DIQUES DESBORDADOS

Lourdes Pérez
LOURDES PÉREZ

La ciudadanía de Cataluña no celebró ayer un referéndum que merezca tal nombre. Pero la jornada distó de ser el ‘picnic’ bajo control al que parecía aspirar el Gobierno de Rajoy tras empeñar su palabra y su credibilidad en que el plebiscito había quedado cortocircuitado por la acción de la Justicia. En la práctica así ha sido, porque no es posible considerar homologable ni legítima una votación con urnas ocultas en la clandestinidad, con un censo universal anunciado ‘in extremis’ a modo de argucia, con papeletas sin ensobrar y sin sindicatura electoral para evitar multas millonarias; una ausencia total de garantías democráticas con la que Carles Puigdemont y el resto de su gabinete no solo vulneraron las reglas del sistema constitucional y estatutario, sino las salvaguardas previstas en su propia Ley del Referéndum. Pero en los tiempos de las sensaciones fuertes y de la indignación exenta de responsabilidad y culpa, las razones de la ley no bastan para combatir el relato que ha arraigado en las entrañas de amplios sectores de la sociedad catalana. La política fría y cartesiana de Rajoy se sitúa en las antípodas del baño emocional que aguardaba este domingo en las calles a los agentes del orden. El Gobierno midió mal, erró al confiar en que los mossos embridados por Trapero iban a facilitar el cierre pacífico de los colegios y exhibió una contraproducente incompetencia en el manejo de algo tan delicado como el recurso a la fuerza. No hubo referéndum presentable, pero la incapacidad para aplicar una contención más serena e inteligente se saldó con un lamentable reguero de heridos desasidos ya de la idea de España y con la imagen de martirologio que perseguía la élite soberanista para tratar de conmover a la comunidad internacional. No hubo referéndum presentable, pero resulta ilustrativo de la envergadura de la crisis que miles de catalanes hayan convertido el ‘votarem’ en una gasolina vital con la que están dispuestos a hacer valer sus aspiraciones orillando las reglas de juego y dejando de lado a sus convecinos discrepantes.

Cataluña está rota internamente. La incógnita es si su inflamada fractura se cobrará la integridad territorial del Estado por la vía de una declaración unilateral de independencia en los próximos días, amparada en el escrutinio de un plebiscito que excluye a los catalanes que no comulgan con el rupturismo. Después de un 1 de octubre que ha desbordado los diques de la convivencia aunque se haya preservado la ley, ha llegado el día 2 sin posibilidad de encararlo pasando página. Sin una catarsis colectiva que alivie tensiones, oxigene un ambiente irrespirable y permita abrir un resquicio entre la ocupación de la calle y la respuesta judicial. Pintan bastos, y el Govern, aunque crea lo contrario, no lo tiene mejor que un Rajoy que acudirá a petición propia al Congreso a fin de dotarse de una cobertura de Estado. La reafirmación que han hallado Puigdemont, Junqueras y la CUP en las cargas policiales se disipará ante la tentación de utilizar las papeletas de ayer como espoleta para la independencia por las bravas. Y el anticipo electoral parece hoy arrumbado, por convencional y arriesgado, para un secesionismo que ha llegado hasta aquí pedaleando sin freno. El pedaleo constante y la movilización permanente -ahí está la perspectiva de la huelga general- para evitar que la bicicleta derrape. Porque la única certeza este 2-0 es que el pulso se redobla con Puigdemont enfilando hacia lo desconocido.

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