Grande-Marlaska, los interiores del juez ministro

El nuevo ministro entra, cartera en mano, en la Moncloa este pasado viernes./REUTERS
El nuevo ministro entra, cartera en mano, en la Moncloa este pasado viernes. / REUTERS

Gobierno Vasco y PNV, entre la expectación y el recelo ante el magistrado que estimuló la vía Nanclares | Sus citaciones contra la izquierda abertzale precipitaron la reunión en el Amara Plaza del PSE con Otegi y Etxeberria para evitar el bloqueo del proceso de paz de 2006

Lourdes Pérez
LOURDES PÉREZ

En Santoña, por cuyos juzgados han pasado algunos magistrados de campanillas, «don Fernando» era conocido en la cofradía y en alguna taberna en la que alternaba de tanto en tanto como «un chaval muy educado», que no se deleitaba con la buena mesa pero al que «entusiasmaban las patatas fritas» y que disfrutaba con los coches y la velocidad. Grande-Marlaska, un primerizo entonces de apenas 26 años, heredó un sumario tan escurridizo como el del ahorcamiento en la prisión de El Dueso de Rafael Escobedo, condenado por asesinar a los marqueses de Urquijo. Ahí empezó a curtirse uno de los primeros jueces vascos que tuvo que llevar escolta por la amenaza de ETA: había renunciado a ella porque no la soportaba en vísperas de que los terroristas mataran a José María Lidón y el atentado obligara a blindar a toda la Magistratura. El nuevo ministro de Interior, recibido de uñas por una izquierda abertzale a la que ha combatido y que le acusa de vendarse los ojos ante las denuncias de torturas, es un superviviente de la organización que le tenía en el punto de mira. De la organización cuyos crímenes ha encausado, cuyos tentáculos políticos intentó cercenar y para cuyos presos dejó escrito un camino hacia la reinserción, cuando siendo presidente de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional estimuló la vía Nanclares.

Un gay en un ministerio «muy duro». «Lo siento por él. Es una estupenda persona y muy trabajador, pero no ha demostrado dotes de organizador en el Consejo del Poder Judicial y si hay una organización como tal en el Estado es el Ministerio de Interior. Y va a tener que lidiar con el colmillo retorcido de la Policía y de la Guardia Civil». La objeción proviene de un magistrado que aprecia sinceramente a su colega bilbaíno, un homosexual amable y coqueto al que el presidente Sánchez ha situado al frente de un departamento que, junto a Defensa, carga con la imagen de la masculinidad de vieja usanza y mucha escuela. Existen versiones ambivalentes entre los jueces sobre su compañero erigido en ministro. Hay quien sostiene que en lo que compete a la Euskadi post-ETA «no hay mejor» titular para un área tan sensible. Quien le otorga «la confianza» de la profesionalidad y la amistad, siendo consciente de que una cosa es actuar en los juzgados y otra en la Moncloa. Quien le reconoce valía personal, pese a reprobarle que siguiera «la corriente de los intereses del Gobierno» del PP en la azarosa composición de los tribunales de la Audiencia encargados de la trama Gürtel. La corrupción que, paradójicamente, ha catapultado hacia el Gobierno a Pedro Sánchez y con él, a Grande-Marlaska.

«No es ni bueno ni malo, es una persona muy compleja. Se adaptará al terreno siempre y cuando se sienta querido», intermedia otro togado que conoce bien las intrigas en que se mueven los nombramientos judiciales en la vida cortesana de Madrid. Contubernios que no tienen nada que envidiar a los de la política. Para esta fuente, no existe un contraste entre la contundencia del nuevo ministro contra ETA y la mayor flexibilidad que se le atribuye a Margarita Robles, entre otras cosas porque el primero es un hombre «muy próximo» a la titular de Defensa. Fue Margarita Robles, hacedora y deshacedora de cargos al frente del sector progresista en el Consejo del Poder Judicial -en conjunción con su homólogo en el ala conservadora, en un ejercicio de bipartidismo con toga- quien contribuyó a propulsar la carrera de Grande-Marlaska en la Audiencia. El magistrado recaló luego en el CGPJ con el aval del PP.

«Se adaptará al terreno siempre y cuando se sienta querido», resume un colega

Firmó en la Audiencia el primer permiso en 17 años para el exetarra Valentín Lasarte

Una 'cumbre' forzada. 30 de mayo de 2006, ya de noche. Los colaboradores de Patxi López preavisan a los periodistas de que el líder del PSE va a anunciar en una entrevista radiofónica que su partido está dispuesto a reunirse con la hoy extinta Batasuna. Los socialistas vascos, perseguidos durante años por ETA, representan el puntal del proceso emprendido por el presidente José Luis Rodríguez Zapatero para el final de la banda. La noticia desata un terremoto político, que extiende su onda expansiva hasta que López y Rodolfo Ares -que se convertirán en lehendakari y consejero de Interior tres años después- se sientan frente a frente en el hotel Amara de San Sebastián, en una instantánea sin precedentes, con Arnaldo Otegi, Rufi Etxeberria y Olatz Dañobeitia. El detonante del encuentro, que se precipitó sobre la marcha para evitar que el proceso embarrancase, fue la citación firmada por Grande-Marlaska para que Otegi y otros siete miembros de la nueva mesa nacional de Batasuna prestaran declaración por presunta reiteración delictiva y amenazas terroristas. Resultó uno de los sobreentendidos más espinosos de aquella vía hacia el cese de la violencia: la izquierda abertzale había deducido de sus conversaciones con los socialistas que la justicia no iba a ser un «obstáculo» una vez decretada, en marzo de ese 2006, la tregua de ETA.

Los jeltzales, con Imaz al frente, protestaron ante el juez por imputar a Gorka Agirre

La extorsión y la crisis con el PNV. Grande-Marlaska se mantuvo inconmovible en su función al frente del Juzgado de Instrucción 5 de la Audiencia Nacional, en el que sustituyó a Baltasar Garzón durante su excedencia de un años en Estados Unidos. En la parte final de esa interinidad, que coincidió con el alto el fuego etarra, el magistrado bilbaíno no solo estrechó el cerco sobre la cúpula de Batasuna, sino que desmanteló la red de extorsión de ETA nucleada en torno a la frontera en Irun. El caso Faisán acabaría transformándose en el caso chivatazo, en alusión a la alerta que recibió la banda. Las sospechas salpicaron al entonces ministro de Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, que este pasado jueves -vueltas que dan la vida y la política- se dejó ver en la toma de posesión de su sucesor.

Grande-Marlaska en la operación de hace 12 años en Irun contra el impuesto revolucionario.
Grande-Marlaska en la operación de hace 12 años en Irun contra el impuesto revolucionario. / EFE

El impacto de aquella operación 'contaminó' también a las filas del PNV. Los jeltzales, con Josu Jon Imaz al frente, se congregaron ante los juzgados de Bilbao, donde se había trasladado Grande-Marlaska desde Irun, para protestar contra la imputación de Gorka Agirre, uno de sus dirigentes más queridos y 'antena' de los jeltzales con el MLNV, y contra la citación como testigo de Xabier Arzalluz. En aquellas fechas, el PSE confesaba privadamente su anhelo de que Garzón -la bestia negra del 'felipismo' por los GAL- regresara cuanto antes de su retiro estadounidense. «No sabemos cómo volverá. Pero de Marlaska sí sabemos que no va a ayudar», decían entonces quienes ven hoy cómo el juez bilbaíno se sienta en el Consejo de Ministras y Ministros de Sánchez. Garzón no vio delito en la 'cumbre' del Amara y archivó dos años más tarde, en 2008, la causa contra Agirre por mediar supuestamente entre empresarios extorsionados y ETA.

Su «colchón» sobre los presos. Grande-Marlaska sustituye a otro juez, Juan Ignacio Zoido, al frente de Interior. Pero a diferencia de su predecesor, él sí tiene un conocimiento preciso y muy personal de lo que ha significado ETA -que tenía planes para matarle en 2008 tras descubrir su refugio familiar en Ezcaray-; engrasó que las víctimas estuvieran al tanto de los procesos que les afectan en la Audiencia Nacional; y sabe hasta dónde se puede llegar en el manejo de la política de reinserción, que estimuló con los reclusos de la vía Nanclares de la mano del juez central de Vigilancia, su amigo José Luis de Castro. En un auto colegiado que encabezó como presidente de la Sala de lo Penal, Grande-Marlaska dejó sentadas las directrices según las cuales la justicia puede «reconocer el esfuerzo rehabilitador» del preso «cuando es sincero y expresivo de una transformación». Esa resolución de 2013, inédita, permitió conceder un primer permiso de tres días a Valentín Lasarte tras desmarcarse de ETA y asumir el daño causado. El miembro del comando Donosti había permanecido 17 años ininterrumpidos en la cárcel por asesinatos como el de Gregorio Ordóñez y Fernando Múgica. La doctrina de aquel auto, que se fue aplicando a otros internos de Nanclares, sigue siendo un «colchón» ante procesos de resocialización no solo para los jueces, sino también para Instituciones Penitenciarias. Un área -otro giro del destino- que pende ahora de Grande-Marlaska.

Todos a la espera. El Gobierno de Urkullu, que en su día entregó a Rajoy un plan -válido también para Sánchez- que prevé acercar a los presos de ETA a una distancia máxima de Euskadi de 250 kilómetros, define al nuevo ministro de Interior como «una incógnita». «Es que hay dos 'Marlaskas'», resumen con escepticismo en el PNV, aunque unos y otros confían de saque en que la relación sea mejor, más fluida y «estable», que con Zoido y con su director de Instituciones Penitenciarias, Ángel Yuste. Una cosa es el final de la dispersión -una decisión del Gobierno- y otra la reinserción individualizada de los reclusos etarras. Sobre ello, y en una conversación informal con este periódico hace unos meses, Grande-Marlaska situaba la pelota en el tejado de los internos y su voluntad de resocializarse por los cauces exigidos. Porque «mantener el 'statu quo' no tiene hoy coste alguno para el Estado».

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos