El punto de inflexión que puso contra las cuerdas a la izquierda abertzale

Olano, Aoiz, Landa y Elkoro, en la primera rueda de prensa de HB tras el asesinato de Blanco. /
Olano, Aoiz, Landa y Elkoro, en la primera rueda de prensa de HB tras el asesinato de Blanco.

HB se recuperó en Lizarra. «Las consecuencias del conflicto estaban llegando a su límite», constatan fuentes independentistas

JORGE SAINZ SAN SEBASTIÁN.

El secuestro y posterior asesinato de Miguel Ángel Blanco supuso también un punto de inflexión para la izquierda abertzale, entonces agrupada bajo la histórica sigla de HB. Así lo recuerdan voces autorizadas de los independentistas, que vivieron en primera persona aquel trágico fin de semana. «Nada fue igual desde aquel día», señalan las fuentes consultadas de este sector. La brutalidad del crimen provocó una ola social de indignación en toda Euskadi que derivó en una situación inusual hasta entonces, con concentraciones y algún ataque puntual a sedes de HB en los días posteriores al asesinato por no condenar el salto cualitativo que acababa de cometer ETA. «Supuso el culmen de una situación de confrontación muy grande y de conflicto máxima», recuerdan veinte años después medios autorizados de la izquierda abertzale. Eran los años de los secuestros del empresario Cosme Delclaux y del funcionario de prisiones José Antonio Ortega Lara, liberados apenas diez antes del secuestro de Blanco. En el caso de Ortega Lara, la Guardia Civil asestó un duro golpe a la banda y el asesinato del edil de Ermua se interpretó como una «respuesta desesperada» de ETA.

La primera reacción en el seno de la izquierda independentista tras el asesinato de Blanco fue de «cierre de filas» ante la cascada de concentraciones y duras críticas en su contra, recuerdan desde la antigua HB. También hubo algunas disensiones internas y contados sectores que empezaron a cuestionar la violencia, pero la entonces mesa nacional de Herri Batasuna logró mantener la cohesión, que escenificó dos semanas después con una manifestación en Donostia que reunió a 18.000 personas. La respuesta a la fuerte contestación que suscitó el asesinato del concejal del PP, con un primer aislamiento de HB en las instituciones vascas, llevó a la izquierda abertzale antes a un cierre de filas que al debate sobre el final de la lucha armada que se le exigía, y que no cristalizaría hasta el cese definitivo de ETA en 2011.

«Imponer la Transición»

El mundo de la antigua Batasuna constata que el asesinato de Blanco provocó una reflexión, porque «el grado de consecuencias del conflicto estaba llegando a su límite y había que encontrar salidas». El cambio de estrategia a partir de julio de 1997 hizo que la izquierda abertzale empezara a buscar soluciones de la mano de la otra gran familia del nacionalismo vasco, el PNV. La izquierda independentista sostiene dos décadas después que la comprensible indignación social por aquel terrible asesinato fue «utilizada» por el Gobierno de José María Aznar y Jaime Mayor Oreja para «intentar volver a asentar en Euskadi el proyecto de Estado que trataron de imponer en la Transición». Pese a la crisis por la muerte del edil de Ermua, se mantenían los contactos entre la mesa nacional de HB y la dirección peneuvista encabezada por Xabier Arzalluz. El hilo se rompió tras el encarcelamiento en diciembre de 1997 de la cúpula de la coalición abertzale, entre la que estaban su portavoz, Floren Aoiz, o Rufi Etxeberria, entre otros, a raíz de la difusión en sus espacios electorales de un vídeo de ETA.

Fue entonces cuando un entonces desconocido Arnaldo Otegi se puso al frente de Batasuna junto a Joseba Permach. Era ya el año 1998 y comenzaba a cocinarse el Pacto de Lizarra. Apenas un año y dos meses después de verse aislada políticamente y acorralada socialmente, la izquierda abertzale, ya con Otegi al frente, lograba oxígeno político con el proceso de Estella y unos grandes resultados electorales. Aquella tregua de ETA acabó fracasando.

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