El mambo tendrá que esperar

El repliegue táctico de Puigdemont alienta el diálogo y complica la vía del artículo 155

Alberto Surio
ALBERTO SURIO

El president Puigdemont ha reculado en el último segundo y ha evitado, por ahora, lanzarse al vacío. Lo ha hecho con un mensaje contradictorio. Por un lado, ha exhibido una retórica de ruptura al asumir los resultados del referéndum de autodeterminación del 1-0 para declarar una nueva república; pero, a la vez, ha anunciado la suspensión durante «semanas» de los efectos de la independencia para buscar una negociación con el aval internacional. Una de cal y otra de arena. Pese a esta maniobra tan ambigua, el desmarque de la CUP constituye la aparente derrota del sector más radical, partidario de una solemne Declaración Unilateral de Independencia. El partido antisistema confiaba en que la obcecación personal del president y el capital emocional logrado tras los incidentes policiales del 1-O allanaban el camino hacia la confrontación. Este desencuentro augura un escenario complejo, aún muy confuso. Pero en el que será necesario el ejercicio de la política. Una salida de la CUP de la sala de máquinas del ‘procés’, sobre todo tras su abandono del Parlament, forzará un futuro cambio de aliado, quizá con los comunes de Ada Colau como relevo a medio plazo.

Sin embargo, el Gobierno rechaza el «chantaje» que, a su juicio, esconde la estrategia «tramposa» del president. El Ejecutivo de Rajoy tiene un problemático margen de maniobra para administrar con cintura esta situación. Sería de exigir la máxima frialdad e inteligencia en esta coyuntura, porque la oferta de Puigdemont le puede terminar por reforzar ante una parte de la opinión pública al envolverse en el mantra del diálogo y colocar la pelota en el tejado de Rajoy. Si después de que Puigdemont haya renunciado a la DUI, el Estado apuesta por la aplicación del artículo 155, el conflicto está servido en bandeja y se agravará. Los socialistas tendrán serios problemas internos, sobre todo en Cataluña, si se alinean con el Gobierno del PP en estas circunstancias, regalando al mundo de Podemos y a los soberanistas todo el campo de la negociación política. Y tampoco la UE avalará la línea dura.

Un descuelgue de la CUP tendría consecuencias en un paisaje de por sí muy complejo. Hay una soterrada batalla entre los más pragmáticos y los más aventureros que aún no se ha terminado de dirimir, a pesar del episodio de ayer y de los intentos posteriores por disimular esa distancia con una declaración conjunta de todos los parlamentarios secesionistas en favor de una república independiente catalana que exhibía un regreso al discurso más ortodoxo. Ha sido la moción de censura explícita de muchos empresarios a la DUI la que ha creado alarma social en las clases medias y ha llevado al PDeCAT a levantar la tarjeta roja y a pisar el freno.

En el trasfondo del traspiés que dio ayer Puigdemont figura también la falta de reconocimiento internacional al proyecto de secesión y los problemas para encontrar una mediación solvente. El Estado español no es ni la URSS en vísperas de disgregación ni tampoco la Yugoslavia federal que se desplomaba antes del estallido de la guerra en los Balcanes tras la independencia de Eslovenia. Puigdemont tendrá que romper ahora la tela de araña que él mismo ha construido, alimentando las expectativas de la marea social que han liderado la ANC y Ómnium Cultural, que aún no salen de su asombro tras este repliegue táctico de última hora. La decepción y el bajonazo emocional entre los concentrados por la independencia junto al Parlament resultan reveladores a pesar de que sus responsables disimuan la frustración.

El mambo que la CUP vaticinaba en el final del procés tendrá que esperar. O quizá sea un baile solo a medias. Pero puede llegar todavía un Maidan de movilizaciones. De hecho, la Generalitat sigue aún embarcada en en un territorio que ha construido al margen de la legalidad y del principio de realidad, sin rectificar el rumbo de las leyes de Referéndum y Transitoriedad y sin desactivar sus órdagos de fondo ni el nuevo orden jurídico que pretende establecer al margen de la Constitución. Ahora bien, en esta montaña rusa de emociones, de engaños y de enredos semánticos, se atisba una tenue luz de salida. Quien no sepa aprovechar esta rendija cometerá un grave error de cálculo.

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