Excursión a Perpiñán

Alberto Surio
ALBERTO SURIO

El juez Llarena ha decidido retirar las euroórdenes para que Bélgica no suprima el delito de rebelión si finalmente concede luz verde a la entrega a España de Carles Puigdemont. La decisión permitiría al expresident moverse con plena libertad por toda la UE, pero sin volver a España, donde sería detenido inmediatamente. El independentismo ya ha concluido que la maniobra pretende evitar el desaire judicial en ese supuesto, en el que el president cesado, y candidato de Junts per Catalunya, sería juzgado solo por un supuesto delito de prevaricación. Todo un cúmulo de recovecos jurídicos para una campaña dislocada que retrata un país roto en el que costará mucho tiempo restañar las graves heridas.

El procés ha dejado este paisaje desolador de altísimo voltaje emocional. Puigdemont, desde Bruselas, y los compañeros de Junqueras, que sigue en la cárcel, explotan la herida a conciencia con un riesgo de sobreactuación dramática, con una dicotomía tan simplista como apocalíptica: si vienen ellos, nos humillarán. Todo un llamamiento al subconsciente del catalán que acumula derrotas desde 1714. Una versión actualizada de la épica dolorosa de 'Els segadors' que empapa periódicamente un campo de resentimiento como si se cumpliera un ciclo de fatalismo histórico cada cierto tiempo. Como complemento, la última astracanada de García Albiol, con una exaltación del 'A por ellos', quizá como un intento de remover los últimos resortes del constitucionalismo y frenar así la 'opa' de Inés Arrimadas, que amenaza con atraer gran parte del espectro de centro-derecha como candidata del voto útil unionista. La jugada muestra una faena chusca y desesperada.

Frente a esta exhibición de bajas pasiones, la frialdad de las cifras. Los índices de paro en Cataluña, las empresas que se han ido, y pueden irse aún más si la dinámica de la secesión sigue alimentando la incertidumbre, el retroceso del turismo y del consumo, los agujeros negros en la sanidad y en la educación, el peligro de aislamiento europeo, la corrupción rampante desde las propias instituciones autonómicas... los problemas sangrantes y lacerantes de una sociedad contemporánea de los que no se habla casi en esta campaña, envueltos de forma deliberada por la omnipresente estelada.

Puigdemont, mientras tanto, cabalga sobre la espuma de las encuestas, desgastando a su rival de ERC y rentabilizando su papel de príncipe destronado que vive en un exilio tragicómico y en el que el personaje ha devorado a la persona. Con su presencia virtual pretende el desquite el 21-D y poner así en un apurado jaque al Estado español. Su vehemencia es una apelación al corazón, no a la cabeza. Su discurso esquiva la pregunta del millón: cómo buscar salidas viables y realistas al callejón sin salida en el que decidió meterse el día que prefirió no convocar las elecciones cuando empezaron a gritarle 'traidor' los estudiantes más radicales. Aquel día comenzó una aventura rocambolesca que seguirá, quién sabe si con un mitin de resistencia en Perpiñán, en la Cataluña francesa, para cerrar la campaña electoral, pero que en algún momento terminará ante un juez.

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