ETA era esto

Horror y confusión.El padre del guardia civilJosé Vicente del Val, muertoen el ataque al cuartel de Vic, ante una fotografía delatentado. /  IGOR AIZPURU
Horror y confusión.El padre del guardia civilJosé Vicente del Val, muertoen el ataque al cuartel de Vic, ante una fotografía delatentado. / IGOR AIZPURU

Familias rotas, nostalgia y el vacío de una ausencia. Las viudas e hijos de 19 víctimas de la banda terrorista narran la desgarradora forma en que les destrozó la vida. «Mi padre no pudo venir a mi comunión. No tengo esa foto» |

LORENA GIL SAN SEBASTIÁN.

Más de 850 asesinatos, 2.600 heridos, 10.000 extorsionados y miles de amenazados. Esto ha sido ETA. Sesenta años de violencia. De dolor y, en la mayoría de los casos, de soledad. Y ahora que la banda terrorista dice adiós sin hacer mención alguna a las víctimas que ha dejado por el camino, es cuando es necesario mirar atrás. A ese guardia civil de 25 años que inauguró la macabra lista negra de ETA en 1968. Su nombre: José Antonio Pardines. Al último, el policía francés Jean-Serge Nérin en 2010. Y entre ambos, un sinfín de personas, con sus nombres y apellidos. Con mujeres, hijos, madres, padres y hermanos. Familias rotas por la sinrazón del terrorismo. Esta es una pequeña muestra de sus desgarradoras historias.

7 de marzo de 2008

Marcado.
Orgullo.
Muerto ante sus ojos.
Ausencia.
Visita al cementerio.
Veinte años después.
Deuda de sangre.
Recuerdo.
Sentenciado.
Inocentes.
Cócteles molotov.
Los hijos de Maite Torrano y Félix Peña, junto a la silla 'superviviente' del ataque a la casa del pueblo de Portugalete. :: F. GÓMEZ
Viuda.
Pérdida.
En el funeral de Julio Segarra, Pedro Barquero y María Dolores Ledo, el ministro del Interior José Barrionuevo consuela a los familiares. :: R. C.
El último asesinato.
Cuarenta años después.

Viuda del exconcejal Isaías Carrasco

«Me asomaba a la ventana y veía la sangre de Isaías en la calle»

Isaías Carrasco se disponía a salir hacia su trabajo en el peaje de la autopista AP-1, a su paso por Bergara, cuando un terrorista le descerrajó cinco tiros junto a su casa, en Arrasate. Estaba casado y era padre de tres hijos. Su familia corrió a auxiliarle y asistió a sus últimos momentos. «Fíjate que tenía cinco tiros, pero a mí el que más me marcó fue el de la garganta. Había días que soñaba y le veía que me hablaba con el tiro en la garganta...», recordaba su hija Sandra a DV. La familia del exconcejal del PSE-EE habla al cumplirse diez años del atentado. «Repaso todo lo que no he vivido con él, todo lo que no ha podido ver o no le hemos podido contar: '¡Mira, aita! He hecho esto o lo otro'. Ayer mismo estaba trabajando en la cabina del peaje y pensaba: Si yo le venía a traer el bocadillo... », comparte Sandra, junto a su madre, Marian Romero, y su hermana pequeña, Ainara. Tras el asesinato se cambiaron de barrio. «No se podía vivir allí. Yo me asomaba a la ventana y veía la sangre en la calle», revela Marian. «Afrontar que, de la noche a la mañana, personas que siempre te saludaban dejen de hacerlo es muy doloroso, tienes que digerirlo. Que te vuelvan la cara se hace muy duro. Que entres en un sitio y sepas que han hablado de ti...».

7 de noviembre de 2001

Hijo del magistrado José María Lidón

«Mis padres iban a empezar una nueva vida, ellos dos solos»

ETA acabó con la vida de José María Lidón el 7 de noviembre de 2001. El magistrado de la Audiencia Provincial de Bizkaia, acompañado de su esposa, abandonó en coche el garaje de su domicilio en Getxo para ir a trabajar. Dos terroristas le esperaban. A cara descubierta y a bocajarro, le descerrajaron cinco disparos. Fue el séptimo atentado de ETA contra la judicatura española y el primer juez asesinado en Euskadi. El hijo pequeño del matrimonio -tienen dos-, Iñigo, lo presenció todo. Contaba entonces 21 años y salió del aparcamiento conduciendo su vehículo justo antes que sus padres. Al escuchar los disparos, frenó, salió del coche y fue a socorrerlos. Fueron sus gritos los que provocaron la huida de los etarras.

En la casa familiar sonó el teléfono. «Han disparado a aita en el garaje, ven corriendo», le comunicó Iñigo a su hermano, Jordi. «Mi madre lo lleva muy mal porque antes solían comer juntos todos los días... Iban a empezar una nueva vida, con nosotros ya fuera de casa. Pero ETA lo frustró radicalmente», expresa su hijo mayor. Jordi tiene dos hijos. Y lo que más le duele es que «no vayan a conocer a su aitite». «Son mayorcitos y ven muchas cosas». «La cría está muy espabilada, ya pregunta. Le dices que aitite ha muerto, pero eso no sacia su curiosidad. Sabemos que más pronto que tarde tenemos que contarle algo, lo que pasó, sin toda su crudeza. Pero, ¿cómo se dice 'han matado a aitite'?».

8 de febrero de 2003

Carta de Joseba Pagazaurtundua

«¡Ay madre, me han de matar y no puedo evitarlo!»

Un terrorista de ETA disparó tres tiros al policía municipal de Andoain Joseba Pagazaurtundua mientras tomaba un café en el bar Daytona del municipio guipuzcoano. Tenía 45 años, estaba casado y era padre de dos chavales, Alain y Ander, de nueve y catorce años. Falleció nueve horas después en el hospital. Fue el epílogo que 'Pagaza' temía, tal y como recogen algunos manuscritos que su familia descubrió años después de su muerte. «Ay madre, qué miedo tengo. He de salir a la calle, afuera esperan ellos, los que desean sangre. Ay madre, me han de matar y no puedo evitarlo», rezaba uno de sus poemas. Entre los documentos más desgarradores figuran sus últimas voluntades. Se despidió de los suyos en vida. «Un beso a mi esposa (qué frío), a 'Titi'. Te amo, pero no puedo expresarlo. Soy un cateto. Un abrazo a mis hijos. Os quiero. No me olvidéis. ¡Ama! Qué paciencia, como 'Titi'. Y un reproche. A los que solo han pensado en 'su problema'. Yo no lo hice así, pensé en los demás».

26 de junio de 1982

Alberto Muñagorri, mutilado

«Recuerdo la bomba cada vez que me coloco la pierna»

Alberto Muñagorri sale a correr tres veces a la semana. «Día sí, día no». Y se puso un ambicioso reto: participar en la Behobia-San Sebastián. Veinte kilómetros. Poco menos que una media maratón. Alberto es consciente de cuáles son sus limitaciones. Un artefacto explosivo de ETA el 26 de junio de 1982 le dejó sin una pierna cuando tenía diez años. La mayoría de la gente le conoce como 'el niño de la bomba', calificativo que a él no le gusta nada. El 26 de junio de 1982, un explosivo oculto en el interior de una mochila tirada en plena calle de Errenteria estalló alcanzándole de lleno. «Cuando llegaron allí mi ama y mi amona me estaban metiendo en la ambulancia. Yo estaba consciente y, al parecer, solo decía que me pusieran una manta, que tenía frío», expresa. No lo recuerda. La intervención en la clínica de la Cruz Roja en San Sebastián duró más de cinco horas. «La prioridad era salvarme la vida». Permaneció dos semanas en la UVI y poco más de dos meses ingresado. «No quise mirarme la pierna». Hasta que finalmente levantó la sábana. «No sé cuánto lloré», reconoce. La vuelta no fue fácil. En octubre, con el curso empezado y todavía sin prótesis en la pierna -se la colocaron en enero-. Algunos niños dejaron de hablarle. «A mi ama llegaron a decirle por la calle: 'Oye, qué bien ha quedado tu hijo. Claro, con el dinero que os han dado...'», rememora. «Recuerdo la bomba cada vez que me coloco la pierna».

20 de marzo de 2001

Hijo de Froilán Elespe, edil en Lasarte

«Con lo que le gustaban los niños, mi padre no ha conocido a su nieta»

Froilán Elespe ocultó a su familia que el partido le quería poner escolta. «Era muy reservado, de los que dicen 'yo me lo guiso, yo me lo como', y a no ser que se viera muy agobiado, no lo soltaba», señala su hijo Josu. «El mismo día que le asesinaron había un mensaje de la Ertzaintza en el contestador de casa en el que le informaban de que la próxima escolta era para él», revela. Froilán Elespe, natural de Errenteria, se encontraba tomando un aperitivo en la barra del bar Sasoeta, en la plaza Urko de Lasarte-Oria, cuando un etarra entró en el establecimiento y le descerrajó dos disparos en la cabeza. Tenía cincuenta y cuatro años, mujer y dos hijos. Josu es el pequeño. Durante los primeros años tras el atentado se convirtió en un joven «amargado» que necesitaba salir de Lasarte-Oria para evadirse de la realidad. «Estaba desorientado, perdido, no sabía qué iba a hacer con mi vida», explica. Se convirtió en padre a principios de 2010. Mireia apunta con su dedo al cielo cada vez que le preguntan por su aitona. Josu tiene una «espina clavada»: que su padre no haya podido conocer a su nieta, «con lo que le gustaban los niños».

30 de enero de 1998

Hermana del concejal sevillano Alberto Jiménez Becerril y cuñada de Ascensión García

«Me abrazaban y yo sólo quería que me dijeran que no era verdad»

Alberto Jiménez Becerril, teniente de alcalde del PP en Sevilla, y su esposa Ascensión García regresaban de cenar con unos amigos. Estaban a punto de llegar a su domicilio cuando dos miembros de ETA les abordaron por la espalda y efectuaron varios disparos. «Les mataron a veinte metros de donde dormían sus tres hijos», expresa la hermana del político, Teresa Jiménez Becerril. La banda terrorista dejó huérfanos a tres niños -dos chicas y un chico- de cuatro, siete y ocho años. Ascensión llevaba en la mano tres claveles rojos con los que quería que los pequeños celebraran a la mañana siguiente en el colegio el Día Mundial de la Paz. «Cuando sonó el teléfono no me lo creía. Cogí un avión a las siete de la mañana temblando y con mi hija encima. Sólo me acuerdo de recibir abrazos... cuando yo solo esperaba que alguien me dijera que no era verdad, que estaba en el hospital», evoca la hermana de Alberto. Días después del atentado, el etarra Iñaki De Juana Chaos escribía una carta desde prisión mostrando su alegría por el doble asesinato: «En la cárcel, sus lloros son nuestras sonrisas y terminaremos a carcajada limpia».

11 de diciembre de 1997

Viuda de José Luis Caso

«Después de matar a mi marido llamaban a casa para meterme miedo»

José Luis Caso tenía la costumbre de hacer una pequeña parada en el bar Trantxe, ante su casa, antes de retirarse. Allí le tirotearon los terroristas mientras su mujer terminaba de hacer la cena. «Me tocó el timbre el dueño del bar. Me dijo que bajara, que había pasado algo. Ya sabía yo lo que había pasado...», indica su viuda, Juani Pérez, quien revela que, después de la tragedia, todavía la seguían «llamando a casa para meterme miedo. Recuerdo que mis hijos me decían: 'Más daño del que te han hecho no te van a hacer'. Pero, ¡cómo que no! Yo pensaba en ellos», revela. «Eso es lo que muchos jóvenes no saben que ha pasado aquí». José Luis Caso tenía 64 años. Cántabro de nacimiento, fue fundador de Alianza Popular en el País Vasco en 1982, estaba jubilado y había desarrollado su vida laboral en los Astilleros de Luzuriaga de Pasajes de San Juan. Tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco, Errenteria amaneció repleto de carteles en los que ETA le señalaba como su siguiente objetivo.

11 de febrero de 1997

Viuda del empresario Patxi Arratibel

«Se negó a pagar a ETA y se lo hicieron pagar de otra manera»

«Le aconsejé que no se expusiera tanto. Los carnavales son un sitio bullicioso en el que es fácil que alguien se escabulla. Además, como director de una charanga popular tenía todos los boletos... Si querían encontrarle, ya sabían sus horarios y dónde iba a estar en cada momento», evoca Susana Ezkurra, quien recuerda el día en que su marido, el empresario Patxi Arratibel, fue asesinado en los carnavales de Tolosa. Fue el 11 de febrero de 1997. Un terrorista de ETA le pegó un tiro en la nuca en pleno desfile y en presencia de su hijo pequeño, de doce años. Patxi decidió no ceder a la extorsión. Incluso le advirtieron: «Sabemos a qué colegio van tus hijos». «Insistió en que no iba a pagar, y lo pagó de otra manera», dice Susana. Tras acabar con la vida de su marido no hubo más presiones. «Lo que me llegó fue: 'Ahora puedes estar tranquila, ya se ha saldado la deuda'», revela.

12 de junio de 1991

Hija de Andrés Muñoz, que falleció en atentado con Valentín Martín

«Se acabaron los besos y empezaron las preguntas»

Sonó el teléfono. Al otro lado, la voz de la tía abuela Joaquina, que había escuchado en televisión que Andrés Muñoz y Valentín Martín, dos artificieros de los Tedax, habían muerto en Madrid desactivando un paquete bomba enviado por ETA contra Construcciones Atocha, empresa que trabajaba en las obras de la autovía de Leizaran. Virginia Muñoz, hija del primero de ellos, no podía creérselo. «Todavía no sabemos qué mal hacía la dichosa carretera», reconoce esta mujer, que ve «absurdo» que asesinaran a su padre, de 51 años, «por una autovía que no sabíamos ni dónde estaba». En un abrir y cerrar de ojos se terminaron «los besos» que tanto le gustaba recibir al cabeza de familia y comenzaron las preguntas. «¿Por qué?, ¿qué hemos hecho?».

29 de mayo de 1991

Una de las nueve víctimas del atentado del Comando Barcelona contra la casa cuartel de Vic

La niña María Pilar iba a hacer la comunión la semana siguiente

Emilia Lara Moreno perdió a su hija Vanessa, de once años, en el atentado que ETA cometió contra la casa cuartel de la Guardia Civil de Vic. La pequeña jugaba en el patio del recinto junto a sus tres hermanos cuando la bomba hizo explosión, acabando con su vida y las de otras ocho personas, cuatro de ellas menores. El reloj marcaba las siete y cinco de la tarde cuando miembros del comando Barcelona lanzaron un coche bomba, con la marcha atrás bloqueada, al interior del recinto. La instalación militar servía de residencia a catorce agentes, trece mujeres y 22 niños. A la hora del atentado, numerosos familiares se encontraban en las viviendas del acuartelamiento y varios críos jugaban en el patio. Nueve personas perdieron la vida, entre ellas cinco menores. La más pequeña de ellas, María Pilar Quesada Araque, de tan sólo ocho años, iba a hacer la primera comunión el domingo siguiente.

11 de diciembre de 1987

Guardia civil del cuartel de Zaragoza donde murieron tres agentes y ocho civiles, entre ellos cinco niñas

«Fueron a matar y no tuvieron compasión ni siquiera de los niños»

Son las seis de la mañana de un viernes de diciembre y Zaragoza permanece dormida. Un vehículo se detiene «a dos metros» de la verja que da acceso al cuartel de la Guardia Civil. «Perdone, pero ahí no se puede parar», indican al conductor dos agentes desde el interior del recinto. El interpelado se baja del 'Renault 18' y «echa a correr». De repente, empieza a salir humo del coche. «¡Es una bomba!», advierten. Pascual Grasa persigue al terrorista, que se sube a otro vehículo y logra escapar. Su compañero, Jesús Cisneros, intenta avisar al equipo de desactivación de explosivos. «No dio tiempo», evoca Pascual. El coche, cargado con 250 kilos de amonal, hace explosión, derribando de forma instantánea los cuatro pisos del edificio. La banda acabó aquel 11 de diciembre -el martes se cumplen 25 años- con la vida de once personas: tres agentes y ocho civiles, cinco de ellas niñas de entre 3 y 14 años. «Fue una acción muy calculada y muy cruel; fueron a matar y no tuvieron compasión de nadie», describe Pascual Grasa. Tenía 32 años cuando la organización terrorista le dejó marcado para siempre. La onda expansiva le lanzó «a quince metros». Sobrevivió al atentado, aunque con importantes secuelas físicas y psicológicas. «Tuve que volver a aprender a andar». Francisco José Alcaraz perdió a su hermano Pedro Ángel, de 17 años, y a sus sobrinas Esther y Miriam, gemelas de 3 años. ETA «destrozó a toda la familia».

19 de junio de 1987

Superviviente del atentado de Hipercor

«Recuerdo una bola de fuego que ascendía desde el suelo»

ETA perpetró el atentado más sangriento de su historia el 19 de junio de 1987 al hacer estallar un coche bomba en los almacenes Hipercor de Barcelona. Era jueves. El reloj marcaba poco más de las cuatro de la tarde. La explosión segó la vida de 21 personas, entre ellas las de los padres de Jordi Morales, que tenía sólo siete años cuando ETA le dejó huérfano. No solo fallecieron en el atentado sus progenitores; también perdió al hermano que iba a tener, ya que su madre estaba embarazada de cuatro meses. «Me intentaron mantener al margen de todo. No fui ni al entierro, me quedé jugando», comenta ahora, más de tres décadas después. Aunque era tan sólo un niño cuando todo ocurrió, Jordi tiene grabado en la memoria que su abuela «no podía parar de llorar». Él y otras víctimas del atentado han ofrecido sus testimonios. «Recuerdo una bola de fuego que ascendía desde el suelo», evoca un matrimonio que sobrevivió a la explosión.

25 de abril de 1987

Hijo de una de las víctimas de la casa del pueblo de Portugalete

«La muerte de mi madre desestructuró la familia; mi padre no habla de ello»

Una silla. 'La superviviente', la llaman. Es todo lo que quedó en pie de la casa del pueblo de Portugalete tras el ataque con cócteles molotov que sufrió el 25 de abril de 1987. Dos personas fallecieron en el atentado. Maite Torrano, ama de casa y militante del PSE, y Félix Peña, trabajador de Astilleros en Sestao. Otras ocho sufrieron quemaduras de diversa gravedad. Iván Ramos Torrano y Gorka Echave son los hijos de una de las víctimas mortales y de uno de los heridos, respectivamente. «Me despedí de mi madre quince días antes y nunca la volví a ver», expresa Iván. La muerte de Maite dejó paso a una familia «desestructurada». Su padre «no habla de ello». «Nos gustaría saber cómo vivió aquello, pero en casa es un tema tabú», lamenta Iván, que lleva su testimonio a los colegios vascos. Como secretario de Organización del PSE en Portugalete, su padre, Jesús, recibió multitud de amenazas. «Nunca agachó la cabeza». Tampoco lo hizo Paco Echave. Era secretario general del PSE de Portugalete cuando resultó, con 49 años, herido en el atentado. «Estaba en la cama, con la cara y las manos vendadas. Ver aquello... Di media vuelta y me fui a la calle. No sé ni a dónde fui. Después estuve tres meses sin hablar. Decía 'hola' y 'adiós', pero nada más», revela su hijo Gorka.

6 de febrero de 1981

Compañero de trabajo del ingeniero de la central nuclear de Lemoiz

«Después de la muerte de Ryan tuve pesadillas durante cuatro años»

En plena campaña contra la construcción de la central nuclear de Lemoiz, un comando capturó al ingeniero jefe, José María Ryan, cuando salía del trabajo. Bilbaíno y padre de familia numerosa, su caso escenificó el inicio de una nueva crueldad: los secuestros con una fecha marcada para la 'ejecución'. El crimen se cometió el 6 de febrero de 1981. Los terroristas le dispararon a bocajarro y dejaron el cadáver abandonado en un camino forestal de la localidad vizcaína de Zaratamo. «Después de Lemoiz tuve pesadillas durante cuatro años», recuerda Javier Barrondo, uno de los ingenieros empleados en el proyecto y compañero de trabajo de Ryan. «La memoria es frágil y olvida, pero a todos nos cambió la vida».

28 de junio de 1978

Viuda del periodista José María Portell

«Perdonar me ayudó con mis hijos y a vivir con cierta naturalidad»

José María Portell, redactor jefe de 'La Gaceta del Norte' y director de la 'Hoja del Lunes', se había labrado con sus palabras enemigos peligrosos. Él nunca se lo contó a su viuda, Carmen Torres Ripa, aunque «en los últimos meses salíamos por diferentes portales del edificio, otras veces por el garaje...». El miedo estaba cada día más presente, aunque Portell seguía informando. «Era un periodista muy valiente que intentó buscar el final de ETA», señala su viuda, también periodista, que tuvo que sacar adelante a sus cinco hijos, de entre 3 y 11 años, tras su asesinato. Reconoce que tuvo «una gracia, un don de Dios que me hizo perdonar» y eso, asegura, «me ayudó mucho con mis hijos y a vivir con cierta naturalidad». O al menos con la normalidad que les permitía una Euskadi que se desangraba.

15 abril de 1978

Hija de Jesús Lolo, que quedó inválido

«ETA convirtió los pasillos de los hospitales en mi patio de juegos»

Cuando Maribel tenía solo cuatro años, un etarra dejó a su padre, Jesús Lolo Jato, postrado en una silla de ruedas. Jesús era policía local en Portugalete. La noche del 15 de abril de 1978 se encontraba de servicio en el parque del Doctor Areilza del municipio vizcaíno cuando vio a un chico correr portando una bolsa de deportes. «Le pareció sospechoso y le dio el alto», relata su hija. Era un miembro de ETA. Sin mediar palabra, encañonó al agente y le pegó un tiro. El disparo le ocasionó heridas en el riñón izquierdo y le atravesó la médula espinal. La banda «convirtió los pasillos de los hospitales en mi patio de juegos», comparte Maribel en el cuarenta aniversario del atentado. Jesús se sometió a 27 operaciones durante los 25 años siguientes. No volvió a andar. «Recuerdo ir a visitar los belenes de Bilbao unas Navidades con una vecina y sus hijos, mientras mi madre se quedaba con mi padre, o ir a las piscinas de Santurtzi y pensar si la siguiente vez vendría mi padre a verme», se emociona. Jesús no pudo asistir a la primera comunión de su hija por los «terribles dolores que sufría». «No tengo esa foto; ni siquiera sé lo que es que tu padre te lleve al colegio o ir los juntos de vacaciones», lamenta.

17 de marzo de 1978

Hija del trabajador Alberto Negro

«Un párroco me transmitió las condolencias de ETA»

Mari Mar Negro, hija de un trabajador de la central de Lemoiz, recuerda el atentado que mató a su padre y cambió su vida y la de su familia. Entre las personas que fueron a ofrecerles sus condolencias hubo un párroco de Portugalete, localidad de origen de su padre. «Me dijo que quería transmitirme el pesar por parte de ETA, que su intención no era que muriera ningún trabajador y que la culpa había sido de la central telefónica de Lemoiz por no avisar a tiempo, que mi padre había sido un daño colateral. Y le eché de casa», recuerda. Mari Mar y su madre estuvieron «las dos solas sentadas en el depósito de cadáveres de Basurto durante unas siete horas, hasta que a las dos de la madrugada nos comunicaron que el fallecido era mi padre». Por el domicilio familiar pasaron representantes de la empresa para la que trabajaba su padre, Ibemo, y de Iberduero, encargada de la construcción de la central. «Ambas se comprometieron a darme trabajo a mí porque era la mayor», recuerda Mari Mar. «Fui a la empresa en la que trabajaba mi padre, por una cuestión de cercanía personal. Pero me trataron fatal. Me espetaron que una cosa es lo que se dice en el momento y otra, lo que luego se puede hacer». En Iberduero le encontraron «un hueco». «Recibes parabienes de todo el mundo y al día siguiente ya no hay nadie. Ser víctima en 1978 tampoco era lo mismo que serlo en los noventa. Aquellos años eran muy duros, más aún si eras una víctima de a pie. Mi padre era un trabajador sin ninguna afiliación política. Así que, si te he visto, no me acuerdo».

4 de mayo de 1983

Viuda de Julio Segarra, policía asesinado con su compañero Pedro Barquero y María Dolores Ledo

«Abracé a mis hijos y les dije: 'Han matado a papá'»

ETA asesinó hace 35 años en un garaje del barrio bilbaíno de Santutxu a los policías Julio Segarra -al que intentaban secuestrar- y Pedro Barquero y a la esposa de este último, María Dolores Ledo, embarazada de tres meses. Fue el 4 de mayo de 1983. Mari Nieves, viuda de Segarra, recuerda aquel día y los sucesivos. Su cuñada llamó a la puerta de casa. Pusieron la radio. «Nosotras no sabíamos nada, pero en realidad, se sabía todo», expresa. Mari Nieves fue directa al teléfono. Llamó al cuartel de Basauri y pidió hablar con su marido. «Espere un momento. Unos compañeros irán ahora a su casa...», le respondieron. Ella fue tajante: «No, no. Aquí que no venga nadie. Que se ponga Julio», espetó. «Es que no me podía creer que fuera verdad...», reconoce. «Cuando llegaron mis hijos a casa acompañados por un profesor les abracé y les dije: Han matado a papá», evoca. A la semana, Mari Nieves «oía hasta el tintineo del llavero» de su marido. «Un día salí disparada a la entrada pensando que estaba allí», comparte. «Mi hijo, con catorce años, llegó a decirme que yo lo escuchaba, pero que él lo veía sentado en el sofá...». Madre de una niña de ocho días, tuvo que dejar de dar el pecho y abandonaron el barrio. Recuerda «meter la cuna entera de la niña en una furgoneta y, después, montarnos todos en el coche de mi hermano. Fue entonces cuando rompí a llorar. Ya no iba a volver a nuestra casa. Y eso es lo que te quedaba, frases como el 'algo habrá hecho'... Decían de todo y nadie nos arropaba. Sólo estaba la familia», reprocha. «Está claro que no se arrepienten. Me quitaron un trozo de mí y hablo de ello 35 años después».

16 de marzo de 2010

Hijo del gendarme Jean-Serge Nérin

«Una parte de nosotros se ha ido con nuestro padre»

«Una parte de nosotros se ha ido con nuestro padre; intentamos sobrevivir, pero resulta muy duro», señala Floryan Nérin. Se quedó sin padre a los 18 años, el 16 de marzo de 2010. El brigadier jefe Jean-Serge Nérin, nacido en la Guayana francesa, murió tiroteado por un comando que acababa de atracar un concesionario de coches en un pueblo al sur de París. «Quitar la vida a alguien no es un 'daño colateral'», advierte el joven a ETA, cuya petición de perdón a aquellas víctimas «ajenas al conflicto» no acepta. «Llega muy tarde. Es un asesinato», sentencia. Floryan relata lo que supuso el atentado en su familia. «La tragedia nos ha encogido el corazón. Cuando pienso que mi sobrina no conocerá a su abuelo, no tengo palabras para definir mis sentimientos. Nuestra vida se ha vuelto mucho más complicada. A mí me faltan los consejos paternos para avanzar en la vida», se sincera. Su padre fue la última víctima: «La primera o la 50ª no cambia nada. Evidentemente, habría preferido que depusieran las armas mucho antes. Mejor que no las hubieran cogido y que todo pasara pacíficamente».

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