El difícil maridaje entre dos pasiones

El conflicto catalán saca a la luz los prejuicios de la tormentosa relación entre la izquierda y el nacionalismo

El difícil maridaje entre dos pasiones
Alberto Surio
ALBERTO SURIO

La noche en la que lo asesinaron, el 31 de julio de 1914, el dirigente socialista y pacifista francés Jean Jaurés cenaba con unos colegas en el café Croissant de París mientras defendía que la guerra podía evitarse. Un fanático separó los visillos de la ventana y descerrajó dos balazos en su cabeza. Días después los socialdemócratas alemanes votaban los créditos militares. El internacionalismo obrero saltaba por los aires. Desde entonces, la relación entre la izquierda y el nacionalismo es la historia de dos pasiones mal avenidas pero acostumbradas a sobrellevar sus diferencias. La reaparición de los soberanismos ante la crisis y la compleja cuestión identitaria reabren viejas contradicciones en una realidad generacional que ha cambiado. El conflicto catalán ha recrudecido la discusión y ha frenado un acercamiento entre el PSOE y Podemos. ¿Es compatible la izquierda y el nacionalismo? Un grupo de expertos y exdirigentes políticos reflexiona al respecto.

Francisco Llera, catedrático de Sociología UPV/EHU
«Lo normal es que la izquierda coherente choque con el nacionalismo excluyente»

«Lo normal es que la izquierda coherente choque con el nacionalismo excluyente»

Estamos ante un debate confuso, lleno de contradicciones y apriorismos y que casi siempre suele resolverse de forma oportunista. El austromarxismo, los decisiones de la primera gran socialdemocracia ante los créditos de la primera guerra europea, las posiciones de Stalin o Rosa Luxemburgo ante la cuestión nacional, los revolucionarios tercermundistas y los fiascos sangrientos de los estados postsocialistas (por cierto, con derecho de autodeterminación)... A mi modo de ver, el nacionalismo está en el plano prepolítico, por un lado de los sentimientos y la identidad, y, por otro, de los intereses de las élites. No es lo mismo un nacionalismo cultural que crea un movimiento «positivo» de cohesión colectiva en torno a la defensa de señas de identidad, tradiciones, lengua, etc. Y otra cosa es el nacionalismo político que busca la exclusión, la limpieza o la confrontación étnica y que genera un movimiento de rechazo con un lenguaje populista y belicista y, que, en última instancia, llega o puede llegar a la violencia (en sus múltiples formas de agresión). Este segundo es, por definición, insolidario, anticívico... En la mayoría de los casos ha operado contra las democracias liberales o, al menos, contra los derechos de ciudadanía.

Si el nacionalismo es un concepto ambiguo, el de izquierda no lo es menos. En principio, responde a una dimensión ideológica que está en un plano muy distinto y que es eminentemente racional y político. Aunque se ha concretado en movimientos y familias ideológicas muy distintas y contextuales, desde un punto de vista espacio-temporal, tienen en común los valores cívicos de la igualdad de derechos, de la lucha contra la injusticia, de la solidaridad y de la cohesión social en sociedades democráticas.

Lo normal es que una posición de izquierdas coherente choque frontalmente y sea incompatible con cualquier versión agresiva, etnicista, excluyente o xenófoba, insolidaria y, sobre todo, populista y antidemocrática del nacionalismo. Si no es así, es que se está produciendo, por puro oportunismo competitivo o tacticista, una instrumentalización de uno por otro y en esta instrumentalización recíproca siempre gana el nacionalismo y pierde la izquierda.

Roberto Uriarte, catedrático de Derecho Constitucional de la UPV
«El nacionalismo de Estado y el secesionismo son difíciles de casar con una clásica izquierda internacionalista»

«El nacionalismo de Estado y el secesionismo son difíciles de casar con una clásica izquierda internacionalista»

En mi opinión, tanto el nacionalismo de Estado y su dogma de la «unidad indisoluble de la patria», como los nacionalismos secesionistas, se nutren de los mismos materiales ideológicos del Estado-nación; y para ambos, el ideal es un Estado mononacional con soberanía de titularidad única y plena dentro de sus fronteras. Ambos nacionalismos manipulan igualmente la historia para conseguir minimizar la pluralidad y justificar un modelo nacionalmente monolítico. Y ambos resultan difíciles de casar en el plano teórico con el concepto clásico de izquierda internacionalista que me plantea como referente. La dificultad teórica de principio adquiere tintes prácticos específicos en los estados en que conviven sectores de población que se identifican de formas diversas en lo nacional.

María Silvestre, doctora en Ciencias Políticas y Sociología (Deusto)
«Es un reto al que habrá que dar respuesta si queremos desatascar la grave crisis que sufre el Estado español»

«Es un reto al que habrá que dar respuesta si queremos desatascar la grave crisis que sufre el Estado español»

El nacionalismo y la izquierda como ideologías tienen, atendiendo a sus principios y valores fundacionales, pocas cosas en común. De hecho, la prioridad atribuida por parte de la izquierda política al principio de igualdad debería presuponer la búsqueda de un modelo de articulación política y económica que favoreciera la igualdad de oportunidades y la eliminación de las brechas de desigualdad (económicas, de género, intergeneracionales, etc.), por encima de identidades territoriales. Sin embargo, la historia nos ha demostrado que los principios identitarios anclados en un territorio concreto son determinantes en la configuración de identidades ideológicas, tanto en la derecha como en la izquierda política. El internacionalismo de izquierdas fracasó en la Gran Guerra y no hemos conocido opción ideológica -de derechas o de izquierdas- que no construya su discurso y su proyecto para ser desarrollado en un territorio concreto.

Si nos centramos en el caso español, es evidente que su articulación territorial es un tema pendiente que no se resolverá hasta que tanto la derecha, como parte de la izquierda (sectores importantes del PSOE) asuman el carácter plurinacional de España. ¿Por qué amplios sectores del socialismo español no reconocen la entidad de nación de Catalunya o de Euskadi? No se trata de una negación que se fundamente en la defensa de principios ideológicos propios de la izquierda política, se trata de una negación que se fundamente en la defensa del Estado-nación español, se fundamente en la afirmación de una identidad, la española, que cuenta con el refrendo de un Estado de Derecho. Solo así se entiende el veto a la negociación del PSOE con partidos nacionalistas catalanes que habría permitido, seguramente, la conformación de un bloque progresista (de izquierdas) que se hubiera erigido como una alternativa a un gobierno de derechas.

Nuevos valores políticos inciden actualmente de forma muy influyente en la definición de «la izquierda». Valores que hacen referencia a la brecha entre lo antiguo y lo nuevo, lo de arriba y lo de abajo. Esa brecha obtiene una respuesta de carácter transversal que recoge, entro otros principios, el reconocimiento del otro como sujeto político con derecho a decidir su futuro. Aun así, sigue habiendo serias dificultades en la izquierda ideológica y política a la hora de articular un discurso que sea capaz de conjugar con equilibrio los derechos individuales con los colectivos, el principio de igualdad con la afirmación de la identidad nacional. Pero se trata de un reto al que habrá que darle respuesta si queremos desatascar la grave crisis política e institucional que sufre actualmente el Estado español.

Eduardo Madina, exdiputado socialista
«Hay una izquierda socialdemócrata queha bajado los brazos y que está fallando»

«Hay una izquierda socialdemócrata queha bajado los brazos y que está fallando»

Es fundamental plantear que no hay izquierdas únicas ni nacionalismos únicos. ¿ Son compatibles determinadas izquierdas con determinados nacionalismos? En mi opinión, sí. Euskadi es un buen ejemplo de que en la colaboración de ambas ideologías se encuentra una clave fundamental de desarrollo económico y social. Los doce años de colaboración Ardanza-Jáuregui están en el recuerdo de todos como quizá los mejores años de nuestra historia. Y en la actualidad, la colaboración PSE-PNV sigue teniendo niveles de conflictividad baja y generando dinámicas positivas para Euskadi. Hay, sin embargo, escenarios donde la incompatibilidad es manifiesta; aquellos en los que la cuestión nacional -llamémosla así- se prioriza por parte del nacionalismo a otros ámbitos de la política donde la colaboración no es tan tensa ni tan conflictiva; aspectos económicos, fiscales, sociales o laborales... Cuando eso sucede, en Euskadi lo vimos en tiempos de Ibarretxe, la frontera se hace insalvable entre determinada izquierda y determinado nacionalismo.

La izquierda de matriz cívica, de fundamentos liberales o republicanos en la narrativa de la pertenencia no combina bien con ideologías basadas en un discurso de hechos diferenciales. El hecho diferencial, la ‘desigualacion’ no puede combinar bien en una izquierda que prioriza el valor de la igualdad por encima de otros. Ambos prismas resultan claramente incompatibles.

En cualquier caso, el nacionalismo es una frecuencia del romanticismo, y este es la reacción a la modernidad de la que -quiera o no- forma parte un pensamiento político cuyos orígenes están en la dialéctica de Hegel y en el pensamiento marxista. Combinan mal, sí. Lo que no quiere decir que existan izquierdas que han optado por un discurso doble: uno de carácter nacional y otro de carácter social; EA, en Euskadi, fue un buen ejemplo. O la izquierda abertzale. ERC en Cataluña también lo es. Por eso distinguiría izquierdas y tipos de nacionalismo. La clave de todo esto, en mi opinión, radica en que la socialdemocracia no puede (al menos no debe) interpretar el mundo desde marcos nacionales. Es decir, no puede deslizar que cuando mira lo que somos, lo que ve son naciones. Debe ver sociedades (estructuras de pertenencia organizada en valores humanistas: solidaridad, igualdad, libertad) y ciudadanía: pertenencia exclusivamente determinada por derechos y obligaciones sin valoraciones étnicas o étnico-culturales. Aquí es donde las barreras defensivas están fallando. Hay una izquierda socialdemócrata que no aguanta este debate, que ha bajado los brazos y cree avanzar cuando señala naciones (la España plurinacional, el SPD de Schroeder «una Alemania alemana», el laborismo británico de Corbyn «los empleos disponibles en Gran Bretaña para los británicos»...). No avanza. La sociedad y la ciudadanía organizando su convivencia democrática en Estados sociales y de derecho: este debería ser el marco de la socialdemócracia. Salirse de ahí es irse. Y el viaje lejos de tu significado y de tus coordenadas, como siempre, es muy incierto... Normalmente termina mal.

Luis Castells, catedrático de Historia Contemporánea de la UPV-EHU
«Son discursos antitéticos que se acentúan sobre todo en épocas de recesión económica y desigualdad»

«Son discursos antitéticos que se acentúan sobre todo en épocas de recesión económica y desigualdad»

A pesar de que el concepto izquierda ha cambiado sustancialmente desde que emergió en el siglo XIX, aspecto que no ha sucedido tanto con el nacionalismo, sigue habiendo una diferencia doctrinal sustantiva que marca una y otra línea de pensamiento. El nacionalismo parte de la idea de una comunidad (imaginada) y su objetivo es convertir a ese supuesto colectivo en sujeto político, en una nación reconocida o plenamente desarrollada en términos de identidad. A esa aspiración subordina su discurso político. En cambio, la izquierda tuvo desde su inicio unos principios bien distintos que siguen siendo elementos vertebradores que le caracterizan, como son la búsqueda de la igualdad entre los ciudadanos por encima de barreras étnicas o nacionales, lo que evidencia una voluntad cosmopolita que choca con los discursos particularistas. Detrás de todo nacionalismo hay una apelación a un ‘egoísmo colectivo’, desdeñando el perjuicio que ello pudiera ocasionar a los ciudadanos de otros territorios. Este mecanismo se ha acentuado con la Gran Recesión, de manera que las regiones ricas -léase Cataluña- quieren desprenderse de sus lazos y obligaciones con los ciudadanos de otros territorios por lo que entienden que es una merma de sus recursos. Es un sentimiento comunitarista e insolidario, en el que subyace un ‘nacionalismo de bienestar’ que choca con los valores de la izquierda partidaria de la solidaridad.

Dado el componente interclasista de todo nacionalismo, los hay que se definen como de derechas o de izquierdas. No obstante, lo que les caracteriza y marca su agenda política es la prioridad que se concede la idea de lo nacional y de la construcción comunitaria, lo que supone que su definición ideológica queda opacada. Son, pues, el nacionalismo y la izquierda, dos tipos de discurso que pueden considerarse antitéticos pues mientras el primero centra su atención en un «pueblo» idealmente concebido, en su reconocimiento como nación, diluyendo la pluralidad interna, la izquierda clásica apela a los ‘ciudadanos’ y se marca como objetivo atenuar las desigualdades sociales y redistribuir la riqueza en favor de una mayoría de la sociedad.

Hay que señalar también que hay una izquierda populista que en España representa Podemos que tiene puntos de afinidad con los nacionalismos. Ahora bien, ello es factible a partir de que asume unos criterios que son ajenos al pensamiento histórico de la izquierda. A saber: la defensa de una ideología hueca, sin contenido (el significante vacío de Laclau), la apelación a las emociones o bien concebir la sociedad en términos de ‘pueblo’, como comunidad imaginada desde una concepción entre el ‘ellos’ y ‘nosotros’. Son aspectos que les acercan a los nacionalismos, pero que les alejan de la defensa de la legitimidad racional frente a los sentimientos, o de los análisis y recetarios complejos que nuestra sociedad exige, que caracterizan a la izquierda clásica o socialdemócrata.

Iñaki Antigüedad, doctor en Geología (UPV)
«No puede haber izquierda consecuente en una nación no reconocida sin una apuesta clara por la soberanía»

«No puede haber izquierda consecuente en una nación no reconocida sin una apuesta clara por la soberanía»

Supongo que el término ‘nacionalista’ se refiere a quienes creemos en la soberanía de las naciones no reconocidas políticamente (como sujeto de decisión equiparable al de los estados actuales en Europa), aun contando con una mayoría social y política favorable a tal derecho. Pienso que si una sociedad, asentada en un territorio, no tiene poder de decisión no es una sociedad completa. La sociedad vasca tiene que dotarse de mecanismos socio-político-jurídicos para decidir su futuro, incluso para decidir que prefiere diluir su soberanía en ámbitos territoriales mayores, pero lo que no puede es renunciar a ser soberana. Hablo de soberanía en términos socio-políticos. Lo social y lo político no son dos caras de la misma moneda, es la misma cara.

La escala territorial del ámbito de decisión es clave en el debate entre izquierdas. En esta época de crisis sistémica, algunas izquierdas priorizan, en su ámbito estatal reconocido, la defensa de los derechos universales de las personas, postergando la reivindicación efectiva del poder social de decisión en ámbitos territoriales no reconocidos como tales. Reducen así su acción política práctica a conseguir allí el poder político que permita los cambios que garanticen los derechos universales, sin plantearse la descentralización efectiva del poder de decisión. Desde el observatorio de la soberanía social, un poder de decisión en cercanía en un territorio con identidad, junto con una capacidad de gestión acorde, desde la sociedad civil y la política, permitiría asegurar esos derechos con mayores garantías. Al fin y al cabo, la garantía necesita de cercanía, por si acaso. Es la confrontación entre aquí (Hemen) y allí (Han) de la forma de entender los procesos sociales y su gestión política.

Más aún cuando los cambios necesarios son hoy por hoy mucho más factibles en algunos territorios periféricos no reconocidos como sujetos de decisión.

Y contesto ahora a la pregunta que se me formula: ¿Es compatible izquierda y nacionalismo? Pienso que no puede haber una izquierda consecuente en una nación políticamente no reconocida sin una apuesta clara y efectiva por su soberanía plena (al uso en los Estados del entorno). La soberanía como proceso social.

Defiendo el carácter socialmente sugerente de la oferta soberanista, poniendo en valor el propio camino hacia la soberanía como proceso social. Una oferta socio-política seria, progresiva, transformadora, pragmáticamente sana, pegada al territorio, y, sobre todo, ilusionante, comprometida y compartida. Sin utopías un país nunca será soberano. Defiendo la soberanía plena hacia los retos internos del país y la soberanía compartida hacia los retos externos, pero dejando claro que no se puede compartir lo que no se tiene.

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