La década que alentó la desconexión catalana

Multitudinaria manifestación contra la sentencia del Tribunal Constitucional que cuestionó una parte del nuevo Estatut catalán. La marcha estuvo encabezada por el presidente Montilla y los expresidentes Pujol y Maragall./EFE
Multitudinaria manifestación contra la sentencia del Tribunal Constitucional que cuestionó una parte del nuevo Estatut catalán. La marcha estuvo encabezada por el presidente Montilla y los expresidentes Pujol y Maragall. / EFE

El relevo generacional, la crisis en las clases medias y el desguace del Estatut han acelerado el giro catalán. La ausencia de un proyecto más atractivo de España impulsa en los últimos 10 años un insólito despegue social del movimiento soberanista

ALBERTO SURIOSAN SEBASTIÁN.

Cuando el escritor Gregorio Morán escribió 'Los españoles que dejaron de serlo' a comienzo de los años 80 se preguntaba por qué Euskadi se había convertido en la gran herida abierta de la Transición. Entonces, Jordi Pujol encarnaba al nacionalismo pactista, muy alejado de tentaciones independentistas. Era el catalanista moderado y pragmático, el 'español del año', con visión de Estado e interlocución directa con la Zarzuela y los circuitos más influyentes del poder. Años después, Xavier Rubert de Ventós, el filósofo amigo de Pasqual Maragall, se declaró de los primeros independentistas al confesar que la cohabitación era imposible. «Cataluña es un país y España un gran país, no tiene sentido que vivamos de realquilados, sólo nos llevaremos bien si cada uno tenemos nuestro piso». Hoy Morán denuncia que «en Cataluña se ha puesto en marcha la aplastante apisonadora del pensamiento único» en relación al proceso de secesión.

El Estatut que no fue

¿Cómo ha sido posible este cambio tan rápido? ¿Qué mecanismo social o psicológico ha operado con tanta rapidez para que del 15% de respaldo en las encuestas a la independencia haya pasado a cerca del 50%? ¿Qué ha pasado en Cataluña? Por un lado, la ausencia de un proyecto atractivo de España, evaporado ya el sueño de la Barcelona olímpica del 92, todo un icono de modernidad. Por otra parte, la crisis económica, los recortes y una devaluación 'de clase' han retratado una erosión de la cohesión social en un país que estaba acostumbrado a ser la locomotora económica de España. El segundo factor ha sido la ruptura de la lealtad entre el Estado y Cataluña, que tiene su epicentro en la sentencia del Tribunal Constitucional que cuestionó una parte crucial del nuevo Estatut en 2010. Aquella decisión legitimó el discurso independentista, hasta entonces minoritario por quimérico.

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El punto más endeble es la alianza antinatura entre la antigua Convergència y la CUP

La mayoría de los sociólogos y politólogos consultados esgrimen que esa desafección se ha acelerado porque se ha percibido una actitud de desdén y hostilidad desde el Estado español a partir de la sentencia del TC, a partir de un recurso planteado por el Gobierno del PP. Esta decisión, junto a la sensación de maltrato económico y fiscal -sintetizado en la polémica frase 'España nos roba'-, la idea de que los catalanes aportan más a la solidaridad con el resto de España de lo que reciben y la campaña anticatalana que se activó contra la reforma estatutaria alumbraron todo un caldo de cultivo sobre el que ha crecido este sentimiento de agravio.

No faltan, tampoco, quienes reprochan al expresidente José Luis Rodríguez Zapatero haber dado alas a esa frustración soberanista cuando prometió que respetaría el Estatuto que aprobase el Parlament, sin tener en cuenta que después sería 'cepillado', en expresión polémica de Alfonso Guerra. Una mención que abrió serias grietas en el PSC hasta provocar el descuelgue del sector más catalanista que en su momento representó Pasqual Maragall. El PSC del cinturón industrial de Barcelona había sido hasta ese momento el gran granero electoral del socialismo español, junto al clásico bastión rural de Andalucía. Otro factor controvertido fue el pacto del Tinell, que cimentó el tripartito de izquierdas en Cataluña, que excluyó al PP del consenso. El PSOE realiza hoy una lectura crítica tanto de aquella marginación y del pacto entre el PSC y Esquerra Republicana, que en lugar de apaciguar al soberanismo de izquierdas sirvió para radicalizarlo aún más.

'Peix en cove' agotado

Pero el principal cambio social operado ha sido el salto del autonomismo al independentismo por parte de un sector relevante de la clase media catalana. Una burguesía que fue decisiva en el proyecto de Jordi Pujol, un nacionalismo pragmático, el de 'peix en cove' practicado durante años en Madrid por Convergència. Tras la fachada de buenos gestores se ocultaba un sistema de corrupción en torno a las mordidas de la obra pública, que enriqueció, al parecer, a la familia Pujol, según las investigaciones abiertas que, desde la antigua Convergència, atribuyen en parte al papel de los servicios de información del Estado para desestabilizar el proceso soberanista. El giro hacia el independentismo de CiU comenzó cuando perdió el poder autonómico.

Un alto cargo de la Generalitat, que en su momento tuvo relación con los Mossos d'Esquadra, tenía claro que el nacionalismo convergente no podía conformarse con administrar la autonomía como si fuera una gestoría en un contexto de fuertes recortes. Santi Vila, el conseller de Carles Puigdemont, de la línea más posibilista, recalca el drama que sufre una generación nacionalista pactista a la que se ha dejado, a su juicio, sin margen de maniobra.

El 'proceso' de Quim Nadal

Un ejemplo revelador es el de Joaquim Nadal, exconseller de Maragall y exalcalde socialista de Girona, que en su momento fue incluso candidato a la Presidencia de la Generalitat, y que representaba al sector más catalanista del PSC. Nadal abandonó este partido, crítico por su posición respecto al derecho a decidir. «Sinceramente creo que no hay otra alternativa al camino iniciado por el Parlament, mucha gente pensamos que es más fácil dar el salto en el vacío que convencer al PP de que adopte una posición razonable».

La duda es, sin embargo, hasta qué punto las clases medias burguesas que se alineaban con el autonomismo, pero que se vieron frustradas a partir de la sentencia contra el Estatut de 2006, pueden empezar a sentirse incómodas con la alianza espúrea con una formación antisistema como la CUP, que son sus históricos enemigos de clase. «No nos olvidemos, Jordi Pujol fue el primero que se opuso a la reforma del Estatut, una reforma que hizo posible, por ejemplo, que los Mossos hayan actuado como policía integral tras los atentados yihadistas», dice Nadal.

El exalcalde de Girona, un histórico del PSC amigo de Odón Elorza, recuerda los «recelos infundados en el PSOE» que suscitó la reforma estatutaria del 2006 y la «beligerante campaña contra Cataluña» desde el PP. «Fue entonces cuando empezó a ir calando profundamente en las clases medias catalanas, aquellas que eran tibiamente autonomistas o catalanistas, aquello de que 'no nos entienden', 'no nos quieren', o 'con España no hay nada que hacer'.

El factor que ha contribuido de forma determinante a este cambio es el relevo generacional. La llegada de una nueva generación que no conoció la Transición ni sus prudentes equilibrios, una generación educada en la identidad catalana, que en la práctica ha desconectado emocionalmente de España y que encuentra un serio problema de expectativas de futuro por la precariedad del empleo, el paro y los bajos salarios. Estos jóvenes sienten la tentación de responder a ese vacío con la recuperación de la utopía independentista.

A partir de la sentencia del TC, los medios públicos y privados fueron virando en Cataluña hacia posiciones mucho más críticas, si cabe, con el Estado español. Así, el director de 'El Periódico', Enric Hernández, sostiene que los adolescentes de entonces, hace una década, son hoy los veinteañeros que ni siquiera guardan memoria de los pactos de la Transición.

Burgueses y antisistemas

El mundo burgués no ha visto claro desde el principio que la CUP dirigiera los hilos en la sombra del procés, un partido antisistema que era también presa de las contradicciones porque en un primer momento tampoco veía claro que existiera una mayoría clara a favor de una desconexión unilateral. «La dependencia de la CUP ha hecho mucho daño a la antigua Convergència, como se ve en su declive electoral, la alianza entre el PDeCAT, Esquerra y la CUP no sobrevivirá al 1 de octubre», piensa.

Pero el exalcalde socialista de Girona entre 1979 y 2002 se hace la pregunta. «¿Cuánto durará la alianza entre los viejos conservadores nacionalistas y los antisistema?». Nadie lo sabe. Por de pronto pronostica un escenario «de provisionalidad en provisionalidad», en el que al referéndum del 1-O sucederán otras consultas.

Nadal reprocha al PP de ser el responsable histórico de haber alimentado frívolamente la radicalización soberanista, con una deliberada estrategia de tensión política e identitaria que ha dejado fuera de juego a la tercera vía. «Una tercera vía que, aunque pudiera ser mayoritaria socialmente, en este momento es irrelevante políticamente», asegura. «En este contexto de incomprensión absoluta, es más fácil el salto al vacío de la independencia que pensar en que es viable una reforma de la Constitución que el PP va a torpedear». Y es que, en su opinión, Rajoy tiene menos cintura política que Adolfo Suárez. «Ese es el problema de fondo para quienes, como yo, somos grandes admiradores de la Transición», concluye.

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