«En Cataluña hay un Gobierno insumiso, lo que no pasó en Euskadi»

El expresidente de las Audiencias de San Sebastián y Bilbao será homenajeado este miércoles en la apertura del Año Judicial en el Tribunal Superior vasco./BORJA AGUDO
El expresidente de las Audiencias de San Sebastián y Bilbao será homenajeado este miércoles en la apertura del Año Judicial en el Tribunal Superior vasco. / BORJA AGUDO

Recién jubilado del Supremo, Joaquín Giménez repasa sus 43 años de carrera, la amenaza cierta de ETA y el desafío del secesionismo catalán

LOURDES PÉREZSAN SEBASTIÁN.

Esta es la historia de un juez que no sintió nunca la vocación íntima de serlo -«no me cayó un rayo de luz»-, pero que terminó volviéndose «un enamorado del Derecho vivido, del Derecho aplicado». De un juez que ejerció por primera vez hace 43 años, cuando el franquismo agonizaba; que sobrevivió a la amenaza cierta de ETA, que maquinó para tratar de secuestrarle y de asesinarle; y que acaba de jubilarse de su magistratura en la Sala Segunda del Tribunal Supremo -la cámara acorazada del penalismo español- en pleno pulso de la Cataluña independentista con el Estado constitucional. Liberado del corsé del cargo, Joaquín Giménez (Orihuela, 1945) parece feliz de poder expresarse con todavía menos cortapisas que las que acostumbra. El magistrado, expresidente de las Audiencias de San Sebastián y Bilbao, pasa revista a toga quitada a cuatro décadas de intensa carrera. A las vivencias iniciáticas en la efervescente Universidad de Deusto de los 60. A aquel terrorífico mes de febrero de 1981 en el que tomó posesión de su plaza en la capital vizcaína con voluntad de echar raíces. De la «deuda de gratitud» contraída con la sociedad vasca, del amor por la Justicia «que está para pacificar conflictos», de su «genética mediterránea» que le ayudó a sobreponerse al «miedo». Y también, claro está, de Cataluña.

-Tras la Transición y la crudeza de la lucha contra ETA, ¿la escalada secesionista representa el mayor reto histórico para la democracia?

-En una situación de maniqueísmo como esta, todo es apocalíptico. Nosotros y ellos. Los buenos y los malos. Hay analogías, pero también profundas diferencias entre la realidad que yo viví en Euskadi y la realidad doliente de Cataluña. En el País Vasco actuaba un grupo terrorista que amedrentaba a la sociedad y existía una equidistancia en amplios niveles de la población, desde el 'algo habrá hecho' al 'no quiero meterme en líos'. Todo eso se fue inflando como un globo aerostático que estuvo a punto de explotar. Se venció al terrorismo con la acción del Estado de Derecho, dándonos cuenta de que no cabían atajos que vulneraran derechos por mor de la eficacia policial, con un pacifismo activo, por hartazgo social progresivo, por la condena internacional... Se produjo un enorme destrozo con mil asesinados, pero se logró que el aire del globo se fuera soltando. Que se dejara de exterminar al distinto y extender, más o menos, el respeto.

-Hablaba de analogías, pero también de diferencias...

-La gran diferencia es que en esa situación tan crispada había un Gobierno Vasco que gobernaba desde la legalidad, en el marco además de una coalición. Aquello era como un acto de humildad, porque para poder hablar en representación de la sociedad vasca tenían que juntarse dos, tres partidos, en un Parlamento más fragmentado que el Congreso. Ese Gobierno siempre actuó desde la legalidad, aunque fuera a regañadientes. Ni siquiera Ibarretxe se salió de los procedimientos. ¿Qué realidad nos encontramos ahora en Cataluña? Pues un Gobierno insumiso situado en la ilegalidad más absoluta y consciente, que ha sido denunciada por los propios letrados del Parlamento. Un Gobierno que cuenta con todos los medios públicos y que ha animado a tomar las calles. Y de ahí viene lo de buenos catalanes y malos catalanes. La alta burguesía catalana, el 'seny', ha caído en una especie de síndrome de Estocolmo. Y no se dan cuenta de que ellos van a ser las siguientes víctimas de los anticapitalistas de la CUP. Si los políticos fracasan, sería paradójico que esto lo arreglara la economía.

«Si los políticos fracasan, sería paradójico que esto lo arreglara la economía» DECLARACIÓN DE INDEPENDENCIA

«Nación y nacionalidad es lo mismo, a mi modo de ver. Distinguirlas es más difícil que investigar el sexo de los ángeles» MODELO TERRITORIAL

«Su 'sancta sanctorum' son los derechos ciudadanos. Dentro de la ley, todo lo demás es reformable» LA CONSTITUCIÓN

«Hicimos una votación en casa sobre si irnos de Euskadi y mi mujer la perdió» LA AMENAZA DE ETA

«El juez no es un mero aplicador acrítico de la ley. Hay que comprometerse» FILOSOFÍA DE VIDA

Giménez repasa el país del que era servidor público hasta hace apenas una semana con la vehemencia y la socarronería que son marca de la casa. No hay rastro en sus palabras de pesadumbre o de heroísmo por haber permanecido junto a su mujer, Rosa, y sus tres hijos en Euskadi, el destino al que la mayoría de sus colegas llegaba por obligación y abandonaba en cuanto estaba en su mano. «Yo sabía perfectamente adónde venía», zanja Giménez, que recuerda cómo el Juzgado de Instrucción 5 de Bilbao llegó a tener «siete u ocho» titulares en un año. La memoria del magistrado regresa, fresca y nostálgica, a 1963, cuando sus padres pensaron que la mejor inversión que podían darle era la carrera de Derecho en Deusto y él encontró en la universidad de los jesuitas un mundo en ebullición más allá de la atonía opresiva del franquismo. Una «historia de España» distinta de la que había aprendido. Una sociedad «con una personalidad muy acusada», en la que se multaba a un obrador por «ordenar los pasteles dibujando la ikurriña». Una realidad, en definitiva, «desconocida» para aquel joven estudiante, que estrenó juzgado en la manchega Villanueva de los Infantes -«tenía un partido judicial más grande que Gipuzkoa», ríe- y que retornó a Euskadi desde Asturias en el febrero tan convulso como inolvidable de 1981.

Giménez tomó posesión el mismo día en que una manifestación clamaba en Bilbao contra la muerte de Joseba Arregi por torturas en dependencias policiales. Aquellas semanas febriles e incendiarias, en las que ETA asesinó al ingeniero de Lemoniz José María Ryan y en las que HB boicoteó la visita del rey Juan Carlos a la Casa de Juntas de Gernika, desembocaron en el 'tejerazo' del 23-F. El protagonista de esta historia, miembro desde sus orígenes de Jueces para la Democracia, comenzó a ejercer en una España que se asomaba a un titubeante orden constitucional y se jubila en medio de una crisis política e institucional mayúscula. Dicen quienes le aprecian que las sentencias de Giménez engarzan con «maestría» el Derecho y la sociología. Una filosofía que se resume en «que el juez no es un mero aplicador acrítico de la ley. No vale con comprender, hay que comprometerse».

La votación y la pesadilla

Al magistrado le brilla el orgullo cuando rememora cómo un puñado de togados aupó a Euskadi a la vanguardia de la resocialización de los drogadictos más allá del simple castigo del Código Penal. O cuando el retrovisor se detiene en una asamblea de jueces celebrada el 14 de octubre de 1986 para frenar un fuero especial, por el que se pretendía que los posibles desmanes de la Policía solo pudieran encausarse en la Audiencia Nacional. Indignado de por vida con los políticos que les acusaron, a él y a otros, de estar pagando su particular 'impuesto revolucionario' al perseguir las torturas, a Giménez siempre le inquietó que la lucha contra ETA reventara las costuras del Estado de Derecho. Esa ETA que quiso secuestrarle. Que le tenía tan en el punto de mira que el ministro Mayor Oreja le urgió a exiliarse. Que llevó a su mujer a forzar una votación en casa sobre si marcharse o no -«la perdió 3 a 1», se carcajea hoy Giménez con el alivio de haber sobrevivido-. Y que le robó a él mismo no pocas horas de sueño, como aquella noche que se despertó empapado en sudor porque se había visto sepultado en un zulo. Agradecido en el alma a los 'beltzas' que le custodiaban, solo se permitió una licencia la víspera de mudarse a Madrid: se negó a pasear por última vez por el Bilbao en que se había hecho jurista vigilado por sus guardaespaldas. Giménez se rebeló contra la determinación de los terroristas de arrebatarle su derecho a decidir libremente. Y solo optó por irse cuando apareció la vacante en la Sala Segunda del Supremo, donde se dirime «el Derecho de la libertad, el que hace valer el principio de que la ley es igual para todos. Porque no lo es».

-Cataluña está al borde de soltar amarras con España.

-Hay problemas políticos que requieren solución política, aunque puedan tener aspectos jurídicos. Y no dejándolos engordar durante años. El independentismo está manejando perversamente bien la imagen y el relato. Y el 1-O se cometieron algunas actuaciones gratuitas que acabaron solapando que lo que se celebró no fue un referéndum, sino un paripé. Es lamentable.

-¿Hay motivos para la judicialización de la crisis?

-Sí, pero ha habido desmesuras, como la citación de la Fiscalía a los alcaldes. Salvo para determinados delitos, el Derecho Penal nunca es preventivo.

-¿Puede acabar el president Puigdemont detenido?

-No lo sé, y en todo caso habría que pensárselo dos veces.

-Da la impresión de que no quiere ni imaginarse la hipótesis de una declaración de independencia.

-No... España no es Katanga, estamos en Europa, en una democracia firme y segura. Y nación y nacionalidad es lo mismo, a mi modo de ver. Distinguirlas es más difícil que investigar el sexo de los ángeles. España es una nación integrada por otras naciones a las que la Constitución llama nacionalidades. No hablemos tanto de unidad, que es café para todos, y hablemos de unión, que es un mínimo común denominador con diversas peculiaridades e idiosincrasias. El 'sancta sanctorum' de la Constitución es el capítulo de los derechos de los ciudadanos, todo lo demás es reformable dentro de la ley.

-¿Cabría incorporar una opción constitucional a la secesión?

-La Constitución es un principio de acuerdo que inicia un camino, no lo cierra. Dentro de la UE no se reconoce el derecho de autodeterminación, pero hay casos peculiares como Quebec o Escocia. Se busque la solución que se busque, tiene que estar dentro de la democracia, de las previsiones constitucionales y del Derecho internacional. Y no eso de la primacía de un parlamento a toda costa. ¿Usted sabe lo que es desengancharse de un país? ¿Y al día siguiente eres independiente? Es de una frivolidad... Pararte a pensar si la dirección que has tomado es la correcta, eso sí es un acto heroico. Pero es más fácil y cobarde dejarse llevar.

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