Los extorsionados rompen el tabú

Los extorsionados rompen el tabú

Cuatro víctimas del chantaje de ETA alzan la voz y agradecen el acto que les dedicará Confebask el viernes

A. GONZÁLEZ EGAÑA SAN SEBASTIÁN.

La sombra de la extorsión a los empresarios vascos ejercida por ETA durante cinco décadas ha sido demasiado alargada, aterradora y dolorosa. Todavía hoy, cuando Confebask está a punto de celebrar este 20 de octubre en el palacio Euskalduna, coincidiendo con el sexto aniversario del cese de ETA, un acto de reconocimiento a todo este colectivo de amenazados, son muchos los que no pueden o no quieren contar su relato a pecho descubierto. Quienes se atreven a compartirlo coinciden en la soledad que vivieron y el miedo que sintieron en aquellos años. Otros no lo podrán contar nunca en primera persona porque fueron asesinados por no pagar el mal llamado 'impuesto revolucionario'. Nueve de estas víctimas mortales eran los industriales guipuzcoanos Ángel Berazadi (8 de abril de 1976), José Luis Legasa (2 de noviembre de 1978), José María Latiegi (14 de abril de 1981), Arturo Quintanilla (6 de septiembre de 1983), Patxi Arín (15 de diciembre de 1983), Isidro Usabiaga (26 de julio de 1996), Patxi Arratibel (11 de febrero de 1997), Joxe Mari Korta (8 de agosto de 2000) e Inaxio Uria (3 de diciembre de 2008).

El chantaje amedrentó a entre 10.000 y 15.000 personas en Euskadi a lo largo de 50 años, hasta que ETA anunció su último alto el fuego en septiembre de 2010 y en noviembre envió su última carta de extorsión. Gerardo Arín, José Guillermo Zubia, Miguel Lazpiur y Jesús Gómez Montoya ponen cara al relato de la extorsión que durante décadas se vivió en silencio y como un auténtico tabú.

«Se sentaron en el salón de casa y nos dijeron que iban a secuestrar al aita» Gerardo Arín, hijo del empresario Patxi arín asesinado por los comandos autónomos en 1983

El 15 de diciembre se cumplirán 34 años del secuestro y asesinato, a manos de los Comandos Autónomos Anticapitalistas, de Patxi Arín Urkola, empresario tolosarra, casado con María Pilar Eceiza y padre de cuatro hijos. El pequeño de ellos, Gerardo, rememora lo ocurrido aquel día tan amargo.

El relato de este crimen, sin embargo, comienza realmente unos años antes, a comienzos de los 80. «Un día regresaba con mis padres de Candanchú y al llegar al portal de nuestra casa en Tolosa, mi aita vio una carta en el buzón. La cogió y de inmediato hizo un comentario que todavía tengo grabado en la memoria: ‘¡Uy, qué mal me suena esto!’. La abrió y nos dijo que le estaban pidiendo el ‘impuesto revolucionario’». No era la primera vez que Gerardo Arín escuchaba esas palabras, sabía que a otras personas del entorno empresarial en el que se movía su padre les había llegado la misma carta. Montajes Electromecánicos Arín S.A. había cerrado años atrás, pero en Tolosa «todo el mundo decía que el aita se había quedado con el dinero de la empresa, cuando realmente lo que había hecho había sido invertir todo lo que tenía. Cuando echó la persiana se quedó sin nada. Aun así, le reclamaban el ‘impuesto’», rememora.

Patxi Arín hizo sus averiguaciones y viajó a Francia. Su hijo Gerardo lo recuerda como «un día angustioso para todos». «El aita nos contó a toda la familia que había decidido ir al otro lado. Después supimos que había estado allí hablando con el dirigente etarra (‘Txomin’) Iturbe Abasolo; que trató de explicarle que no tenía dinero y que no sabía quién había pasado la información, pero que no era cierto». La respuesta de ETA fue que si en quince días no recibía noticias, que se olvidara del tema. «Que iban a comprobar si era verdad lo que contaba», le dijeron. Pasó el tiempo y Arín no recibió ningún tipo de notificación, hasta que año y medio después, una noche, mientras estaban en casa el matrimonio y dos hermanos, les tirotearon la puerta de la vivienda.

Arín volvió entonces a ponerse en contacto con ETA en Francia y les insistió en que estaban «equivocados», pero los terroristas reiteraban que tenían la «notificación» de que había dinero. Desesperado, les pidió que «revisaran todo lo que quisieran y que verían que no era cierto». La respuesta fue la misma:que si no tenía noticias, que se olvidara.

El 15 de diciembre de 1983, la amenaza de los Comandos Autónomos Anticapitalistas acabaría siendo mortal. Era jueves por la tarde y el pequeño de los Arín Eceiza, de 18 años, volvía de clase. Al entrar en casa se encontró a dos jóvenes que no conocía en el salón de su casa con su madre y su hermano Juanjo, que acababa de venir de Bilbao para las vacaciones de Navidad. No le extrañó ver allí a dos desconocidos porque, al ser cuatro hermanos, por su casa pasaban muchos amigos de uno y otro. «Fui a la habitación, dejé los libros y al llegar a la sala la ama me dijo: ‘Oye que vienen a por el aita, que se lo van a llevar secuestrado’. Mi padre estaba en clase de inglés y no llegaba hasta las ocho. Uno de los secuestradores enseñó una pistola. Le preguntamos por qué hacían eso. Dijeron que era un problema económico y que no nos preocupáramos, que se solucionaría», relata.

Hasta que llegó Patxi Arín, se sucedieron varias llamadas de teléfono. Una de ellas, la de un cliente de Valencia, conocido de la familia, que había quedado al día siguiente con el empresario en Madrid. «Al poco llegó mi aita y, sin más explicaciones, le dijeron que se lo llevaban secuestrado», relata con la memoria todavía intacta.

En ese momento, la preocupación de María Pilar era que su marido se llevara un neceser con la medicación para la tensión y otras cosas, y que cogiera una pelliza para abrigarse. «Uno de los secuestradores le dijo a mi ama: ‘No se preocupe señora, que no va a pasar frío’. Era 15 de diciembre... La frase la tengo grabada en mi memoria, porque en aquel instante no fui capaz de deducir que lo que quería decir era que no iba a necesitar apenas aquella pelliza». Los terroristas lo bajaron al garaje, lo metieron en el maletero y arrancaron.

A los cinco minutos llegó una patrulla de la Guardia Civil porque el cliente de Valencia había avisado de que en aquella casa «ocurría algo». Un hermano de Arín que vivía cerca se presentó también alertado por el despliegue policial. «En ese intervalo, recibimos una llamada diciendo que le habían soltado en Irura. Mi tío me pidió que le acompañara, pero decidió pasar primero por el cuartel de la Guardia Civil. No se fiaba mucho de la información. En el cuartelillo ya habían recibido la noticia del fatal desenlace. Nos separaron y le dijeron a mi tío que le habían pegado un tiro en la cabeza. Cogimos el coche, llegamos hasta el lugar y a mi me tocó identificarle. Abrieron el portón del maletero del coche y estaba allí, tumbado con la pelliza que le había dado la ama y con un tiro en la nuca», rememora.

¿Cómo se digiere algo así con tan solo 18 años como tenía usted?

–Fatal. De repente te encuentras con una madre con cuatro hijos, que se queda viuda y económicamente mal, porque el aita era autónomo y tenía una cotización de una persona de 48 años. Realmente, cuando asesinaron a mi padre mataron también a mi madre. Desde entonces no hizo ningún tipo de vida social, estaba encerrada en casa, apenas salía para ir a misa o al cementerio y algún encargo que hacía. Poco más.

Gerardo Arín cursaba COU. Sus amigos y compañeros de clase se volcaron con él. En ese sentido, «tuve suerte», reconoce. No ocurrió lo mismo con el respaldo de la sociedad. «Después de haber matado al aita teníamos que escuchar cómo te decían a la propia cara: ‘Mira... éste es el hijo del que le pegaron el tiro…’». «Nos vimos obligados a afrontar una forma complicada de convivir, pero tuvimos claro que no íbamos a ceder a la presión y que nunca dejaríamos el pueblo. Yo soy de Tolosa y nunca pensé en marcharme. La ama también tomó esa decisión. Mis hermanos, por sus estudios y su trabajo, comenzaron a tirar por otros derroteros», explica con tono triste.

Gerardo Arín no pudo estudiar la carrera de Empresariales que había proyectado. La situación en casa era complicada y decidió ir a hacer la mili en la Cruz Roja y lanzarse con su hermano a intentar llevar una pequeña empresa que su padre había puesto en marcha. «Desgraciadamente, la inexperiencia y la juventud nos abocó al cierre. Tuve que empezar a buscarme la vida sin estudios ni nada».

Hoy Gerardo Arín regenta una copistería en Tolosa, un pequeño negocio en el que sabe que, entre su clientela, «hay gente que viene por ser quien soy y otra que no viene por ese mismo motivo. Esas cosas quedan grabadas». «Hoy es el día en que por la calle hay gente, sobre todo mayor, que mira y se dicen entre ellos: ‘Ese es un hijo de Patxi Arín’. Después de 34 años todavía tenemos el sello marcado de ser los hijos de un asesinado», se duele.

¿Se han sentido muy solos a lo largo de estos años?

–Hemos tenido un círculo de gente alrededor que siempre nos ha apoyado. Yo no he tenido problemas para salir a la calle, a pesar de que a veces se pudieran meter conmigo. Lo que sí se notaba durante mucho tiempo era el miedo que tenía la gente de Tolosa de acercarse a mí. Ahora, sobre todo desde que ETA dijo que cesaba la violencia, mucha gente me viene y empieza a contarme cosas de mi padre. Me dicen que tenían mucha relación con él. Se ve que la gente tiene otra libertad para acercarse. Que ha perdido el miedo a hablar con nosotros.

Gerardo Arín estará el próximo viernes en el homenaje que Confebask rendirá a los empresarios acosados por la violencia. Ya asistió al que organizó la patronal guipuzcoana Adegi y entonces se lo agradeció «de corazón». «Era un apoyo que echaba en falta, pero no solo para los que nos han asesinado a nuestros familiares, sino a todos los empresarios que en su momento recibieron una carta de extorsión, pagaran o no pagaran, para todos los que se tuvieron que marchar del País Vasco y para la mayoría de los que han estado aquí dejándose la piel y teniendo todos los días la incertidumbre de qué va a pasar, de si seré yo el siguiente al que pondrán una bomba», evoca.

Agradece también el gesto de Confebask. A quienes dicen que este reconocimiento llega tarde, les responde que «bastante tenía el empresariado vasco con su problema, con cubrirse las espaldas, como para hacer un acto de este tipo. Por supuesto que se podía haber hecho antes, pero es que ellos han vivido en su propia carne el drama del asesinato, las vidas truncadas, las amenazas... Viene cuando viene y bienvenido sea». El asesinato de su padre sigue pendiente de esclarecer.

«Hablar se hacía muy difícil. La pregunta era: ¿con quién?» José Guillermo Zubia. exsecretario general de la patronal vasca confebas

José Guillermo Zubia describe un relato colectivo de sus largos años al frente de la patronal vasca Confebask. Por su despacho han pasado centenares de personas acosadas por la extorsión ejercida por ETA. Su primer contacto con uno de estos casos se produce a principios de los años 60. El padre de un amigo le requirió, en un plano más personal que institucional, «a ver qué se podía hacer», repasa en su memoria. «Aquella primera vez sentí tanto o más angustia que el propio extorsionado», confiesa. «El afectado tuvo una reacción muy buena, porque a pesar de que el momento político era el que era, tuvo clarísimo que había que colocar por encima la responsabilidad de uno y no poner en peligro, no solo la vida propia, sino la de los demás», relata Zubia.

El mensaje era el de resistir, pero el exdirigente de Confebask es consciente de que a largo de los muchos casos que atendió, la inmensa mayoría le hizo caso, «pero también hubo otros que pagaron». «Es muy fácil juzgarlo con ligereza, pero hay que estar en la piel de un empresario que no puede llevarse fuera la empresa de la noche a la mañana, que reside, en una gran parte, en pueblos de Gipuzkoa de un tamaño reducido. Hay que entender también circunstancias como la presión a menudo sobre miembros de la familia para comprender que se hayan producido situaciones de ese tipo, pero también para rendir admiración a los que lo hicieron de otra manera», expone.

Recuerda que era una preocupación en la que se pensaba permanentemente «todos los minutos del día, luego a medida que transcurría el tiempo se pensaba una vez al día, luego una vez a la semana, al mes... Pero siempre había por medio alguna acción violenta que le hacía a uno volver al punto inicial».

Durante décadas muchos extorsionados no se atrevieron a hablarlo con nadie, ni siquiera con su pareja. «Hablar era muy difícil, porque la pregunta era: ¿con quién? Dificilísimo hablarlo en el seno familiar. Según la capacidad de aguante de estas situaciones por parte del cónyuge, a veces podía convertirse en un elemento más de presión».

¿Cómo ha afectado todo esto a su vida?

–Como era representante institucional, la responsabilidad estaba en el cargo. He pasado una parte importante de mi vida escoltado. La cantidad de gente que pasó por mi despacho lo que sí me ha hecho ha sido enriquecer muchísimo humanamente, porque he visto todas las circunstancias que han pasado. Y porque realmente hay comportamientos que sobre todo emocionan, son una lección de primera división.

«Pensé muchas veces que podía ser yo el siguiente. Decidí aguantar y aguanté» miguel lazpiur. expresidente de confebask y director de lazpiur construcciones mecánicas

A principios de los años 90, ETA puso en su negra lista de extorsionados al empresario Miguel Lazpiur. «Fue mi mujer quien abrió la primera carta. Me pedían que pagara. Si la hubiera cogido yo, habría ido al cajón y listo. No habría molestado a nadie. Lo malo es que no fue la única y, además, las estrategias posteriores fueron mucho más complicadas», repasa con la entereza de sus 75 años y todavía al pie del cañón en la empresa Construcciones Mecánicas Lazpiur, en Bergara.

«Pensé que como no podía hacer nada y a mí no me apetecía pagar, porque no entraba en mis cálculos ni en mis principios, ya se olvidarían de mí. Pero no se olvidaron. A los dos meses llegó otra con una amenaza mayor. En la siguiente ya me avisaron, directamente, de que era objetivo de ETA», recuerda. Lazpiur lo describe hoy con la serenidad que da el tiempo transcurrido, pero reconoce que ha sido «una losa muy grande». «Es una mala noticia que entra en casa, de repente. Como un mal sueño. Piensas: ¿qué habré hecho yo para que me envíen esto a mí?», se lamenta.

En la familia supuso «una preocupación y una angustia que encima te hacía la vida imposible». Hubo unas primeras discusiones internas, hasta que decidieron crear «un consejo familiar para ponernos de acuerdo y evitar la soledad». «Somos tan solo seis, mi mujer, mi hija, mi yerno, mi hermano y mi cuñada. Hicimos piña». El criterio de grupo era «que no se podía pagar y menos pensando que luego utilizaban el dinero para matar a otros». «Ahí nos hicimos fuertes y nunca respondimos al chantaje».

«¿Cuántas cartas? Fueron muchas, muchas…», remarca. Miguel Lazpiur recuerda que hubo un paréntesis de un año porque, al parecer, algunos de los responsables del aparato de extorsión de ETA fueron detenidos. «Pero volvieron de otra manera más avanzada, con remites de mi hermano o de mi mujer, haciéndonos entender que nos tenían controlados a todos», evoca.

En un momento dado, ETA ejecutó un paso más y puso una bomba en la empresa. Fue entonces cuando la Ertzaintza les dio «un cursillo» sobre seguridad y ahí comenzó «la preocupación de mirar debajo del coche, hacer recorridos distintos todos los días… Todas las precauciones que aconsejaban los expertos».

No olvidará nunca los golpes más duros de todo este horror. Cuando estaba en Adegi le tocó vivir el asesinato de Joxe Mari Korta y después, en su etapa de presidente de Confebask, el de Inaxio Uria. «Piensas de todo, que a ti te puede ocurrir también. Es una losa que te cae encima sin piedad. Algunos dicen que es como si te diagnosticasen un cáncer. Y lo cierto es que pensé muchas veces que me podía pasar algo, que podía ser yo el siguiente, pero decidí aguantar y aguanté. Pensaba cómo sería. Por dónde vendrían. Cómo lo harían...», relata.

Reconoce que llega un momento en que «ya no te fías de nadie». «Cualquiera puede haber dado tu nombre...». Antes de este capítulo negro, Miguel Lazpiur iba a tomar txikitos, salía a la calle con los amigos. Hacía lo que se entiende por una vida normal. Pero en aquellos años todo cambió. Nunca ha vuelto a aquella dinámica. «Me cuesta volver a recuperar aquellos tiempos», explica.

En este repaso a sus años sufriendo el acoso de ETA, no se olvida de su mujer. «Ella tiene mucho mérito. Teníamos en el barrio un servicio de contraespionaje de la pera. Mi mujer siempre se ha relacionado mucho con los del barrio, hablaba con los tenderos y todos sabían mi situación de escoltado. Sabían que era uno de esos empresarios de 7.30 de la mañana a 8.30 o 9 de la noche a diario, que da trabajo a un montón de gente... Se formó entre un tendero y otro una especie de cadena que pasaba informaciones de cualquier cosa rara que vieran. Visto ahora con una cierta distancia es hasta divertido», rememora.

Lazpiur entiende a quienes no pudieron resistir. «Si yo no hubiera tenido el apoyo de la familia….», se imagina. «De todos modos, no soy un héroe, hice lo que debía», remarca convencido de que, al final, cada caso «es el resultado de las circunstancias de cada uno. Todos no somos iguales».

A Miguel Lazpiur le emociona todavía recordar ciertas cosas, pero está convencido de que «por el bien de nuestro país tenemos que contar lo que nos pasó». «Tenemos que dejar una memoria histórica para que las próximas generaciones sepan qué ha ocurrido realmente». Estará en el homenaje del próximo día 20 en el palacio Euskalduna por su doble condición de empresario extorsionado y porque ha sido vicepresidente de la patronal guipuzcoana Adegi de 1999 a 2005, presidente de Confebask de 2005 a 2011 y vicepresidente de la CEOE de 2008 a 2011. «Está bien que se haga ahora el reconocimiento. Es un colectivo que ha sufrido muchos asesinatos y todo tipo de amenazas y es de justicia que se les tenga en cuenta. Es muy de agradecer que se haga una acto de cariño», comparte.

Con la perspectiva de seis años desde el cese de ETA, Lazpiur ve las cosas de otro modo y explica que ahora su preocupación en la empresa se centra en cuestiones como la internacionalización, la calidad, el producto y las personas. Ahora se ocupan de los retos y de convertir «las amenazas en oportunidades». Su pelea es la de «sacar adelante la empresa, el país y crear puestos de trabajo que sean dignos, y que la gente de aquí pueda salir adelante», se enorgullece. «Sin esa lacra que teníamos se ve todo de otra manera. En aquellos años tristes era como si estuvieses corriendo la maratón con una piedra de cien kilos encima».

«¿Miedo? Yo estaba acojonado, pero jamás nadie me escuchó decirlo» Jesús gómez montoya. Presidente de la clínica La asunción de tolosa y vicepresidente de garen

«A Dios gracias la carta la cogí yo. Pensé: ¿qué hago, lo digo, no lo digo, voy a la Policía, a la Ertzaintza...? Empiezas a pensar que igual es más conveniente no hacer nada. Luego alguien te aconseja que esperes a la siguiente. Entras de lleno en un mundo nuevo y te preguntas: ¿y yo qué he hecho para merecer esto?». Esta secuencia de su llegada a la ruleta de los extorsionados por ETA la describe el empresario Jesús Gómez Montoya. Corría 2004 y en ese momento era dueño de las clínicas El Pilar, La Asunción y San Ignacio. Ocupaba entonces un cargo en la junta de gobierno de Adegi.

Decidió hablarlo con su mujer «con todas las tensiones que eso suponía», porque la postura de Gómez Montoya era la de «no pasar por el aro ni de coña». Hubo debate y finalmente decidieron «no pagar ni un duro y aguantar el chaparrón a ver qué pasaba». Tenía claro que aquel dinero se dedicaba a asesinar y a extorsionar a otros. «O rompes la rueda o no se acaba», resume el hoy vicepresidente de Garen.

Sus hermanos le aconsejaron limitar los desarrollos empresariales. «No te metas en más cosas que va a ser un lío, déjalo, no inviertas porque no merece la pena. Pero yo pensé seguir adelante y que fuera lo que Dios quisiera», rememora. Siempre pensó que él era un empresario «pequeñito», que a él «no le iba a pasar nada». «Pero cuando te toca, te das cuenta de que la extorsión también llega al pequeñito que está ahí currando como un loco y te llevas un sopetón gordo», recalca.

En su caso recibió una única carta. «La tengo guardadita. Realmente para nada, porque la podía haber tirado. Nunca se la he enseñado a nadie», confiesa. Buscó consejo en los responsables de seguridad de Adegi que le dijeron: ‘Yo en principio esperaría. Sé prudente y nada más’. A la pregunta de si sintió miedo en algún momento, responde muy gráficamente: «¿Yo? Acojonado. Ahora, jamás nadie me oyó decir que tenía miedo. Pero yo, acojonado».

De quienes cedieron y pagaron, asegura que los entiende, comparte, compadece y acompaña. «Éramos culpables sí o sí. ‘Empresario cabrón, al paredón’, se decía. La sociedad nos consideraba sinvergüenzas y robaperas por ser empresarios», se duele.

En la soledad que sintió como muchos empresarios, asegura que le habría gustado que los políticos hubieran dicho: «No, esto no, pero con rotundidad. Y no que tuviéramos que sentir aquello de: ‘algo habrá hecho’». No asistirá al homenaje de Confebask porque no es de acudir a ese tipo de actos. Pero le gustaría que la sociedad reconociera «que estuvimos ahí aguantando el chaparrón».

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