DISIMULAR EL ÓRDAGO

Puigdemont explota la corriente emocional contra las cargas policiales para ocultar las graves carencias de una inminente declaración de independencia

Alberto Surio
ALBERTO SURIO

El president Puigdemont no ha levantado el pie del acelerador. Es verdad que su discurso ha rebajado el tono de tensión de las últimas horas. Pero encierra sus trampas. Se ha envuelto en la bandera de la reivindicación amable y pacífica. Pero sin renunciar a un proyecto que implica una drástica ruptura con la legalidad. Ha agitado el estandarte de la mediación para aparentar flexibilidad, con una mano tendida al diálogo. Hábil empleo de la imagen, con el estratega David Madí en la trastienda. Porque, a la vez, mantiene el órdago de una Declaración Unilateral por la Independencia, aunque sea por fases. Los rumores sobre una hipotética mediación de la Iglesia no pasaron ayer de la categoría de bulos, pero hay conversaciones en paralelo. Y hay necesidad de agarrarse a algo, aunque sea un clavo ardiendo.

Con carácter previo a la declaración, la mayoría soberanista anunció ayer que el lunes se proclamará la independencia en el Parlament. Se desconoce aún si habrá una votación del pleno -como exige la CUP- o será una mera declaración del president anunciando la apertura de un proceso. O sea, la independencia en diferido. Detrás de estas dudas están las tensiones en el PDeCAT. ¿Cuál es la esencia del asunto? Que Puigdemont mantiene su hoja de ruta en base a los resultados de un referéndum sin garantías. Como las instituciones catalanas han declarado su propia 'legalidad', esgrimen una consulta que tuvo un 42% de participación, de la que más de un 90% se decantó por la independencia. O sea, casi un 60% de la población catalana no avala este salto al vacío. No va a haber un Estado de la UE que reconozca esta independencia de juguete, condenada a convertirse en un acicate de movilización victimista para forzar la mediación internacional. Es muy significativo que la alarma suscitada en el ámbito financiero -el desplome de la Caixabank y del Banco Sabadell son muy elocuentes- puede tener un efecto más devastador que mil amenazas sobre el artículo 155.

La Generalitat utiliza la gran corriente emocional provocada por las desproporcionadas cargas de la policía para ocultar sus carencias. El conseller Turull señaló ayer que lo que le importa al mundo no es tanto la contabilidad de los votos sino las imágenes de los policías aporreando a los votantes. Se oculta la falta de masa crítica de respaldo al proyecto secesionista con la indignación ante la represión de 'los derechos civiles'.

El Estado se dispone para actuar para restituir el orden constitucional, lo que va a implicar decisiones duras. Es dudoso que una disolución del Parlament para convocar elecciones autonómicas sirva para despejar el horizonte. Y la aplicación del artículo 155 en Cataluña va a reforzar políticamente al independentismo. Otra cuestión es si se aplica la Ley de Seguridad Nacional o que el TC proceda a ciertas inhabilitaciones. El president y sus consellers acabarán encerrados en el Parlament -que es inviolable- con un millón de catalanes acampados alrededor día y noche. La cuenta atrás para el Maidan ha empezado ya.

Los márgenes para el diálogo se estrechan, pero la batalla por la opinión resulta decisiva en estas horas críticas. El Rey dirigió su mensaje como símbolo que garantiza la Constitución más a la España más tradicional, mayor de 40 años, que a la periferia y a la sociedad emergente. Y Puigdemont utilizó el castellano para conquistar, también, al corazón sociológico del electorado de Podemos. A su vez, Alfonso Guerra, por la mañana, no descartaba una posible intervención militar si las fuerzas de seguridad se vieran desbordadas. Un estrambote que revela hasta qué punto la antigua clase dirigente ha perdido la conexión con la realidad.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos