«No se hablaba, penas y penurias se vivieron en silencio»

Josefa Berasategi, con la foto de su padre. Desapareció y no saben dónde está enterrado. / MICHELENA
Josefa Berasategi, con la foto de su padre. Desapareció y no saben dónde está enterrado. / MICHELENA

Víctimas del franquismo reciben hoy el reconocimiento institucional en la Diputación

ANA VOZMEDIANO SAN SEBASTIÁN.

A Benito Berasaluze le juzgaron por última vez en la tercera planta de la Diputación de Gipuzkoa, el mismo lugar en el que hoy sus descendientes recibirán la Medalla de Oro de la institución foral como parte de las víctimas del franquismo y la represión. Después de pasar por nueve penales, el juicio sumarísimo de San Sebastián le conmutó la pena de muerte que le perseguía por doce años en la cárcel de Ondarreta, ya desaparecida. Volvió a casa tres años más tarde con una maleta de cartón y una manta en el hombro. Su hija Maritxu llora cuando recuerda aquella imagen. Entonces era una niña de once años.

El bisabuelo de Jon Andoni Urdangarin, Gabino Alustiza, fue alcalde de Aia. «Un día te vendrán a buscar», le decían sus vecinos. «Yo no he hecho nada» argumentaba él. Pero llegaron, sí, lo detuvieron y lo fusilaron. En casa de Jon Andoni nunca se hablaba de lo ocurrido con el bisabuelo, que dejó diez hijos, entre ellas su abuela Manoli y no se enteró hasta que, con catorce años, conoció la historia de aquel alcalde de Aia en un trabajo sobre convivencia de la ikastola.

El 29 de octubre, Isabel, la vecina de los Berasategi, entraba en su casa. «Se han llevado a Poli a Ondarreta, deja aquí a los niños y vete a corriendo hacia allí». La madre de Josefa y de su hermano Felipe, la mujer de Hipólito Berasategi, hace lo que le dice y corre hacia la cárcel. Es el año 36 y ella acude a llevar comida, pero el 7 de noviembre le dicen que ya lo han soltado, que Hipólito no está en la cárcel. Nunca más volvieron a ver a aquel trabajador de la empresa Lizarriturry de Benta Berri. Su mujer recibió, eso sí, una carta de un carmelita descalzo que le aseguraba que nunca, jamás, sabría donde estaba enterrado Poli. El carmelita era Gonzalo, hermano de su marido. La promesa se cumplió.

El silencio y la soledad han marcado a las familias de algunos de los homenajeados

Las historias de estos personajes son las que permiten que la Medalla de Oro de la Diputación tenga el brillo y reluzca. Por sus familiares muertos o desaparecidos, pero también por las infancias rotas, las alpargatas para andar por la nieve, por el silencio en los hogares... También por la solidaridad de quienes menos esperaban y por el rechazo de quienes decían ser del mismo bando o por la búsqueda de la verdad que algunos de sus descendientes han heredado.

Es el caso de Jon Andoni, el bisnieto de aquel alcalde de Aia al que fusilaron, que trabaja como ingeniero de Caminos, venera a su abuela, siente miedo al pensar que lo que le pasó a Gabino Alustiza pudo pasarle a él y que, sobre todo, cree en la reconciliación y en el reconocimiento de las víctimas de toda acción violenta. «Es importante que se sepa la verdad, que cada persona, tenga los ideales que tenga, los aporte, porque cada uno tenemos nuestro relato y la sociedad debe tomarse el tiempo necesario para escuchar a todos. En todos habrá verdad».

En el de su abuela Manoli, por ejemplo, una de las diez hijas que quedaron sin padre y una de las tres que aún viven junto a Mila e Isabel. Nunca quiso hablar de nada, pero Jon quiere que su voz se escuche.

La madre de Josefa apenas tuvo voz. Acudió a su suegra con los dos niños cuando su marido desapareció, pero esta le dijo que llevara a los dos pequeños a la Misericordia. La otra abuela, Luisa la de Andrestegi, acogió a los dos y a la madre, «siempre triste y siempre ausente para poder sacarnos adelante», a la que María Luisa Rezola, «la señora de Vivanco», le dio los primeros trabajos como interina, que ella reforzaba por las noches cosiendo gabardinas.

Benito Berasaluze salió de Ondarreta, con su mujer enferma y con sus hijos Maritxu y Javier, locos por verle aunque no pudieran tocarle. Ella recuerda cada detalle de la cárcel, las dos garitas que debía atravesar, los barrotes, el foso y la alambrada que le separaba de su padre al que iba a ver cada quince días desde que tenía 6 años, y llegaba desde Villabona con la recadera del pueblo. Siguen presentes el patio y los gritos cruzados de los familiares para hacerse oír.

Una cárcel asturiana, tres leonesas, dos de Burgos y dos más de Bilbao además de Ondarreta no pudieron con este hombre que, junto a su mujer María Zaldua, «resistieron en silencio las penurias». Él era hijo de un ingeniero, «el que puso la luz eléctrica en San Sebastián», formó parte del primer Gobierno Vasco y siempre luchó por los derechos y la libertad. Su nieta Helena lo conoció bien, porque Benito no murió hasta los 85 años. «Era un amor, un bromista que nos transmitió su historia sin odio ni rencor, porque luchó convencido». Llegó a casa, con aquella maleta de madera y la manta y buscó trabajo. «Era un gran hombre que podía con todo».

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos