UNA PAZ CON CONTENIDO

Alguien debería responder a la evidencia de que ETA mató hace 20 años a Miguel Ángel Blanco en nombre de unos presos que no han conseguido sus objetivos

LOURDES PÉREZLA MIRADA

En estas horas, 20 años después, en las que los recuerdos se vuelven dolorosamente punzantes, cabe preguntarse qué pasará por la cabeza de Javier García Gaztelu y de Irantzu Gallastegi. Qué alternativa habrán tomado los secuestradores y asesinos de Miguel Ángel Blanco, en el supuesto de que hayan participado en el proceso interno abierto en el colectivo oficial de presos de ETA para decidir acogerse o no a las vías legales para la resocialización. Si 'Txapote' y 'Amaia' continuarán encuadrados en el grupo de los irreductibles, de los irrecuperables para la convivencia democrática, o si algo se habrá removido en sus entrañas tras una vida quemada para nada. La memoria del matonismo con el que el comando Donosti ejecutó al concejal del PP permite colocar algunas cosas ante el espejo del presente. La reivindicación genérica de los derechos de los presos etarras, como si fueran un todo en el que la responsabilidad personal e intrasferible que supone arrebatar por la fuerza la vida a otro ser humano quedara diluida, difumina una realidad: que parte de los internos que permanecen en la cárcel son los protagonistas indivualizados de crímenes terribles, con nombres y apellidos, ante los que no han expresado -o al menos que se conozca- ningún sentimiento de condolencia. Las exigencias de asunción del daño causado suelen constatar que éste es un requisito del Código Penal para que los condenados por terrorismo puedan progresar de grado y acceder a la libertad condicional. Pero no se trata de la ley, o no solo. Desaparecido el factor cohesionador y alienante de la violencia, el verdadero desafío pasa ahora por descubrir si queda un rastro de humanidad salvable en quienes hicieron un daño tan profundo e irreversible. Pasa por descubrir cuántos de los reclusos que se muestran dispuestos a explorar las potencialidades de la ley penitenciaria lo harán realmente con todas sus consecuencias y hasta el final, transitando por los caminos de civilidad que abandonaron para tomar las armas. Y el Estado de Derecho habrá de sentirse interpelado si acredita esa voluntad individual y comprometida de avanzar en la resocialización, que significa bastante más que intentar redimir cuanto antes las penas pendientes de cumplimiento. Esto no va de vencedores o vencidos -nadie puede estar en posición de ganar nada cuando le han matado a lo que más quería- y tampoco de asumir la carga que le corresponde a la izquierda abertzale a la hora de evitar que un pasado tan negro se repita. La cuestión en juego es si podemos aspirar no solo a una paz consolidada y para siempre -lo cual aparece hoy claramente interiorizado por la sociedad vasca-, sino a una paz con un contenido genuino. Una paz que mire de frente al hecho de que la mayoría de los ciudadanos nunca se manifestó contra ETA, por miedo, por indiferencia o por ambas cosas. Que no olvide que hubo otros -unos pocos- que heroicamente se opusieron al terror por la libertad de todos. Que sea capaz de combinar el legítimo deseo de casi la mitad de la población de pasar página a lo que tanto pesar y destrucción produjo con el anhelo de la otra mitad de cultivar la memoria de lo ocurrido y el resarcimiento de los afectados. Que prevea que los presos puedan cumplir sus condenas cerca de los suyos sin que esa reclamación siga invadiendo el espacio público presentando como víctimas a quienes no lo son; o eligiendo como interlocutor aceptable a quien asesinó hace tres décadas a 'Yoyes' por querer vivir libre en su pueblo y niega que arrepentirse del mal sirva para algo. Que dé cabida a los gestos de empatía que pueda protagonizar la izquierda aber- tzale, pero sin pasar por alto sus elipsis cuando aún no es capaz de pronunciar las palabras más simples y descriptivas: que ETA asesinó. Lo que no se nombra como tal es como si no hubiera existido o fuera una realidad difusa. Han transcurrido 20 años y la convivencia y la política avanzan con demasiada rapidez para los tiempos que siguen tomándose lo que queda de ETA, sus internos y el entorno de estos. Y alguien debería responder a la evidencia de que el comando Donosti ejecutó a Blanco en nombre de unos presos cuya situación apenas ha variado y sin que hayan conseguido sus objetivos declarados.

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