Rajoy es Rajoy

El presidente del gobierno Mariano Rajoy, durante su comparecencia ante los medios de comunicación este mediodía en el Palacio de la Moncloa. / Chema Rubio (Efe)

El expresidente del Gobierno podrá retomar, tras 37 años en política, la vida regular y apacible que parecía añorar tras decir adiós a la presidencia del Partido Popular

CARLOS BENITO

Retratar a Mariano Rajoy en unos cuantos párrafos siempre ha planteado una dificultad de partida: nunca queda del todo claro si eso que vemos es el verdadero Rajoy o, más bien, una máscara que exagera unos cuantos rasgos para ocultar otros, los importantes, los que permitirían acceder a su auténtica personalidad. A Rajoy lo conocemos desde hace un montón de tiempo -ha sido ministro desde 1996 y presidente desde 2011- pero, a la vez, tenemos la impresión de no conocerlo en absoluto, porque nos resistimos a aceptar que su personaje público casi caricaturesco sea todo lo que hay. Hablamos, al fin y al cabo, del gran superviviente de la política española, de un hombre de 63 años que ha sabido salir adelante mientras todos los demás caían, de un estudiante de primera que prosperó en el partido como eficiente apagafuegos. Pero, al repasar la hemeroteca, nos topamos una y otra vez con el Rajoy de tebeo, el de la frase desconcertante y el gesto incómodo, como de querer estar en cualquier otro sitio menos donde le ha puesto la vida.

Ya en 1989, cuando José María Aznar se lo llevó por sorpresa a Madrid, a Rajoy lo calificaban de 'escurridizo'. Nadie sabía a qué atenerse con aquel joven que no lo parecía. El fichaje gallego era indudablemente muy conservador, un señor de antes, con su clasicismo estético de línea dura, su entorno social de aire decimonónico e incluso esa barba que camuflaba las cicatrices de un grave accidente de tráfico, pero a la vez mostraba un talante muy alejado del autoritarismo desdeñoso y tirando a chulesco que caracterizaba a Manuel Fraga o al propio Aznar. Aunque la ambición se le suponía, ya arrastraba cierto desencanto por la política: a aquellas alturas, antes de cumplir los 35, ya había sido diputado autonómico, director general en la Xunta, presidente de la Diputación de Pontevedra y vicepresidente de Galicia, tras lo que había decidido retirarse a su destino como registrador de la propiedad, en la localidad alicantina de Santa Pola.

Seguramente, ningún experto en imagen y relaciones públicas habría apostado por él, tan anticuado y anodino, pero, como esos personajes de película que superan mil muertes seguras, Rajoy se perpetuó mientras otros sucumbían. Nadie puede decir que se lo pusieran fácil, porque le fueron cargando con las encomiendas más peliagudas: desde los delicados acuerdos con los nacionalistas en el primer gobierno de Aznar, hasta la gestión del desastre del 'Prestige' (con aquel diagnóstico de la situación que le valió el sobrenombre de 'Señor de los Hilillos'), pasando por defender la participación española en la guerra de Irak. Rajoy, el opositor portentoso que había sacado plaza con 23 años, también fue aprobando todos estos exámenes, firme e impasible como un carro de combate: pasó por cinco ministerios (un récord) y desbancó a delfines como Rodrigo Rato o Jaime Mayor Oreja hasta convertirse en el sucesor designado por Aznar.

Y, sin embargo, a menudo parecía añorar la vida provinciana y su plácida repetición de rutinas, como si su carrera política fuese un deber ingrato que le apartaba de su verdadera vocación de prohombre periférico: las caminatas, los buenos puros, los partidos del Real Madrid por la tele y alguna tertulia educada, cordial pero sin confianzas excesivas. Cuando Aznar le convocó a su despacho para notificarle su recién estrenada condición de heredero político, el entonces vicepresidente se adelantó a sus palabras. «Presidente -le saludó-, prefiero que no me digas lo que intuyo que me vas a decir». Unos años antes, cuando le preguntaron qué sentía al estar en el Gobierno, tampoco había mostrado un entusiasmo excesivo «No es gran cosa».

Humor y memes

Rajoy sobrevivió incluso a dos derrotas en elecciones generales. Aquel periodo al frente de la oposición le obligó a adoptar un nuevo aire, un poco más desenvuelto y más cercano, aunque tampoco se puede decir que la necesidad de 'venderse' le llevase a grandes metamorfosis. Los que han tratado con él en las distancias cortas suelen elogiar su sentido del humor, esa retranca que utiliza como amortiguador en las relaciones sociales, pero se trata de una virtud difícil de trasladar a los ciudadanos. En cambio, lo que sí llegaba a la gente era su tendencia a la tautología y la afirmación extravagante, una variante muy personal del sentido común que le ha convertido en protagonista de incontables memes de internet. Hay recopilaciones de decenas de frases suyas: «España es un gran país y tiene españoles», «lo serio es ser serio», «Valencia siempre fue Valencia», «los catalanes hacen cosas»... En su trayectoria abundan también los diálogos de indeseada comicidad. Cuando sufrió un accidente de helicóptero y le preguntaron cómo había reaccionado al ver que aquello se desplomaba, contestó: «He tratado de sentarme lo mejor posible».

Su llegada al Gobierno se produjo en un momento complicado, con el país hundido en la crisis. Ha repetido en cientos de ocasiones su mantra de que España está mejor que cuando él tomó las riendas. Incluso minutos antes de presentar su renuncia a la presidencia del PP y decir adiós a 37 años en la formación. «Es lo mejor para el PP, para mí y para España», dijo rodeado de sus más estrechos colaboradores en el partido, como María Dolores de Cospedal o Fernando Martínez Maillo.

Pero, a lo largo de estos siete años, mientras se agravaban frentes como el 'procés' o la corrupción en su partido, a Rajoy se le ha visto a menudo incómodo y exasperado, lejos de su compostura de tipo paciente y de fondo irónico: su discreción dejó paso al ensimismamiento de las teles de plasma y su proverbial dominio de los tiempos le valió críticas por inacción (el famoso «no tomar una decisión es tomarla»). Ahora, una vez que ha tomado la decisión de marcharse de la política, tras este sobresalto de 37 años, retomará la vida regular y apacible que tanto parecía añorar. Un personaje esquivo que tantas veces se ha definido como «un hombre normal» y tantas otras ha resultado chocante. Quizá la única salida para retratarlo en palabras sea recurrir a su propia escuela filosófica y concluir, simplemente, que Rajoy es Rajoy.

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