El procés se marchita en el feudo del líder de ERC

Pancarta a favor de la «libertad de los presos políticos» en el Ayuntamiento./MARTIN BENET
Pancarta a favor de la «libertad de los presos políticos» en el Ayuntamiento. / MARTIN BENET

Los vecinos de Sant Vicenç dels Horts asumen con resignación la decisión del juez de mantener a su exalcalde en prisión

ANDER AZPIROZBARCELONA.

Sant Vicenç dels Horts es una localidad de 28.000 habitantes situada a 15 kilómetros de Barcelona. También un símbolo del independentismo. Si Girona o su vecina Sant Julià de Ramis son los feudos de Carles Puigdemont, Sant Vicenç dels Horts es el de Oriol Junqueras, que ejerció como alcalde de la localidad entre 2011 y 2015. Solo cuando se hizo cargo de la Vicepresidencia de la Generalitat, el líder de Esquerra renunció al bastón de mando de la localidad donde tiene su residencia.

Ayer reinaba el silencio en la localidad tras conocerse la decisión del juez Pablo Llarena de mantener en prisión a Junqueras, aunque tampoco es que cundiese entre los vecinos el optimismo por que el veredicto fuera distinto. Muchos de los habitantes de Sant Vicenç dels Horts no solo están convencidos de que su exvicepresidente es inocente de cualquier delito, sino que además desconfían por completo de una justicia española que, consideran, ha emprendido «una persecución política» contra el independentismo. «No es justo meter a alguien en prisión por sus ideas y por poner urnas», lamentaba la recepcionista de una academia en la que se imparten clases de catalán.

La clave, la economía

Pero hasta en los feudos más independentistas se percibe el hastío causado por un procés que durante meses levantó unas pasiones que después fueron truncadas de un plumazo por el artículo 155, el cese del Govern y la encarcelación o huida de sus miembros y la convocatoria de elecciones. No solo los dirigentes de Esquerra o el PDeCAT han renunciado a la unilateralidad en las últimas semanas, los secesionistas de a pie también confiesan su impotencia ante el poder mostrado por el Gobierno central. También del financiero. «La economía es lo que manda en este mundo, y en Cataluña ha hablado alto y claro», señala un vecino a propósito de la fuga de casi tres millares de empresas. Partidario de la república, admite que ahora en las elecciones solo queda salvar lo que se pueda. También que votará a Junqueras, «al que mantener en prisión no hace más que empeorar las cosas y fracturar más a una sociedad ya de por sí muy dividida».

La resignación no se detecta tan solo en las palabras, se respira también en el ambiente. Sí, las esteladas aún ondean en muchos balcones. Pero la perdida de color es evidente en la mayoría de ellas, un signo de que el interés y la atención para evidenciar el independentismo han caído en picado. Si las banderas están viejas, los carteles que recuerdan a los 'Jordis' o a los miembros del Govern están en muchos casos desgarrados. Aún así, en algunos de ellos aún se puede leer un «qué largo se nos está haciendo el fascismo» o «el estado catalán es perfectamente viable». En el edificio del bar restaurante Ateneu hay dos mástiles. En una cuelga la senyera, y el otro está vacío.

El mayor signo de apoyo a los dirigentes secesionistas encausados se encuentra en la fachada del Ayuntamiento que dirige la sucesora de Junqueras, Maite Aymerich. En uno de los balcones se ha colocado una pancarta en la que se lee «Libertat presos políticos». Precisamente, fue en la plaza del Ayuntamiento donde ayer el secesionismo trató de dar muestra de ser un sentimiento mayoritario que cada día menos le reconocen. Fue a raíz de una concentración convocada para pedir la libertad de los dirigentes soberanistas que aún permanecen en prisión. El griterío casi se pudo escuchar en la casa de Junqueras, un amplio edificio remodelado cerrado a cal y canto que se levanta junto a varios palacetes que aún evidencian su solera pasada, pero que hoy yacen abandonados.

Pese a la exhibición de fuerza de ayer, el independentismo ya no es dueño de Sant Vicenç dels Horts. Lo demuestran las pintadas en algunos lugares del pueblo. Como las que en la sede de Junts per Sant Vicenç, las siglas bajo las que ganó Junqueras las municipales, apoyan la aplicación del 155. Las varias que había se han ido borrando poco a poco, como el «asesino» que alguien plasmó sobre un panel en recuerdo de Lluís Companys. Pero, pese al terreno perdido, Esquerra no se da por vencida. Será en este municipio donde los republicanos cierren su campaña el día 19. La encargada de hacerlo será la número dos del partido Marta Rovira. Tal y como ha decidido el juez Llarena, Junqueras deberá pedir el voto a sus vecinos desde la prisión de Estremera.

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