Los otros catalanes

En la batalla contra la secesión es mucho más eficaz atraer al catalanismo pactista alarmado con Puigdemont que caer en los frentes

Alberto Surio
ALBERTO SURIO

Los ‘otros catalanes’, los que nunca exhibían banderas en los balcones y callaban su ideología, hicieron ayer una demostración de fuerza en contra de la independencia de Cataluña. Centenares de miles de personas se movilizaron pacíficamente por las calles de Barcelona, terminaron con prejuicios y complejos y salieron del armario político para exteriorizar su contestación explícita al proyecto de ruptura y para apoyar la unidad española. El testimonio de ayer refleja a esa parte de la sociedad que también existe y que ha terminado con la indiferencia y el miedo. Y frena la sensación de que el independentismo ya había ganado la calle después de que centenares de miles de catalanes se hayan manifestado en los últimos años en favor del derecho a decidir y de la secesión. Para completar el cuadro, miles de personas clamaron el sábado con ropas blancas a favor del diálogo para parar el choque de trenes.

Cataluña está dividida en dos mitades muy similares, con muchos matices intermedios de gentes que comparten afectos y sentimientos entre ambos bloques, y un tercer espacio que reclama diálogo. Ha emergido con fuerza una tensión azuzada por el independentismo que el Gobierno español no ha sabido desactivar en los últimos años. Ahora la ruptura puede consumarse si Puigdemont sigue adelante con sus planes, como parece. Él es responsable de una perversa división política que tendría consecuencias sociales. La intervención del expresidente del Parlamento europeo, Josep Borrell, al terminar el acto, alertando del riesgo de crear nuevas fronteras en Europa -«las heridas de la historia en la piel de la tierra»- constituye un dato político valioso, porque el PSC tiene el corazón partido y el socialismo español se convierte, con sus contradicciones, en una pieza clave de la estrategia de respuesta del Estado. Los socialistas catalanes temen quedarse fuera de juego si se excluyen de esta marea españolista contra la secesión. Pero tampoco quieren dejar la bandera del dialogo en las exclusivas manos de Ada Colau y los comunes apaciguadores. Una encrucijada dramática para la tercera vía, condenada a observar esta desastrosa colisión desde la barrera.

Cataluña es muy plural y mucha ciudadanía, muchísima, no quiere la independencia, como se comprobó ayer. Pero otros muchos tampoco desean seguir con el actual estatu quo. Esa es la secuencia completa, sin lecturas reduccionistas de un fotograma aislado de la película. Así que el asunto será cómo buscar dentro de la legalidad un pacto de convivencia que garantice la cohesión y evite que unos y otros se echen los trastos a la cabeza. Y esto pasa, de entrada, porque Puigdemont abandone su enloquecida huida hacia adelante si no quiere mayores destrozos.

El poder de convocatoria mostrado ayer por la llamada ‘mayoría silenciosa’, por muy importante que sea, tampoco debe obviar la relación real de fuerzas. Centenares de miles de personas salieron ayer a la calle para decir que se sienten tan catalanes como españoles. Muchos de ellos gritaban «Puigdemont, a prisión». Y centenares de miles de catalanes salieron a votar el 1-O, a pesar de que era una consulta ilegal y suspendida por el Tribunal Constitucional, y lo hicieron para protestar contra el Estado. Admitir el principio de realidad exige tener en cuenta ambas fotografías, sin echar las campanas al vuelo de la euforia o vender triunfos como si se tratara de una final futbolística en la que toca ganar por goleada y humillar al adversario. Vivimos tiempos de pasiones e inflamaciones. Lo que toca es enfriar el músculo y explorar, con la cabeza, salidas que no dejen secuelas de resentimiento.

Un último apunte dentro de al preocupación. Trasladar el eje entre constitucionalistas frente a nacionalistas a Cataluña puede resultar un simplismo y un error. Es verdad que si Puigdemont opta por la secesión unilateral, la radicalización del escenario está servida en bandeja. Pero Cataluña es una sociedad muy mestiza, con identidades compartidas. Es mucho más importante rescatar el sentido común del catalanismo pactista que azuzar el choque entre frentes, sentimientos, banderas y emociones, que son siempre personales e intransferibles.

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