitía emplazar al Govern catalán a volver a la ley. El Gobierno lo ha considerado insuficiente, y quizá podría haber meditado más su rápida reacción. Pero el problema en esta respuesta de Puigdemont era su tono de ultimátum. Y que la Generalitat sigue embarcada en una 'legalidad' paralela que ha derogado el orden estatutario y constitucional en Cataluña. El independentismo tiende su mano al diálogo más como una operación de imagen ante Europa que como una búsqueda de un nuevo acuerdo. De hecho, su oferta de diálogo pasa solo por negociar las condiciones de un referéndum de autodeterminación o por discutir la logística de la independencia. En estos términos, Puigdemont ha tensado la cuerda al extremo y el Gobierno se ha cansado de su estrategia, aunque también se la juega con el 155. El choque se antoja inevitable y podría desembocar en un adelanto electoral en Cataluña para medir fuerzas. Una ruleta rusa de imprevisibles consecuencias.

A su vez, Aznar ha advertido que el secesionismo ha considerado una «debilidad» del Gobierno su «prudencia». Aviso para Rajoy, que se ha resistido hasta el final. Nadie sabe realmente los efectos del 155, aunque se da por supuesto que activará la DUI, una espiral de independentismo de papel que traerá más fugas de empresas y una cascada de declaraciones internacionales de no reconocimiento a la nueva república. Al meterse en el jardín del 155, el Gobierno del PP arrastra al PSOE, que asume también un coste, porque esta crisis revela sus contradicciones. Por mucho que se quiera activar un 155 'blando', el artículo se ha convertido ya en un fetiche simbólico y marca un cambio de rasante.

En este ambiente -con el rumor de una ola gigantesca de pesimismo- los independentistas y el Estado constitucional cultivan sus dos lógicas en paralelo, sin luces de salida. El secesionismo ha optado por una ruptura suicida que no va a salir gratis, obvia la relación real de fuerzas y pisa el acelerador. Las palabras se han convertido en un fuego devorador del bosque de las razones. La palabra empatía ha quedado desterrada. Muy triste.

Al fin y al cabo, hay precedentes en la historia de cómo se gestan emocionalmente estas crisis, cómo se buscan chivos expiatorios, se crean héroes y se construyen villanos. Esta 'insurrección' no surge entre los desheredados revolucionarios, sino entre clases medias acomodadas que no se van a topar con los tanques del Ejército por la Diagonal de Barcelona. La verdadera batalla del Ebro se libra esta vez en el goteo de empresas que deciden abandonar sus sedes sociales en Cataluña. ¿Preocupante? Pues claro. En Cataluña y España la gente sí tiene mucho que perder. En la economía y en la convivencia. Para quienes se resisten a esa caricatura en blanco y negro de identidades enfrentadas, sencillamente no hay derecho a que tengamos que volver a los peores fantasmas de nuestra historia.

Fotos

Vídeos