PNV-EH BILDU: EL PULSO BAJO EL 1-0

La izquierda abertzale contempla Cataluña como una especie de 'independencia subrogada' capaz de derruir el edificio del 78 y el relato histórico de los jeltzales

Lourdes Pérez
LOURDES PÉREZ

La convocatoria del referéndum ilegal de hoy se ha convertido en una suerte de gran vientre político en el que se gestan aspiraciones y se calientan descontentos que van más allá de la reivindicación de la independencia de Cataluña. El secesionismo que este 1-0 consuma su sostenido desafío contra el Estado constitucional y el marco estatutario se ha transformado en la catapulta con la que pretenden proyectarse tanto los que sueñan con que la crisis catalana logre lo que no fue posible tras dos elecciones generales en apenas seis meses –cobrarse la presidencia de Mariano Rajoy-, como aquellos otros que persiguen ese mismo objetivo yendo mucho más lejos: enterrando lo que denuestan como ‘el régimen del 78’. Se trata de una bandera –la de subvertir la España alumbrada en la Transición- que engarza en Madrid y también en Cataluña los intereses de dos formaciones que pugnan en Euskadi por un electorado fronterizo: Podemos y EH Bildu.

Lastrada en sus opciones de influencia y pacto en las instituciones vascas por la insidiosa sombra de décadas de connivencia con ETA, la izquierda abertzale lleva meses jugándose buena parte de su crédito político en su apuesta en el tablero catalán. Ante la evidencia de que la sociedad vasca prefiere en estos momentos disfrutar de la vida antes que recrear los tiempos del cólera y dado que el PNV mantiene embridados entre sus bases los ánimos más levantiscos, Cataluña se ha alzado no solo como una especie de ‘independencia subrogada’ para Arnaldo Otegi y los suyos. También como la inesperada ventana de oportunidad para tratar de alcanzar lo que la Euskadi insurrecta no consiguió en su pulso político-militar con el Estado: la demolición del edificio constitucional levantado tras la muerte de Franco.

El alineamiento de la dirección del PNV con el Govern en la escalada de tensión de un septiembre enfebrecido y la defensa conjunta de los jeltzales y EH Bildu del derecho a decidir –cuya última expresión ha sido la masiva manifestación de Gure Esku Dago en las horas decisivas hacia este 1 de octubre- han constatado la diferente longitud de onda en que se encuentran unos y otros ante el desafío catalán. Incómodos los peneuvistas en un traje que les tira de sisa –o que no encaja con las hechuras gobernantes del lehendakari Urkullu- y feliz la coalición abertzale en medio de la agitación, aunque sus protagonistas principales sean esta vez otros. Cosa distinta es qué vaya a ocurrir a partir de hoy, sobre lo que –por otra parte- nadie sabe tampoco nada. El partido de Andoni Ortuzar ha procurado blindarse en todo este tiempo por la doble vía de desear que al soberanismo catalán le saliera bien su camino hacia lo desconocido, significara eso lo que significara, mientras él seguía inapelable su propia estrategia, incluyendo un pacto presupuestario con el PP que permite en la práctica a Rajoy prolongar la legislatura hasta un momento decoroso por la vía de ir prorrogando las Cuentas ya aprobadas. El pulso extremo entre la Generalitat y el Estado por el 1-0 ha forzado a los jeltzales a cambiar el pie, avalando al independentismo aun a costa de volver a compartir imagen pública con EH Bildu. Y esperando a que escampe.

La lectura más obvia del contexto apunta a una exacerbación de las tensiones entre el poder estatal en manos del PP y el nacionalismo institucional vasco. Una profunda disonancia sobre el modelo territorial que resquebraja la sintonía tan trabajosamente recobrada entre el Ejecutivo de Rajoy y la bicefalia jeltzale que encarnan hoy Urkullu y Ortuzar; las próximas semanas permitirán comprobar si las grietas pueden cubrirse o si son irremediables. Pero lo que se está dirimiendo en Cataluña deja sobre el tapete, de nuevo y al margen de sus manifestaciones compartidas, el duelo histórico que libran el PNV y la izquierda abertzale sobre la construcción de Euskadi. El objetivo de Sabin Etxea continúa siendo alumbrar una ‘segunda Transición’ en la que sea posible ensanchar el autogobierno a través de un pacto que no reviente la cohesión vasca y cuadre en el andamiaje constitucional; una ‘segunda Transición’ en la que los jeltzales gocen de un papel protagónico e insoslayable, en la que conserven su poder y su ventajosa capacidad de influencia. Entretanto, la otra gran familia del abertzalismo atisba en Cataluña la ocasión de derruir el edificio del 78. Atisba, en definitiva, el ‘momentum’ en el que poder ganar lo que no ha sido posible hasta ahora en la liza electoral. Ganar el relato de estas cuatro décadas a los peneuvistas, a los que identifica como cómplices en el sostenimiento de ese ‘régimen’ cuyo candado pretenden romper también Pablo Iglesias y los suyos cobijándose en el referéndum catalán.

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