Espiral de alto riesgo

Análisis

Se echó en falta en el mensaje del Rey una alusión a la necesidad de buscar salidas inteligentes dentro de la legalidad a este grave colapso

Alberto Surio
ALBERTO SURIO

Una sensación de vértigo y alto riesgo se ha apoderado del ambiente. El contundente mensaje del Rey puso de manifiesto la gravedad de la situación y la responsabilidad de quienes, desde la Generalitat, han alentado esta escalada. Felipe VI preparó también el terreno a una previsible aplicación del artículo 155. Pero se echó en falta en su intervención un ejercicio de mayor realismo y una alusión a la necesidad de buscar salidas inteligentes dentro de la legalidad a este grave colapso, más allá de la solemne firmeza que exhibió en defensa de la unidad constitucional de España. El tono de sus palabras, criticado por los nacionalistas y por Podemos, resta al PSOE margen de maniobra en su apuesta por explorar una negociación política.

A su vez, la huelga general o 'paro de país' de ayer en Cataluña tuvo un seguimiento pacífico y masivo de protesta contra la actuación policial del domingo. Habrá que distinguir lo que es el malestar contra el Gobierno de lo que es un sentimiento real a favor de la independencia. Los impulsores de la secesión quieren capitalizar ese descontento, con aire de rebelión, para legitimar socialmente sus planes de ruptura a partir de un referéndum en el que ha participado un 42% del censo y que encierra graves carencias a la hora de homologarse como una consulta creíble. «La brutalidad policial no nos deja otra salida», dijo ayer el portavoz de Omnium. Vuelve a aflorar la espiral acción-reacción en estado químicamente puro. Un guión demasiado previsible.

Emerge una sensación de falta de control y de que se ha abierto la caja de Pandora, con serias amenazas a la convivencia. Las concentraciones ante los hoteles en los que siguen alojados los policías y guardias civiles enviados a Cataluña y el acoso a medios de conunicación en Barcelona han enviado señales muy preocupantes. Las imágenes de presión empiezan a encender otras pasiones y a envenenar las cosas. Se está entrando en una dinámica peligrosa, un enconamiento de discursos, que alguien debería enfriar con responsabilidad antes de que sea demasiado tarde. La denuncia de la desproporción policial no debería eludir la denuncia de la desproporción política que supone este delirante proceso de ruptura pilotado por Puigdemont. Europa, no nos engañemos, a pesar del impacto en la opinión pública de los incidentes del domingo, no va a avalar ni reconocer una eventual independencia que precipite un efecto dominó catastrófico en la UE y altere la actual relación de fuerzas.

En este contexto se estrechan las posibilidades de una salida política negociada respetuosa con la legalidad. La mediación internacional suena poco realista, aunque si la confrontación aumenta, quizá la UE tenga que tomar cartas en el asunto. El PSOE se distanció ayer de Rajoy al pedir la reprobación de la vicepresidenta Sáenz de Santamaría, pero una aplicación del artículo 155 generará contradicciones internas en el socialismo español. Cataluña deja al descubierto los límites de las costuras del modelo político de 1978, pero el Estado español no es la Unión Soviética previa a su disgregación. Si se aprobase la declaración unilateral de independencia -aunque sea en diferido- habrá una intervención excepcional del Estado. Lo probable es que las cosas se radicalicen más, pero una huida hacia adelante, sin ningún aval exterior, tensionará al bloque soberanista, en donde el PDeCAT no es monolítico. Veremos si es sostenible una desobediencia activa en una sociedad que no está anclada en 1917. Cien años después de la Revolución Rusa, parece que los bolcheviques vuelven a merendarse a los mencheviques más moderados, con todo el poder para los soviets, que en este caso serían la Asamblea Nacional Catalana y Omnium, salvando las distancias. Los partidos, desbordados por la marea social y Mariano Rajoy, como Kerensky, desbordado por los acontecimientos. Otra vez octubre.

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