Pardines, anatomía del crimen fundacional de ETA

Hoy 7 de junio se cumplen 50 años del asesinato de un joven guardia civil en un control de tráfico en Aduna. Un libro coordinado por Gaizka Fernández Soldevilla y Florencio Domínguez reflexiona sobre cómo y por qué ETA comenzó a matar

Moto de Pardines caída en el lugar del asesinato en la carretera de Aduna, junto a la yesería Izagirre. /
Moto de Pardines caída en el lugar del asesinato en la carretera de Aduna, junto a la yesería Izagirre.
A. González Egaña
A. GONZÁLEZ EGAÑA

Cincuenta años atrás, el viernes 7 de junio de 1968, a las 5.30 de la tarde, dos guardias civiles regulaban el tráfico en una zona en obras de la carretera N-I en la comarca guipuzcoana de Tolosaldea. Uno de los agentes, José Antonio Pardines Arcay, arrancó, de repente, su motocicleta y salió tras un vehículo Seat 850, al que hizo señas para que se detuviera a la altura del kilómetro 446,5, en Aduna, junto a la yesería de nombre Izagirre. La matrícula y el modelo del coche habían levantado las sospechas del agente. En el interior de un coche robado viajaban los miembros de ETA Txabi Etxebarrieta e Iñaki Sarasketa. El guardia civil les pidió el permiso de circulación, al comprobar la documentación expresó en voz alta su extrañeza porque no coincidía con el número de bastidor. Esas fueron sus últimas palabras.

Un testigo presencial, el camionero navarro Fermín Garcés, escuchó dos ruidos y creyó que se le había reventado una de las ruedas, pero enseguida vio cómo el agente cayó al suelo y que otra persona le disparaba dos tiros mientras yacía boca arriba. Garcés intentó retener a uno de los etarras agarrándole por la pechera, pero retrocedió cuando Txabi Etxebarrieta esgrimió su pistola. El propio Sarasketa relató en 1978 que ellos sabían que la documentación no iba a coincidir y que Etxebarrieta «sacó entonces un Astra del nueve largo que había hecho la guerra en Argelia y le disparó un tiro en los omóplatos y cuatro más en el pecho».

El camionero se subió en el primer vehículo en la fila del control y pidió que siguieran a los terroristas en su huida. Avisaron al otro agente, Félix de Diego, e informaron después a la Guardia Civil de que se habían refugiado en Tolosa. Los dos etarras huyeron y se ocultaron en casa de un colaborador de la organización. Dos horas después salieron de nuevo en huida hasta que, en el punto conocido como Benta-Haundi, les paró una pareja de la Guardia Civil, con la que se produjo un tiroteo que costó la vida a Etxebarrieta. Sarasketa fue detenido a la mañana siguiente en la iglesia de Errezil. Fue condenado a muerte -se le conmutó la pena por cadena perpetua-, pero, con la amnistía de 1977, salió en libertad. Etxebarrieta pasó de ser verdugo a 'héroe'.

José Antonio Pardines era un joven gallego de 25 años, nacido en Malpica de Bergantiños, en La Coruña, el 1 de junio de 1943. Su asesinato en el corazón de Gipuzkoa, sobre el frío asfalto de una carretera de Aduna, acababa de estrenar, sin que nadie lo pudiera imaginar, la negra lista de 3.500 atentados de ETA con 845 víctimas mortales, 2.533 heridos, 15.649 amenazados y un número desconocido de exiliados forzosos, extorsionados y damnificados económicamente. Cinco décadas después, el agente asesinado es el protagonista de 'Pardines. Cuando ETA empezó a matar', un trabajo de investigación coordinado por Florencio Domínguez Iribarren y Gaizka Fernández Soldevilla, el director y el responsable del área de Archivo, Investigación y Documentación, respectivamente, del Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo, que trata de ser «un intento valioso de descifrar con datos y reflexión pormenorizada y serena cómo, en qué circunstancias y por qué empezó aquel capítulo atroz del terrorismo de ETA», cita en el prólogo de esta obra el escritor Fernando Aranburu.

La familia Pardines Arcay reivindica su deseo de mantenerse en silencio. «Hace 50 años. En el olvido ha seguido. Y va a ser mejor así», afirmaba, en conversación con este periódico, Manuel Pardines, el único hermano vivo del guardia civil asesinado que elige conservar el recuerdo en su más estricta intimidad.

Una pequeña biografía

Pese a ser el primer asesinato cometido por ETA, «pocos recuerdan hoy quién fue José Antonio Pardines», reflexiona el libro. Su memoria y homenaje es precisamente el eje central del trabajo que, además de Domínguez y Fernández Soldevilla, firman los historiadores, politólogos, periodistas y juristas Juan Avilés Farré, Jesús Casquete, Santiago de Pablo, Javier Gómez Calvo, Oscar Jaime Jiménez, María Jiménez, Roncesvalles Labiano, Raúl López Romo, Javier Marrodán, José Antonio Pérez Pérez y José María Ruiz Soroa. «El momento en el que Txabi Etxebarrieta eligió disparar a José Antonio Pardines y acabar con su vida, nació el mito del victimario y murió para la memoria el recuerdo de la víctima», resumen dos de los investigadores.

Vehículo SEAT 850 en el que viajaban los etarras, lugar del asesinato del guardia civil José Antonio Pardines Arcay y un retrato suyo

Hijo y nieto de guardias civiles, Pardines llevaba cinco años, un mes y trece días en el cuerpo. «Su primer destino fue en Asturias y estaba bien. Podía haberse quedado allí, pero le vino el empeño de ingresar en Tráfico. Por la moto nada más. Le encantaban… Igual que el fútbol… Y después ya en San Sebastián conoció a una chica y tenían pensado casarse…», relató su padre tres décadas después, según resumen los autores del libro.

El joven agente era uno de los más de 7.500 habitantes de Malpica de Bergantiños, localidad coruñesa dedicada mayoritariamente a las labores de la pesca y sus derivados. Las estrecheces económicas de los 60 le llevaron a entrar en la Guardia Civil. Su hermano Manuel, que llegó a ser alcalde en el municipio por el PP, lo explicaba en pocas palabras en 2008 en una entrevista que recupera el libro de Domínguez y Fernández Soldevilla. «Éramos tres hermanos, no había dinero para que estudiásemos todos. Como mi madre había muerto, estaba una tía con nosotros. Y nuestra tía tenía un hijo. Éramos cuatro chavales, José Antonio era el mayor, tenía que empezar a trabajar si quería que sus hermanos estudiasen. En aquellos tiempos no había demasiadas cosas. Y después él, como estudiante, no era muy bueno». Recordaba que un día sonó el teléfono y que su padre tuvo que marcharse a Donostia. «Aquello a mi padre le dejó tocado para siempre», rememoraba hace diez años.

El trabajo de investigación estudia también a los autores materiales del asesinato y al grupo al que pertenecían. ETA no disponía de información sobre lo ocurrido, pero «no tardó en editar» publicaciones y pasquines en los que se afirmaba que el etarra había actuado en defensa propia. Le calificaron como «primer mártir de la revolución». Un pasquín de aquellos tiempos recordaba que el etarra muerto «valía mucho más que todos los guardias civiles. Ellos nos lo han robado y pagarán por ello», avisaban. Etxebarrieta fue protagonista de multitud de homenajes. De hecho, «la imagen sonriente de aquel joven con flequillo y gafas graduadas forma parte del icono que se ha reproducido hasta la saciedad en cientos de pintadas y carteles», explica el libro.

La decisión de matar

El 7 de junio de 1968 se divide en dos la historia de ETA, aunque los acontecimientos de aquella jornada venían incubándose de algún modo desde meses atrás. «La banda había recibido las primeras pistolas, procedentes de Checoslovaquia. El 2 de junio en Ondarroa, ETA había tomado la decisión de matar a Melitón Manzanas y a José María Junquera, responsables de la Brigada de Investigación Social en San Sebastián y Bilbao», cuentan.

El libro reflexiona también sobre la sociedad en la que vivían la víctima y los victimarios, las consecuencias de aquel asesinato, la violencia en el entorno internacional o la respuesta dada por las instituciones a aquel terrorismo emergente. Según el director del Memorial, en este caso «el verdugo fue presentado como víctima ante la sociedad vasca, dándole un reconocimiento público indebido, mientras la víctima real quedaba oculta en las sombras de la historia, desplazada al ámbito del recuerdo familiar o poco más».

La diligencia del caso dedicó seis líneas a describir los daños sufridos por el vehículo y una escueta frase a las heridas de la víctima. En junio de 1968 era difícil que algún medio de comunicación previera la trascendencia de lo que acababa de ocurrir en Aduna. El asesinato ocupó poco espacio en la prensa del día siguiente. El lugar del asesinato es hoy «un lugar tan anodino e inhóspito como lo era entonces». Benta Haundi, en Tolosa, «donde resultó muerto su asesino Txabi Etxebarrieta», sí es, en cambio, un lugar «cargado de enorme simbolismo que ha sido durante décadas objeto de veneración por parte del mundo abertzale», recuerdan los historiadores Pérez Pérez y Gómez Calvo.

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