Maidan catalán

Alberto Surio
ALBERTO SURIO

La espiral acción-reacción, que ETA diseñó para radicalizar la situación vasca durante años, atrapa la dinámica catalana hasta extremos irreconocibles. Cataluña está ya cerca del Maidan, aquella 'Revolución Naranja' que iniciaron los estudiantes en la plaza de Kiev en 2013. Las detenciones de Jordi Cuixart y Jordi Sánchez por un supuesto delito se sedición han vuelto a empastar al independentismo y a ocultar las contradicciones que habían reaparecido en su seno entre quienes apuestan por la vía rápida al precipicio, mediante la DUI, o prefieren levantar algo el pie del acelerador.

El desastre se confirmará mañana, rompiendo el último hilo de diálogo. Puigdemont no aclarará la pregunta que le formula Rajoy, a pesar de que el Parlament no declaró formalmente la independencia, y seguirá adelante con la explotación ambigua del discurso simbólico, porque es preso de sus equilibrios y su huida hacia adelante. Las élites soberanistas están jugando con la ilusión y la indignación de una parte de la sociedad, obviando el principio de realidad que implica la fuga de las empresas o la frustración por la falta de reconocimiento internacional. Con su táctica dilatoria, el president posibilitará que el Estado inicie el proceso del 155, un paisaje incierto que puede enconar los ánimos. ¿Habrá quizá un adelanto electoral? Quizá sea la única salida para medir fuerzas.

Las marchas de protesta de ayer son el aperitivo de ese Maidan que se vislumbra. Algunas banderas europeas que se exhibieron son un señuelo de la desobediencia que viene y que el secesionismo quiere que no rompa un plato porque va a librar su batalla ante el tribunal de la opinión pública de la UE. No se rebaja la inflamación, se exhibe músculo, con la retórica sobreactuada de un Govern que «no se rendirá», con una épica que evoca momentos dramáticos. El siguiente paso será el artículo 155, en dosis, y un victimismo soberanista que endosa al Estado la 'represión' y que intenta capitalizar emocionalmente. Esta guerra de desgaste entre las 'partes' deja exhausta a la ciudadanía catalana. Si la historia ocurre dos veces -la primera como tragedia y la segunda como farsa- el conflicto catalán es el mejor ejemplo.

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