Juani Pérez: «Le asesinaron y seguían las amenazas. Me decían: 'Ya está donde debía estar'»

La viuda de José Luis Caso, Juani Pérez, en el salón de su casa en Irun, mira un foto que fue tomada en los carnavales de 1997, el mismo año del asesinato./F. DE LA HERA
La viuda de José Luis Caso, Juani Pérez, en el salón de su casa en Irun, mira un foto que fue tomada en los carnavales de 1997, el mismo año del asesinato. / F. DE LA HERA
Juani Pérez, viuda de José Luis Caso, edil del PP de Errenteria asesinado por ETA en 1997

«He sido muy criticada por acudir al homenaje que organizó el alcalde errenteriarra de EH Bildu, pero creo que ganamos más como personas cediendo a estas cosas»

A. GONZÁLEZ EGAÑASAN SEBASTIÁN.

Juani Pérez, la viuda de José Luis Caso, el concejal del PP de Errenteria asesinado por ETA el 11 de diciembre de 1997, describe el recuerdo de aquella noche trágica «como una herida que sangra mucho, que luego va cicatrizando, pero que continúa siempre ahí. No duele tanto, ya no sangra, pero ahí está». Su marido fue asesinado a las 22.30 de la noche en el bar Trantxe de Irun, justo enfrente de su portal, el número 12 de la calle Juan Arana. Había recibido muchas amenazas, pero nunca quiso llevar escolta. Incluso después del atentado, su viuda siguió recibiendo llamadas. «Me decían que era un txakurra y que ya estaba donde tenía que estar...», relata en su primera entrevista 20 años después del atentado.

Aquel jueves de diciembre, Caso estaba en el interior del establecimiento tomando algo, cuando se le acercó un terrorista con la cabeza cubierta con la capucha de un chubasquero y le disparó un tiro en la cabeza. Antes de huir, el etarra amenazó a los clientes, mientras el concejal yacía tendido en el suelo, con una herida de bala con orificio de entrada en zona parietal derecha y de salida en la parieto-occipital izquierda. El edil asesinado había nacido en Comillas (Cantabria), era un apasionado de Irun desde que llegó para hacer la mili, tenía 64 años, era padre de dos hijos y abuelo de una niña de 17 meses.

En la casa de los Caso Pérez, la misma en la que compartieron 37 años de vida en común, un retrato de José Luis a carboncillo, firmado por Antonio López, obsequio del pintor, preside el salón en cuyo sofá se refugió Juani aquellos primeros días, semanas y meses de inmenso dolor. «Me rompía por dentro, pero no podía hacer nada porque él ya no iba a volver. Lloré mucho, pero no solo fue llorar, sino gritar de tal modo que pensaba que iba a venir la Policía. Era algo terrible». Hoy, veinte años después, un ejemplar de 'Patria', espera sobre su mesa del salón una nueva sesión de lectura. Alguien le comentó que Aramburu mencionaba a José Luis y a Manuel Zamarreño, su sustituto en el cargo, y decidió comprárselo.

-¿Quién le propuso a José Luis para ir en las listas del PP de Errenteria?

-José Luis era el presidente del PP de Irun y antes le habían ofrecido también ser concejal en nuestra ciudad. Cuando me lo contó, me puse muy bruta y le dije que no aceptara. Tuvimos una discusión muy fuerte. Me dijo: '¿Tú qué es lo que quieres?'. Le contesté: 'Yo quiero al obrero de Astilleros con quien me casé, no a ningún político'.

-¿No le gustaba la política?

-Sí me gustaba, pero no para vivirla de ese modo. Poco después, a los dos años, cuando llegaron las municipales, no me dijo nada y ya estaba en las listas para el Ayuntamiento de Errenteria. Me enteré por Concepción Gironza, que también fue concejal, pero acabó dejando el cargo. Le vi en el supermercado y me comentó algo. Yo le pregunté: '¿Qué me estás diciendo?' Ella decía: '¿No te ha dicho nada?' Y repliqué: '¿Qué me tenía que decir...?'.

-Y salió elegido como concejal, asistía a los plenos...

-Sí y allí comenzó el martirio. No llegó a ser concejal dos años completos. Mataron a Miguel Ángel (Blanco) un 12 de julio y al día siguiente, que era domingo, fue cuando aparecieron las pintadas con las dianas y las amenazas. Llamaron de alcaldía y cogió el teléfono mi hijo. Creyendo que era José Luis, le dijeron que ese día mejor que no apareciera por allí. Fui yo la que le comenté la llamada y le expliqué: 'No sé qué pasa por Rentería, pero no se te ocurra ir por allí. Yo me marcho para Anaka con mi madre'. Y así se quedó la cosas. Pero mi hijo pequeño cogió el coche y se fue corriendo a Rentería. Cuando llegó ya no estaban las pintadas. Ahí empezó la cascada de amenazas, luego las hacían por teléfono. Fue terrible. Lo ves ahora desde la distancia y piensas: '¿cómo he podido aguantar?'. Nos llamaban diciendo en euskera que nos marcháramos de Euskadi. Después de que le asesinaran, las amenazas seguían y las hacían en castellano. Sería para que no hubiera dudas y que me enterara bien cuando me llamaban diciendo que era 'un txakurra y que ya estaba donde tenía que estar...'.

-¿Qué decía José Luis de las amenazas?

-Nunca le amedrentaron. Él estaba prejubilado y mi propuesta era que nos fuéramos al Levante cerca del mar y vivir felices. Pero no quería saber nada, él decía que esa gente no le iba a echar de allí. Incluso le amenacé con dejarlo. Sin embargo, no me escuchó. Habíamos quedado un poco así..., pero luego yo le ayudé en campaña. De aquel tiempo tengo grabada una cinta con una entrevista que le hizo en la radio Iñaki Gabilondo. Muchas veces la he puesto con mis hijos para escuchar su voz.

-¿Le comentó alguna vez si tuvo miedo?

-Las primeras amenazas duraron cinco o seis meses hasta que le mataron, y él nunca dijo nada. Pero yo creo que aquella preocupación le puso hasta el pelo cano.

-¿Usted también era simpatizante del PP?

-No lo fui entonces, pero cuando le mataron dije: 'Ahora sí voy a militar y voy a hacer todo lo que pueda'. Estuve unos años muy metida, sin querer estar en primera fila y lo cierto es que fue como un desahogo.

-¿Cómo recuerda el día del asesinato?

-Fue pasadas las diez y media de la noche. Llegué de la calle y me puse el pijama para cenar porque traía hambre. Yo no escuché los tiros y eso que fue en el bar de enfrente de nuestro portal. Isidro, el dueño del Trantxe, me llamó al telefonillo y me dijo: 'Juani, baja inmediatamente, que algo ha pasado'. Cogí el mismo abrigo con el que acababa de llegar a casa y me lo puse encima del pijama. Bajé y allí estaba en el suelo... José Luis había parado como siempre en el bar para charlar con el dueño del bar y algunos conocidos y tomarse algo. Era un ritual diario. En verano con las ventanas abiertas, yo sabía cuándo había llegado al barrio porque desde casa escuchaba su voz potente. Él decía que era efecto de trabajar en los Astilleros, un sitio muy ruidoso. Le vi tendido en el suelo, me eché sobre él y no me podía separar. Luego me trajeron a casa y a partir de ahí no me acuerdo de mucho. Isidro cerró la puerta del bar de inmediato para que no entrara nadie y no hubo fotos de José Luis allí tendido, algo que sí ocurrió seis meses después en el caso de su sustituto en el cargo, Manuel Zamarreño. Fue tremendo.

-¿Quién le acompañó en aquellos días?

-Tenía mucha familia y estuve muy acompañada. Los vecinos de la casa también me apoyaron mucho, incluso reunieron dinero para comprar flores para José Luis. Eso que muchos no sabían que mi marido era concejal del PP. No era una cosa que se fuera diciendo sin más por la calle... De aquellos días recuerdo que hubo una persona que me preguntó si yo estaba de acuerdo en que trajeran a los presos. Nunca más he vuelto a hablar con ella. Creo que no era una pregunta para hacerle a una persona a la que le acaban de asesinar a su marido y no me salió en aquel momento otra cosa que decirle: 'Sí, en una caja de pino'. Hoy le diría que muertos no, nunca, pero que cumplan la pena que les imponga un juez, sí. Nada de amnistía ni nada de eso.

-¿Tuvo que ser muy duro asomarse a la ventana de su casa o salir de su portal y tener que ver cada día el lugar donde le asesinaron a su marido?

-A los pocos días de matarle, subió Isidro a mi casa y me dijo: 'Juani, es que viene la gente al bar, han hecho una especie de altar con velas..., pero es que esto es el pan de mis hijos, es mi negocio y no me gustaría que eso estuviera ahí por mucho tiempo'. Le dije que a mi no me iba a molestar que lo retirara y que si iba más gente les dijera que fueran a poner las flores en el cementerio, allí que pongan todo lo que quieran.

-¿Le costó mucho tiempo conseguir remontar aquel dolor?

-Aquella misma noche me dijeron mis nueras que fuera con ellas a dormir a su casa, yo estaba como en shock y no sabía qué hacer. De repente mi consuegra me dijo: 'Si no subes hoy a tu casa no vas a hacerlo nunca'. Y tenía razón. Estuvieron conmigo unos días en casa y después preferí quedarme sola. Necesité ayuda psicológica como muchas otras personas que han pasado por esto, pero la gente me decía: 'qué dura eres'. Yo les explicaba que no, que soy fuerte, y eso que me rompía toda por dentro. No podía hacer nada, porque hiciera lo que hiciera, él no iba a volver. (Se emociona...) He llorado mucho sola. He estado echada en el sofá no solo llorando, sino gritando. Tanto que pensaba que iba a venir la Policía. Lloraba y chillaba de impotencia, era una cosa terrible.

-Usted participó este verano en el acto de homenaje a los dos concejales del PP y al policía municipal asesinados por ETA en Errenteria, que organizó el Ayuntamiento de EH Bidu.

-Sí. He sido más criticada por eso...

-¿Por qué?

-Porque parece ser que eso sirvió a alguien para pensar que yo perdonaba. Que era un acto de perdón. A Julen Mendoza (alcalde de Errenteria de EH Bildu) se lo dije, ¿tú me has oído a mí decir que yo perdono? ¿Lo has leído en alguna parte? ¿No, verdad? Si a mí me dice el alcalde de Errenteria que a José Luis, a Manolo y a Vicente Gajate, les van a poner una placa allí, ¿por qué no voy a ir a destaparla? Pues la gente lo tomó como eso. Hasta mi hermana llegó a ponerme verde. Yo le dije que no era más que un homenaje y que se tranquilizara. Además, creo que aún así, ganamos más como personas, cediendo a estas cosas que poniéndonos muy dignos. Yo siempre he estado en contra de la pena de muerte, pero los asesinos que cumplan la cárcel que el juez le mande. Yo no soy quién para juzgarle y para perdonarle tampoco... Si hay un ser supremo por ahí, que les perdone.

-¿Y odiar?

-No lleva a nada. Solo te perjudica a ti porque al que odias ni se entera. Ni le duele ni sufre en sus carnes, pero tú sí te haces daño a ti misma. No sirve de nada.

-¿Ese homenaje no era el primero al que acudía con EH Bildu en la alcaldía?

-Estuve en el teatro Niessen también invitada por Mendoza. Me decían que no fuera. Pero no hice caso. Al sentarme, no miré ni siquiera quién había por detrás, pero sé que había mucha gente de la izquierda abertzale. También asistieron José Antonio Santano, Miguel Buen, que conmigo se portó de maravilla, su hermano y también cargos del PP. Ahí fue la primera vez que escuché a Julen Mendoza pedir perdón a todos.

-¿Qué sintió en ese momento?

-Me gustó. Me sentí reconfortada.

-¿Pensó que ojalá hubiera más 'Julen Mendozas' por ahí?

-Si queremos que ETA desaparezca definitivamente, tenemos que empujar un poquito todos, aunque sea por nuestros hijos y nuestros nietos que han de vivir aquí.

-ETA le arrebató lo que más quería, pero usted es capaz de pensar en clave de convivencia. No todas las víctimas pueden dar ese paso.

-Eso es un compartimento estanco que está ahí y lo que yo siento, lo que pueda sentir, no quiero que afecte a las generaciones futuras.

-¿Cree entonces que ese paso que se dio en el Ayuntamiento de Errenteria es un pequeño gesto de otros muchos que se tendrían que ir dando también en consistorios de la izquierda abertzale?

-Cuando la gente dice que hay que perdonar, yo pienso que uno no puede entrar en la mente de las personas, cada uno pensamos de una forma diferente, unos querrán perdonar y otros no, pero para eso antes tenemos que pedirlo.

-¿En alguna ocasión le propusieron mantener un encuentro restaurativo con presos de la denominada 'Vía Nanclares'?

-Dios ha sido generoso conmigo porque están muertos todos los del comando. Murieron en un coche que llevaba explosivos en Bilbao y otro de ellos, José Luis García Geresta, se suicidó. Yo ya no tengo que pedir que no salgan porque no pueden salir.

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