El corazón en un puño y las manos en alto

El corazón en un puño y las manos en alto

Diez personajes de referencia de la sociedad guipuzcoana relatan para DV su recuerdo sobre aquellas 48 horas de julio del 97, cuando ETA secuestró y asesinó a Blanco

AINHOA MUÑOZ
Pablo Benegas. Miembro de La Oreja de Van Gogh «Todos estuvimos en Bilbao. Había una carga emocional enorme...»

De manera sutil, cada disco de La Oreja de Van Gogh tararea el terror provocado por ETA. Pablo Benegas, Álvaro Fuentes, Xabi San Martín, Haritz Garde y la primera vocalista del grupo pop, Amaia Montero, empezaron a encontrar un hueco en la música en 1996. Un año antes de que la organización terrorista decidiera asesinar a Miguel Ángel Blanco a cámara lenta. Ni Benegas ni el resto de sus compañeros dudaron en sumarse a las diferentes manifestaciones espontáneas que se sucedieron en Donostia para pedir la liberación de aquel joven hasta entonces desconocido. La Oreja de Van Gogh también respaldó la movilización masiva, y sin precedentes, que tuvo lugar en Bilbao.

«Antes incluso de que el grupo tuviera éxito, siempre nos hemos manifestado contra ETA en la calle

«Antes incluso de que el grupo tuviera éxito, siempre nos hemos manifestado contra ETA en la calle

«Solo con recordarlo me emociono, se me ponen los pelos de punta», rememora Pablo, hijo del socialista Txiki Benegas y guitarrista de la banda. «Antes incluso de que el grupo tuviera éxito, siempre nos hemos manifestado contra ETA en la calle. Cuando nos enteramos del secuestro de Blanco no lo dudamos ni un segundo». Para Benegas, aquellos dos días que ETA retuvo al concejal de Ermua estuvieron cargados de «indignación y mucha rabia». «En aquellas manifestaciones había una carga emocional que yo lo recuerdo con mucha fuerza». Ni siquiera las personas que rodeaban a los componentes del grupo en aquellas concentraciones reparaban en observarles, quizás incrédulos por ver a cinco jóvenes que empezaban a descubrir la fama. «No sentíamos que la gente estaba pendiente de nosotros. Todos íbamos a una: condenar el dolor que ETA ha causado».

Ana Carazo. Miembro de la junta directiva de Aspace en 1997 «La concentración en Donostia estaba llena de un silencio tenso»

Ana Carazo, que era miembro de la junta directiva de Aspace cuando Blanco fue secuestrado, estaba rutinariamente trabajando cuando le llegó la noticia. «El secuestro a una persona era una situación que ya habíamos vivido anteriormente, pero lo que nos impactó a todos fue el ultimátum de las 48 horas que dio ETA», recuerda. Y aquello le marcó, «porque era probable el desenlace». Carazo recuerda cómo tenía que seguir su día a día con el oído puesto en la radio y la vista en la televisión para comprobar cómo las manijas del reloj cada vez corrían más deprisa.

«Perder a un hijo por culpa de una enfermedad duele mucho, pero perderlo porque alguien ha decidido quitarle la vida no sé cómo se puede soportar»

«Perder a un hijo por culpa de una enfermedad duele mucho, pero perderlo porque alguien ha decidido quitarle la vida no sé cómo se puede soportar»

Fue el día 11 cuando se lanzó a la calle para protestar en silencio, para gritar callada 'basta ya'. En la plaza Gipuzkoa de San Sebastián se concentraron cientos de personas, «y salimos todos como zombis», explica. Aquella manifestación se sucedió en un silencio sepulcral, «pero muy tenso», enfatiza. Ella, que perdió a su hija con parálisis cerebral, no puede evitar emocionarse al empatizar con aquella madre a la que le robaron un hijo de la manera más cruel. «Perder a un hijo por culpa de una enfermedad duele mucho, pero perderlo porque alguien ha decidido quitarle la vida no sé cómo se puede soportar». Hasta que se produjo el asesinato de Blanco, continúa Carazo, la gente veía un atentado en los telediarios y se decía a sí mismo «otro más». Sin embargo, en el caso del concejal de Ermua «todos le pusimos cara y ojos, y vimos que detrás de ese 'otro más' había una persona». Por eso, pone en valor que toda la sociedad se uniera para hacer un frente común: condenar un crimen aterrador.

Pedro Miguel Etxenike. Científico «Me habría gustado darle un abrazo a aquel padre desconcertado»

El físico y exconsejero vasco de Cultura Pedro Miguel Etxenike visitaba junto a un grupo de jóvenes investigadores la presa de Villarino, en Salamanca, para conocer de la mano de su creador, Ángel Galindez, aquel logro tecnológico. Pero una terrible noticia les truncó la escapada. La radio anunciaba el secuestro de un joven concejal del PP y el chantaje al que pretendía someter ETA al Gobierno de Aznar. Ni Etxenike, ni Galindez, ni los jóvenes estudiantes vacilaron en regresar a Euskadi para secundar las movilizaciones que exigían el cese del terror. El trayecto de vuelta se fundó en una única y desoladora conversación: «¿ETA lo hará o no lo hará?». Etxenike, confiesa, no abrigó la esperanza.

«Aquella reacción fue muy similar a la que hubo cuando José María Ryan fue secuestrado mientras yo era miembro del Gobierno Vasco»

«Aquella reacción fue muy similar a la que hubo cuando José María Ryan fue secuestrado mientras yo era miembro del Gobierno Vasco»

El también premio Príncipe de Asturias señala dos cuestiones «tremendas» que no puede quitarse de la cabeza. Por un lado, la imagen de aquella reacción popular que arrancó con el 'espíritu de Ermua' y que secundaron miles de personas gritando indignadas que ETA liberara a Blanco. «Aquella reacción fue muy similar a la que hubo cuando José María Ryan fue secuestrado mientras yo era miembro del Gobierno Vasco», rastrea en su memoria. En segundo lugar, confiesa que le impactó «emocionalmente» la cara de sufrimiento e incomprensión del padre de Blanco a su llegada a casa, rodeada de medios de comunicación, cuando aún no era consciente de la noticia más cruel que le cambiaría la vida. «Era un hombre sencillo que transmitía un desconcierto de no entender la sinrazón que estaba viviendo. Y esa imagen la llevo en mi cabeza y en mi corazón». «Siempre he pensado que me hubiera gustado, y me sigue gustando poder darle un abrazo a aquel hombre».

Ander Vilariño. Piloto de automovilismo «No le conocíamos, pero todo el mundo sentimos impotencia»

Corría el año 97 cuando el piloto Ander Vilariño -un adolescente de 17 años- sufrió el accidente más grave de toda su carrera profesional. Tanto, que casi le costó su pierna derecha. Vilariño se encontraba en su casa de Hondarribia, recuperándose de aquella lesión, cuando la programación televisiva se vio interrumpida por un suceso sin precedentes: ETA daba 48 horas de margen al Gobierno para acercar a todos los presos a Euskadi. «Yo no me podía mover de casa. Pasé aquellos dos días pegado a la televisión, siguiendo de cerca cada movilización... Era tan cruel la situación», se duele.

«La reacción de la gente fue un punto de inflexión. Hasta entonces, había que echarle huevos para salir a la calle, porque había mucho miedo»

«La reacción de la gente fue un punto de inflexión. Hasta entonces, había que echarle huevos para salir a la calle, porque había mucho miedo»

Sin poder sentir de cerca el sentimiento de repudio de toda la sociedad, el piloto supo entender que aquella situación tenía algo de histórica. «La reacción de la gente fue un punto de inflexión. Hasta entonces, había que echarle huevos para salir a la calle, porque había mucho miedo. Y me llamó especialmente la atención ver a tantas personas movilizándose y dando la cara». Vilariño echa la vista atrás y recuerda cómo en su entorno le decían aquello de 'ten cuidado con lo que dices en público'. Sin embargo, para el deportista, el asesinato de Blanco «marcó tanto a la sociedad que se demostró que la gente ya no tenía tanto miedo». «En mis 17 años no había visto algo así», insiste. El desenlace del día 12, cuando el cuerpo aún con vida del edil del PP apareció en un descampado en Lasarte-Oria, Vilariño lo vivió con «tristeza». «Aunque no le conociéramos de nada, la sensación general fue de absoluta impotencia». Por eso, sonríe al pensar que hoy sus hijos «no tienen que vivir con el miedo a decir públicamente lo que piensan».

Pablo Malo. Director de Cine «Cuando grabé 'Lasa y Zabala' tenía el recuerdo de Blanco»

«Yo me enteré en la calle Bergara, a la altura del Bar Antonio. Y la gente lo comentaba horrorizada». El relato del director de cine Pablo Malo no dista tanto de una película de ficción. De hecho, reconoce que cuando grabó el largometraje 'Lasa y Zabala', las imágenes de Miguel Ángel Blanco le sacudían la conciencia. «Cuando grabamos aquella película siempre tenía el recuerdo de Ortega Lara y de Blanco, peros sobre todo de Miguel Ángel». ¿Por qué? Se explica: «Porque al final ocurrió prácticamente lo mismo. Blanco no sufrió una tortura física, pero hubo una cruel tortura psicológica. El calvario que tuvo que pasar aquel pobre chaval cuando se supo sentenciado tuvo que ser horrible. Me parece inconcebible que una persona pueda llegar hasta esos extremos», asegura en referencia a aquellos terroristas sin alma, 'Txapote', 'Nora' y 'Oker'.

«Yo estaba convencido de que lo iban a matar... Porque cuando el mayor argumento de ETA es la violencia, no deja muchas opciones más»

«Yo estaba convencido de que lo iban a matar... Porque cuando el mayor argumento de ETA es la violencia, no deja muchas opciones más»

Malo recuerda que una de las imágenes que más le llamó la atención fue la llegada del padre de Blanco después de trabajar. «Tengo el recuerdo de la cara de ese hombre, entre desconcertado y asustado, y me pareció todo una absoluta barbaridad». Aquella barbaridad, como el propio Malo presagió, acabó convirtiendo a Blanco en la víctima número 778 de ETA. «Yo estaba convencido de que lo iban a matar... Porque cuando el mayor argumento de ETA es la violencia, no deja muchas opciones más». A su juicio, aquel crimen tuvo ese punto de «sadismo» que a la sociedad «le resultó absolutamente insoportable». Tanto, que cada rincón de Euskadi gritó ¡basta! «Aquel mes lo cambió todo. Veníamos de Ortega Lara. A partir de entonces el reloj también se puso a cero para ETA, porque quien hasta entonces justificaba o tenía aquel sentimiento romántico de lo que podía ser la liberación de un pueblo se dio cuenta de que aquello era un sinsentido».

Nerea Ibáñez. Presidenta de Aspegi «Se apagaron las fiestas. Pamplona solo estaba llena de velas»

Tenía 20 años, estaba rodeada de amigos y en plenas fiestas de los Sanfermines. Nadie podía presagiar que el festejo roji blanco más multitudinario acabaría suspendiendo por 24 horas todos los actos oficiales. Y así lo anunció el entonces alcalde Javier Chorraut cuando ETA decidió arrancarle la vida a Miguel Ángel Blanco. «Era impactante ver así la ciudad. Pamplona estaba llena de velas, y se apagaron las fiestas. De alguna forma se estaba velando aquel suceso», recuerda Nerea Ibáñez, presidenta de Aspegi, la asociación de Profesionales y Empresarias de Gipuzkoa, y entonces una joven estudiante guipuzcoana. «Cuando nos enteramos del secuestro, no entendíamos nada. Era como surrealista. Yo no me lo podía creer». Ni ella, ni toda su cuadrilla veinteañera que le acompañaba. Ibáñez recuerda la sensación de «incredulidad, como si fuese una película». Pero Miguel Ángel no era ningún personaje irreal.

«La sociedad por fin dijo, 'hasta aquí hemos llegado'».

«La sociedad por fin dijo, 'hasta aquí hemos llegado'».

La presidenta de Aspegi reconoce que abrazó «hasta el último minuto» la posibilidad de que ETA no cumpliese su amenaza. «Estaba convencida de que no se atreverían. Cuando pasó, lo único que me decía era 'no, no, no'. Tuve un sentimiento de negación hacia la realidad». «Nos quedamos absolutamente encogidos. Aquello fue gravísimo. ¿Estaban locos?». Para Ibáñez, el lema 'basta ya' que coreó toda una sociedad hastiada fue un punto y aparte. «La sociedad por fin dijo, 'hasta aquí hemos llegado'».

Bárbara Goenaga. Actriz «Apenas era una niña, pero me acuerdo que pensé, 'esto no puede ser'»

Apenas tenía 13 años de edad cuando la actriz Bárbara Goenaga disfrutaba con toda su familia de un día soleado en Santo Domingo de la Calzada, en La Rioja. Decenas de niños chapoteaban en la piscina municipal, ajenos al despiadado desenlace al que la organización terrorista había condenado a Miguel Ángel Blanco. Sin embargo, la televisión del pequeño chiringuito acabó por robarle cualquier atisbo de protagonismo a aquella jornada estival. «La mayoría de gente éramos vascos, de Donostia, Arrasate, Bilbao... nadie pudimos quitar ojo a la televisión», recuerda Goenaga. ¿Su sensación». «Esto no puede ser». Aquella frase persiguió a la intérprete a lo largo de las 48 horas más largas de la historia del País Vasco. «Yo era pequeña, pero me acuerdo que pensé y dije: 'Esto no puede ser, como lo hagan va a ser tremendo...'». Y así fue. «Creo que toda la sociedad vivimos el secuestro de Blanco en nuestras propias carnes. Veíamos su imagen, su cara, constantemente, Y pasó de ser un desconocido a una persona cercana, como parte de nuestra familia», reflexiona.

«Creo que toda la sociedad vivimos el secuestro de Blanco en nuestras propias carnes. Veíamos su imagen, su cara, constantemente»

«Creo que toda la sociedad vivimos el secuestro de Blanco en nuestras propias carnes. Veíamos su imagen, su cara, constantemente»

El cautiverio del edil de Ermua vino precedido de la liberación del funcionario de prisiones Ortega Lara, y aquello llenó de esperanza a los más confiados. Entre ellos, Bárbara Goenaga. Pero se equivocó. Aún así, la actriz se esfuerza en extraer algo constructivo de aquel desastre, de un hecho «tan terrorífico», y es que «por fin, todo el mundo se unió contra ETA». «Hasta entonces había una parte de la sociedad que decía aquello de 'algo habrá hecho', y había muertos que valían más que otros. Pero el asesinato de Miguel Ángel Blanco, desgraciadamente, ayudó a avanzar. Por fin salimos todos a la calle sin miedo».

Iñigo Argomaniz. Director de Get In Nunca habíamos vivido la crónica de una muerte anunciada»

Iñigo Argomaniz, director de la promotora musical Get In, se disponía a disfrutar de un concierto de Barricada en plenos Sanfermines cuando la noticia llegó a Pamplona. El espectáculo se canceló. «Recuerdo que eran las cuatro o las cinco de la tarde cuando recibimos la noticia. Inmediatamente el concierto se suspendió y nos volvimos todos a casa», relata. Argomaniz echa la vista atrás, dos décadas desde que ETA anunció un asesinato cronometrado. «Era algo que no habíamos vivido nunca, la crónica de una muerte anunciada. Fue un impacto», se lamenta.

«¿Qué pasaría por la cabeza de alguien que tomó la decisión de asesinar a un chico tan joven?»

«¿Qué pasaría por la cabeza de alguien que tomó la decisión de asesinar a un chico tan joven?»

A su regreso a San Sebastián percibió cómo la sociedad estaba «perpleja, incrédula». «Mucha gente decía que ETA no iba a ser capaz, otros tenían dudas...». Cuando finalmente los tres terroristas y su cómplice decidieron acabar con la vida de Blanco, Euskadi se quedó «en shock, abatida». Argomaniz insiste en la «frustración, el dolor, la sinrazón, el no poder comprender» de toda una sociedad sumida en una cruel pesadilla. Aunque la respuesta ciudadana fue «ejemplar», veinte años después Argomaniz aún no se explica cómo hubo una minoría que podía defender aquel tipo de atrocidades. «¿Qué pasaría por la cabeza de alguien que tomó la decisión de asesinar a un chico tan joven?», se pregunta. Sin embargo, el recuerdo que más le atormenta es la de la familia. «Siempre me acuerdo del sufrimiento de la parte más cercana a Blanco», se duele.

Anjel Lertxundi. Escritor «Me acuerdo del silencio; era un grito de impotencia»

El escritor Anjel Lertxundi traslada su recuerdo a través de un relato escrito por él: «El plan estaba trazado al milímetro, el autor del texto dramático tenía perfectamente pautados los pasos, de manera que confluyeran en el final preestablecido, la puesta en escena llevaba a un único desenlace. El asesinato. Después de veinte años, prácticamente todos los testimonios coinciden en resaltar el silencio de aquel día. Era un grito de impotencia, pero era también un gesto por la paz que había ido alimentándose de muchos silencios previos en tantas concentraciones silenciosas en muchas plazas de Euskadi. Era la reacción moral a la barbarie. El silencio gritaba. Estaba yo en Jaca con Jorge Giménez Bech revisando la traducción de mi novela 'Otto Pette' al castellano. Llevábamos varios días recluidos en un apartamento pequeño, sin radio, sin prensa, pero estábamos al tanto de la nueva puesta en escena de ETA: nos bastaba el extraño y sólido silencio que ya desde antes del terrible desenlace percibíamos en las calles, la panadería, el pequeño bar en el que comíamos todos los días».

«El plan estaba trazado al milímetro, el autor del texto dramático tenía perfectamente pautados los pasos, de manera que confluyeran en el final preestablecido»

«El plan estaba trazado al milímetro, el autor del texto dramático tenía perfectamente pautados los pasos, de manera que confluyeran en el final preestablecido»

Lertxundi continúa: «La tarde del desenlace nos sentamos en una de las terrazas de la plaza contigua a la catedral a tomar un café. Escuchábamos el silencio, roto solo por el sonido de las tazas de café o por el cercano zureo de las palomas. De pronto, dos adolescentes, vestidos con camisetas con eslóganes afines a iniciativas a la izquierda abertzale, entraron en la plaza con la vocería propia de su edad. Nuestras miradas se volvieron hacia ellos. Ellos continuaban en su presuntuoso juergueo, insensibles al silencio que acababan de profanar. Era la metáfora perfecta de la burbuja en la que, ajena a la realidad, vivía el entorno de ETA, incapaz de escuchar el sentido sonido del silencio de la sociedad a la que decían servir».

Garbiñe Biurrun. Jueza del TSJPV «No se me quitaba una pregunta de la cabeza: ¿Sabía él que tenía una fecha final?»

Años antes de aquel trágico suceso, la magistrada del Tribunal Superior de Justicia del País Vasco, Garbiñe Biurrun, disfrutó junto a Miguel Ángel Blanco del enlace matrimonial de un amigo en común. La banda Póker al que el concejal de Ermua perteneció -él era el batería- puso el toque musical en aquella boda en la que Blanco bailó, cantó y se divirtió con sus compañeros de grupo. El impacto que supuso para Biurrun el anuncio de aquel secuestró que acaparó las primeras páginas de los diarios le llenó de «angustia». Biurrun estaba fuera de Euskadi por una «gran desgracia familiar», pero aquello no le impidió estar en continuo contacto con aquel amigo -el bajista de Póker y hoy magistrado- para conocer de primera mano cómo se acontecía el suceso. «Mi amigo me iba dando la última actualidad de todo lo que iba pasando. Él estaba destrozado», recuerda. Biurrun hace hincapié en el impacto que le supuso la juventud de Blanco, de apenas 29 años. Y no se quitaba una pregunta de la cabeza: «¿Sabía él que tenía una fecha final?». La noticia, además, le cogió con un persona «del entorno de Batasuna», y Biurrun manifiesta que discutieron «fuertemente» sobre si ETA acabaría o no cumpliendo su amenaza. La jueza, además, confiesa que tuvo la «esperanza» de que «hubiera algún tipo de negociación». «Esperaba que hubiese habido algún gesto por parte del Gobierno, que no hubo. Y aquello también me pareció terrible», dice.

«Esperaba que hubiese habido algún gesto por parte del Gobierno, que no hubo. Y aquello también me pareció terrible»

«Esperaba que hubiese habido algún gesto por parte del Gobierno, que no hubo. Y aquello también me pareció terrible»

Para Biurrun, el asesinato de aquel joven que amaba la música también supuso un punto de inflexión jurídicamente. «El código penal era reciente, apenas tenía dos años de vida. A partir de entonces, se entró a cuchillo en el código penal para acometer reformas verdaderamente importantes, alguna de ellas brutales». En su opinión, el ambiente social que se respiró tras el asesinato de Blanco «facilitó una respuesta legislativa y judicial muy importante y muy alejada de algunos parámetros en los que estaba pensado el propio código penal de 1995». Desde entonces, explica, se redefinió el delito de terrorismo, así como las penas.

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