órdago a la grande

Lourdes Pérez
LOURDES PÉREZ

En una jornada para las hemerotecas -en realidad, en cinco horas de insólita bacanal política-, la mayoría secesionista del Parlament proclamó la independencia de Cataluña y el presidente Rajoy activó un 155 exprés asumiendo las funciones exclusivas del president Puigdemont, dando por disuelto el Parlamento catalán y convocando elecciones para el 21 de diciembre. El traumático desenlace en el hermoso hemiciclo que mecía hasta ahora el autogobierno de Cataluña era predecible. La fulgurante reacción de Rajoy, no. Nadie espera nunca del gallego impasible que dé la campanada. Pues lleva dos en un año y medio al límite: primero, plantó al Rey porque no quería jugarse la investidura que acabó ganando aunque no se sepa por cuánto tiempo; y ayer, con la Cataluña separatista rompiendo con la Cataluña que no lo es, con el conjunto de España y con la UE alérgica a los ‘exits’, Rajoy lanzó sin contemplaciones el 155 con una inesperada fecha de caducidad. El presidente del Gobierno optó por sacudir un tablero ya reventado, sabedor de que el Estado no está en condiciones de hacer encaje de bolillos en el campo de minas de una medida tan excepcional como la intervención de la autonomía en Cataluña y tratando de endosar con la cita electoral, a ojos de Europa, toda la responsabilidad de la dolorosa fractura al independentismo. Órdago contra órdago. Una apuesta de muy alto voltaje si el bloque soberanista -¿qué hará la alcaldesa Colau?- se decanta por el boicot.

Junts pel Sí y la CUP consumaron ayer, con casi medio Parlament vacío, en votación secreta y contra el dictamen de los servicios jurídicos, el viaje hacia una tierra de promisión en la que ya solo tienen cabida los más auténticos entre los auténticos. Se avecinan inhóspitos tiempos de trinchera, con la convivencia desgarrada entre la Cataluña que se siente eufóricamente independiente y la Cataluña que implora el final de la escapada. La pregunta es cuánto puede aguantar todo un país sometido a electroshock.

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