Madina, el delfín frustrado

Llegó a perfilarse como el sucesor de los grandes líderes del PSOE y ha acabado sucumbiendo a las batallas palaciegas del partido

Lourdes Pérez
LOURDES PÉREZ

El adiós a la política de Eduardo Madina -el tiempo dirá si se trata de un mutis definitivo o solo temporal- se escribe con la tinta de las expectativas frustradas. De lo que pudo ser y nunca acabó siendo. De quien llegó a perfilarse como el delfín de los dirigentes del PSOE que aún son historia viva de un partido en tránsito y ha terminado atrapado en las aguas movedizas de las intrigas internas y de una pugna feroz por el poder en la familia socialista. Es también la crónica de un icono de la resistencia contra el terrorismo de ETA aplaudido por la militancia cada vez que subía al estrado y de los paulatinos desencuentros con algunos de sus mentores, con quien ejerció como su padrino -Patxi López- y con la dirección del PSE. No quiso Madina renunciar a su candidatura a la secretaría general del PSOE en 2014 cuando López sopesaba si dar el paso o no en comidas discretas en el palacio de San Telmo con Susana Díaz. Eran los días de vino y rosas en la columna vertebral del socialismo español, el eje País Vasco-Andalucía. Y fue Madina uno de los cargos que aconsejó al exlehendakari la pasada Navidad que no combatiera en el pulso fratricida que iban a librar Pedro Sánchez y Susana Díaz por el liderazgo del partido, roto tras el convulso comité federal del 1 de octubre.

El diputado hoy en retirada encabezó la lista por Bizkaia al Congreso en las generales del 2008 en las que el PSE, sobre la cabalgadura del gobierno en la Moncloa de José Luis Rodríguez Zapatero, batió al PNV abriendo las puertas a que Patxi López se convirtiera en el primer lehendakari socialista de Euskadi. Eran los tiempos en los que Madina, íntimo amigo de otro ‘joven valor’ de la época -el alcalde de Portugalete, Mikel Torres-, se erigía en ‘ticket’ de futuro con el líder indiscutible del PSE. Melómano reconocido, López ejerció de pinchadiscos en la boda de su ahijado político en la capital sevillana, ese gesto que se guarda en los álbumes de la memoria compartida.

Pero lo que parecía una relación a prueba de las fricciones y deslealtades que menudean en la política no resistió el desgaste de la pérdida del poder y de la sangría de votos que desembocó en una crisis de liderazgo sostenida en el tiempo después de la salida de Rodríguez Zapatero. Alfredo Pérez Rubalcaba no habría sido secretario general del PSOE sin el ascendiente que conservaba el entonces lehendakari López entre los cuadros reunidos en el congreso federal de Sevilla de 2012; Madina era afín a la candidata alternativa, la fallecida Carme Chacón. Dimitido Rubalcaba tras el fiasco de las europeas de dos años más tarde y con la sucesión abierta en canal, el expresidente vasco no se decidió a dar un paso adelante y Madina no quiso darlo hacia atrás. Fue él, de hecho, quien en 2014 evitó lo que Díaz perseguía -una entronización por aclamación- exigiendo primarias entre las bases, una fórmula a la que eran reacios los ‘barones’, incluido Patxi López. El desenlace es conocido: la lideresa andaluza hizo campaña por el desconocido Sánchez -la de vueltas que da la vida política- y desactivó las opciones del diputado vizcaíno, que también perdió en Euskadi.

Madina y Patxi López en un acto del PSE en Barakaldo en 2014.
Madina y Patxi López en un acto del PSE en Barakaldo en 2014. / EFE

La brecha abierta entre Madina y la oficialidad del PSE, con López, Idoia Mendia y Rodolfo Ares cada vez más próximos al nuevo secretario general, se ensanchó. Ante las palpables resistencias de Sánchez a incluir al representante vasco en puestos de cabeza en la plancha por Madrid a las elecciones generales del 20 de diciembre de 2015, Mendia le ofreció ir de número 1 por Álava. Madina lo rechazó arriesgándose a no alcanzar el escaño madrileño -como asi ocurrió-, mientras sus compañeros alaveses se aseguraban el suyo. Meses después, ante la campaña de las autonómicas en Euskadi y cuando la herida interna en el PSOE supuraba ya sin remedio, Madina se dolería en privado de no haber sido invitado a hacer campaña en su tierra. «No supo perder, aunque algunos tampoco han sabido ganar», resumía en aquellos momentos un cargo vasco la difícil convivencia que mantenían un Sánchez aferrado a la secretaría general y Madina, partícipe de la estrategia de Díaz -su antigua rival- para relevar a un líder al que siempre ha considerado escasamente consistente para dirigir un partido con el legado y la envergadura del PSOE.

Es difícil encontrar a alguien que cuestione la capacidad política de Madina, su formación y su discurso. Pero quienes fueron los suyos le reprochan haberse desentendido de la suerte del PSE para entregarse a las batallas palaciegas de Madrid y una alergia endémica a responsabilizarse de la vida partidaria, de su pesado día a día, de puertas hacia dentro.

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