De Ermua a Lizarra, una revolución en 14 meses

Julio de 1997. Tras el secuestro de Miguel Ángel Blanco, la Mesa de Ajuria Enea celebra una reunión para fijar su estrategia ante el devenir de los acontecimientos./TXABARRI
Julio de 1997. Tras el secuestro de Miguel Ángel Blanco, la Mesa de Ajuria Enea celebra una reunión para fijar su estrategia ante el devenir de los acontecimientos. / TXABARRI

Aznar rompió los puentes con el PNV cuando el Cesid le informó de sus negociaciones con Batasuna La fascinación en el nacionalismo vasco por el proceso de paz de Irlanda del Norte aceleró la transición de Ermua a Lizarra

ALBERTO SURIOSAN SEBASTIÁN.

Entre julio de 1997 y septiembre de 1998 se desencadenaron en Euskadi catorce meses de auténtica convulsión. Si el asesinato de Miguel Ángel Blanco provocó el 'espíritu de Ermua', la respuesta llegó al año siguiente con el Pacto de Lizarra, pista de aterrizaje de la tregua de 1998, condicionada a que el nacionalismo superase el autonomismo y se declarase abiertamente soberanista. De paso, la izquierda abertzale logró romper su aislamiento político.

El saludo del Carlton. En marzo de 1995, el movimiento por el diálogo Elkarri organizó en Bilbao su primera conferencia de paz. Un año antes, los acuerdos de Viernes Santo habían sellado la histórica paz en Irlanda del Norte. El proceso irlandés comenzó a fascinar en el País Vasco, en donde prevalecía la 'socialización del sufrimiento' de ETA. El entonces líder de Elkarri, Jonan Fernández, era visto con un fuerte recelo desde KAS. En aquella conferencia en el hotel Carlton de la capital vizcaína, el PNV -a través de Joseba Egibar, Gorka Agirre y Juan María Ollora- lanzaba un aviso para navegantes mediante una 'salutación acompañada de reflexiones'. El nacionalismo comenzaba a mostrar señales de inquietud. Pero la izquierda abertzale no quiso suscribir un texto de mínimos.

El temor a la derrota. El asesinato de Miguel Ángel Blanco el 12 de julio de 1997 generó una contestación social sin precedentes. La indignación marcó un punto de inflexión en el País Vasco. Con el paso de los meses, un sector del nacionalismo vasco interpretó que este movimiento era instrumentalizado políticamente por los no nacionalistas -en especial por el PP- y que la derrota policial de ETA podría implicar la pérdida de su hegemonía social y política.

Las claves

El plan Ardanza
El rechazo al documento facilitó la vía de acuerdo entre el PNV y la izquierda abertzale
Negociación secreta
La documentación hallada a 'Kantauri' en París sobre las reuniones entre el PNV y EA con ETA indignó al PP
La derrota policial
El nacionalismo temió que una victoria del Estado sobre ETA amenazara su mayoría política
Cambio estratégico
Lizarra fue la respuesta estratégica a Ermua y, a su vez, la pista de aterrizaje del alto el fuego de 1998

La moción de Arrasate. El 7 de agosto de 1997, un pleno municipal muy tenso en Arrasate daba luz verde a la moción de censura contra el alcalde Xabier Zubizarreta, de Herri Batasuna. La Mesa de Ajuria Enea llamaba al aislamiento político de la izquierda abertzale mientras siguiera dando cobertura al terrorismo de ETA. El tripartito PNV-PSE-EA, con mayoría absoluta, se ponía de acuerdo para consumar esta operación en el Ayuntamiento, que no había sido posible tras las últimas elecciones municipales, como en otros municipios de Gipuzkoa, ya que dos ediles del pacto se descolgaron entonces de la iniciativa. Al final, el jeltzale José María Loiti fue elegido alcalde.

Escándalo en Las Ventas. Un mes más tarde, el 10 de septiembre de 1997, la plaza de toros de las Ventas en Madrid era el escenario de una situación reveladora en un concierto por la paz para recaudar fondos para la Fundación Miguel Ángel Blanco. Los abucheos de una parte relevante del público -miles de personas- al cantautor Raimon por cantar en catalán y al actor Pepe Sacristan, por su militancia comunista, mientras leía un poema de Bertolt Brecht, abrieron un frente revelador. La bronca reflejaba un temor que empezaba a cristalizar. El PNV, que había avalado la investidura de Aznar, comenzó a reprochar al PP una «manipulación» del 'espíritu de Ermua' para debilitar al nacionalismo y para que perdiera el poder.

La 'vía Ollora'. Desde hace tiempo que los servicios de inteligencia (entonces el Cesid) estaban encima de las conversaciones entre dirigentes del PNV y de la izquierda abertzale en busca de una salida negociada a la violencia. El argumentario intelectual de aquel diálogo lo puso el parlamentario alavés Juan María Ollora, que ya en 1995 acuñó un concepto -el ámbito vasco de decisión- que venía a sustituir semánticamente al derecho de autodeterminación clásico. La tesis de Ollora es que el nacionalismo vasco había llegado a un momento de estancamiento electoral, social y político, que suponía una amenaza para su futuro, y que había que dar un salto estratégico pasando del autonomismo al soberanismo democrático, cívico y de libre adhesión. Las elecciones generales de 1995 habían encendido las primeras luces de alarma, con un fuerte ascenso del voto constitucionalista. «Son ya demasiados años de oscuridad», decía Ollora en un libro prologado por el exalcalde de Vitoria, José Ángel Cuerda, titulado 'Una vía hacia la paz'. Ollora pedía ir más allá: «El Estatuto más n». Y esa 'n' era el derecho de autodeterminación. Un planteamiento inspirado en el soberanismo de Quebec, que en aquellos tiempos vivía la efervescencia del último referéndum en octubre de 1995, con un 50,58% en contra de la soberanía de Quebec y un 49,42% a favor. Un sector del mundo nacionalista había empezado a abrigar con fuerza la tesis de buscar el final del terrorismo sobre la base de una negociación política con ETA.

El naufragio del plan Ardanza. El capítulo determinante de la transición entre Ermua y Lizarra fue el naufragio del Pacto de Ajuria Enea tras rechazarse el plan Ardanza. En realidad, la citada propuesta en principio se había planteado en aquel verano de 1997, pero que se aplazó precisamente tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco. El lehendakari Ardanza intentó en última instancia -la última reunión tuvo lugar el 17 de marzo de 1998- salvar aquel acuerdo democrático incluyendo la conveniencia de explorar un 'incentivo' político -un nuevo consenso- que facilitara la integración de la izquierda abertzale. El documento de Ardanza dejaba «la resolución dialogada del conflicto (vasco) en manos de los partidos representativos de la sociedad vasca» dentro de un proceso abierto «sin condiciones previas y sin límites de resultados». El PP rechazó al final aquel movimiento -Aznar fue determinante en la decisión- , aunque en principio los populares liderados por Carlos Iturgaiz parecían más dispuestos a que la propuesta quedara sobre la Mesa. Los socialistas de Nicolás Redondo no se atrevieron a desmarcarse. «No podemos dejar al PP solo en esta tema», confesó a Ardanza el líder del PSOE, Joaquín Almunia.

Joseba Egibat y Arnaldo Otegi firman, entre otros, el Pacto de Lizarra en septiembre de 1998.
Joseba Egibat y Arnaldo Otegi firman, entre otros, el Pacto de Lizarra en septiembre de 1998. / Luis Azanza

Los papeles de 'Kantauri'. Fue el presidente Aznar el que decidió personalmente endurecer al máximo su política y cortar drásticamente con el PNV a medida que era informado puntualmente por los servicios de inteligencia del Estado de los contactos entre el PNV y la izquierda abertzale. Es más, el PP interpretó que el plan Ardanza formaba parte de aquel proceso, por más que el entonces lehendakari esgrimiera que, por el contrario, era el último dique de contención para evitar la ruptura del consenso.

El Pacto de Lizarra como punta del iceberg

El Pacto de Lizarra -firmado el 12 de septiembre de 1998- fue la punta del iceberg de la negociación secreta entre el PNV y EA con ETA, que culminó cuatro días después con la declaración de una tregua. El acuerdo pedía negociar un nuevo marco político basado en un diálogo «sin exclusiones» que, en su fase resolutiva, debía darse en ausencia de «cualquier expresión de violencia». Era un texto inspirado en el proceso de paz de Irlanda del Norte, que giraba en torno al derecho de autodeterminación.

El secretario general de LAB, Rafa Díaz, denominó a Lizarra «abrelatas político» del proceso posterior. El alto el fuego estaba condicionado a que los partidos nacionalistas fueran firmes en defender el derecho de autodeterminación. La negociación, marcada por la polémica sobre si se llegaron o no a firmar los compromisos, establecía una institución común para Euskal Herria -el foro municipal Udalbiltza se activaría en 1999- y la ruptura de los pactos con los no nacionalistas. Aznar avaló los contactos con ETA a finales de 1998 después de que se anunciara la tregua en septiembre. Antes, había dado luz verde a un acercamiento de 135 presos.

El último episodio que alimentó la desconfianza al extremo fueron las actas incautadas a José Javier Arizkuren, 'Kantauri', jefe del aparato militar de ETA, tras su detención en París en marzo de 1999. En aquellos documentos aparecieron unos supuestos acuerdos entre el PNV y EA con ETA que establecían la ruptura con los partidos no nacionalistas y sobre los que se sustentaría el alto el fuego de 1998. Los dos partidos negaron haber sellado este pacto que ETA hizo público en primavera, una vez rota la tregua a comienzo de año.

«El Estatuto ha muerto». Las bambalinas del mundo nacionalista fueron durante 1998 un hervidero. El Foro de Irlanda, empeñado en aplicar las enseñanzas del proceso de paz del Ulster en el País Vasco, se convertía en la génesis del Pacto de Lizarra. Aquella plataforma, impulsada por HB, agrupaba a 18 organizaciones, con protagonismo de los sindicatos ELA y LAB, así como de otras asociaciones (Herria Eliza 2.000, Gestoras proamnistía, Senideak, Elkarri y Bakea Orain). La iniciativa derivó en un foro de debate casi exclusivamente nacionalista. El telón de fondo fue anticipado por José Elorrieta, secretario general de ELA, en un acto en octubre de 1997 en Gernika: «El Estatuto de Gernika ha muerto», sentenció. El objetivo real del foro fue proporcionar cobertura al acercamiento paulatino entre HB y el PNV que se desarrollaba en paralelo. De hecho, iban fraguando actuaciones parlamentarias conjuntas. Entre ellas, la aprobación de la ley del Deporte, una propuesta sobre Treviño y la denuncia de la dispersión de los presos. El divorcio entre nacionalistas y no nacionalistas avanzaba a pasos agigantados. El 29 de junio de 1998 se rompía la coalición PNV-PSE y los consejeros socialistas abandonaban el Ejecutivo.

El PNV ratifica el giro soberanista. La apuesta soberanista acabó calando en el PNV, cuya III Asamblea Nacional de enero de 2000 ratificó este viraje. Los jeltzales sancionaban por unanimidad una estrategia que abogaba por superar el marco político y avanzar hacia la soberanía plena de Euskal Herria. Xabier Arzalluz, reelegido presidente, aseguraba que esa transición del estatutismo al soberanismo era natural y que la afrontaban «sin vértigo», empujados por el cambio de Europa, la irrupción de Euskal Herritarrok en la política y para lograr la paz. El PNV se marcaba como objetivo, aunque sin plazos concretos, un referéndum de autodeterminación. Los llamados 'michelines' del partido -los dirigentes más moderados y pactistas- no plantaron batalla.

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