Euskal 'seny'

Alberto Surio
ALBERTO SURIO

En el mismo Palacio Miramar en el que el lehendakari Urkullu abrió ayer el curso político vasco, el exministro Ernest Lluch reflexionó algunos años antes de su asesinato sobre el riesgo de una incipiente desafección catalana hacia España y sobre la necesidad de refundar el Estado autonómico fuera de clichés uniformizadores.

El caso es que aquella desafección de la que hablaba Lluch en un curso de verano en Miramar se ha convertido ya en un grave problema, la mayor herida de la democracia española. Urkullu lanzó ayer un aviso para navegantes. Curiosamente, Euskadi se ha convertido en una vía pragmática frente al rupturismo antisistema catalán, devorado por una trepidante huida hacia adelante que no pronostica nada bueno. Con la CUP al volante, los pactistas han perdido hace tiempo el control del coche y el 'procés' se dirige acelerado y sin frenos hacia el precipicio o hacia la colisión contra el principio de realidad. No quererlo ver es simplemente un acto de obcecación, una ruleta rusa que implica jugar con irresponsabilidad y frivolidad con toda una sociedad.

El emplazamiento del lehendakari ante el 'marco incomparable' donostiarra no solo es una enmienda a la totalidad a la unilateralidad del soberanismo catalán; son también una luz larga de atención, una advertencia al Gobierno del PP para que aborde la negociación y la revisión del actual estatu quo, mediante procedimientos legales y amplias mayorías, antes de que sea demasiado tarde y las cosas terminen por pudrirse del todo.

Las palabras de Urkullu revelan que el nacionalismo institucional vasco tiene muy interiorizado que Puigdemont se encuentra desnortado a merced de los caprichos de la CUP. Todo ello confirma una gran derrota política que le va a llevar a perder el poder. ¿Quién arriesgará para sacar las castañas del fuego en esta coyuntura tan enrevesada? ¿Lo hará un Partido Socialista que parece que ha pactado con Rajoy una respuesta de Estado para no dar bazas de victimismo al secesionismo? ¿Servirán el PNV y Urkullu de mediadores en un futuro para intentar reconstruir los puentes? ¿Está trabajado un pacto entre ERC y los comunes que dejaría fuera al PDeCAT y a la CUP de la sala de máquinas? Por ahora son preguntas sin una respuesta, pero parece claro que alguien va a tener que empeñarse en tejer nuevas complicidades después de los serios destrozos que se avecinan. Porque todo ha llegado tan tarde y tan mal que cualquier remedio tendrá que venir a medio y largo plazo una vez contabilizados los daños.

La crisis catalana pone de manifiesto la importancia estratégica que le dio Urkullu a establecer un pacto de gobierno con el PSE, incluso cuando había sectores en su partido que no eran precisamente entusiastas de la operación. El radicalismo que se ha apoderado de la vida política catalana contrasta con el apaciguamiento vasco, con un debate identitario bastante calmado. Los crueles años de la violencia han dejado un efecto demoledor en Euskadi: el 'péndulo' ha oscilado entre la efervescencia de la Transición, mediatizada por el terrorismo, a un sosiego que deja pasmados a muchos, con el independentismo con la tensión baja. Algunos catalanes fascinados durante años por la 'vasquitis' no salen de su sorpresa. Es la izquierda abertzale, necesitada también de reinventar sus discursos, la que se ha convertido hoy en la verdadera embajada de la vía catalana, con los herederos de Jordi Pujol envueltos en la estelada. Si Ernest Lluch viviera este momento se asombraría mucho. Ver para creer.

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